Ismáil Kadaré es el hallazgo literario del año, sea el que sea en el que alguien lo descubra. Un escritor albanés nacido en 1930 y cuya obra, extensa y prolífica, bebe y sucede en los Balcanes: ya sea narrando hechos recientes o pasados el autor refleja en sus novelas (siempre de corta extensión) su opinión acerca del país que tanto ama, sus anhelos, sus tristezas y también sus miedos.

En El expediente H. se nos narra la hipotética búsqueda por parte de unos investigadores homeristas de nada más y nada menos que las raíces propias de la épica homérica: el origen de la Odisea y la Ilíada (algo así como el Santo Grial) y en definitiva de las epopeyas de la tradición cultural humana. Los dos investigadores, irlandeses, creen que en tierras albanesas pueden encontrar algo, pues las tradiciones orales de cantos épicos han permanecido como parte de la cultura del lugar desde siempre. Pero en Albania gobierna un tirano que no tardará en influenciar e intentar acabar con lo que él considera una intrusión extranjera hostil.

Ese es el punto de partida a través del cual el autor aprovecha para explicar, a través de una prosa deliciosa semejante a la de un cuento, las vicisitudes de su país; también realiza un retrato histórico valiosísimo acerca de lo que fueron los totalitarismos, sus mecanismos de censura y el espíritu prejuicioso que desprendían sus actos. Valiéndose de ello Kadaré escribe acerca de la ceguera que provoca el creerse en posesión de la verdad, única e inalterable, tan dañino que convierte en paranoicos a quienes la defienden a capa y espada sin valorar otra opción, sin considerar que puedan estar equivocados y cómo se lleva esa defensa a ultranza hasta las últimas consecuencias. Parece mentira que en la actualidad, en la tan famosa era de la posverdad, el mandato de Trump e Internet vomitando noticias manipuladas o falsas, se esté haciendo realidad lo que Kadaré pudo atisbar el peligro hace casi cuarenta años. Igual que Orwell.

Este tema, la manipulación de la verdad, queda demostrado por ejemplo con el comportamiento de las máximas autoridades del régimen de Albania: cuando reciben a los dos investigadores irlandeses y tras escuchar el motivo de su visita al país no les creen; ¿cómo van a ser investigadores de verdad? La desconfianza ante cualquier atisbo que pueda resquebrajar su verdad les empuja a creer que son espías. Tal es el pensamiento de los totalitarismos, y que Kadaré ejemplifica perfectamente a lo largo de la novela.

A través del humor es como retrata esa enfermiza obsesión por el control. Prácticamente cada página destila ese afán por el poder, por someter a todo elemento que pueda escapar de la férrea disciplina en la que se encuentra el protagonista. El uso de la caricatura acentúa esas características de los sistemas totalitarios al tiempo que los muestra en toda su crudeza sin caer en el morbo. En la trama toma especial fuerza el ejemplo del dictador albanés, un tipo que desconfía de todos, a todas horas, y cuyos miedos conducen a situaciones de confusión que terminan por desembocar en decisiones absurdas pero terribles para quienes las sufren.

No es un humor que salté a la vista ni sencillo sino más bien una visión bajo un prisma sarcástico de una realidad que era muy presente en la época en la que transcurre la novela (los años treinta del siglo XX) pero cuya grandeza radica en que son aspectos también aplicables a nuestros días. En realidad, en cualquier momento de nuestra Historia. Y es que no dejan de ser defectos humanos los que Kadaré trata en su obra, el interior del ser humano a través de sus horrores.

Al mismo tiempo, y tal vez con sabia intención, Kadaré alterna la trama palaciega y política con la búsqueda por parte de los investigadores de la raíz de la epopeya. Como si fuera un pequeño ensayo dentro de la novela misma, se habla de Homero, de las tradiciones en los cantares y las gestas épicas, de los propios mecanismos de la creación literaria y de los mitos culturales. La investigación de los irlandeses es al mismo tiempo la del propio escritor albanés, que se pregunta la razón por la que perdura en la mente colectiva de la población un cierto tipo de historias cuando las propias personas, de manera individual, tienden a olvidar y a cambiar los propios cantos de manera inevitable.

Es tal vez la investigación, la trama menos apetecible a priori, un aviso para navegantes acerca de cómo debemos leer la Historia: y es que nunca podremos saber a ciencia cierta cómo suceden los hechos, sino que es nuestra obligación ser capaces de desgranar lo importante que hay en ellos, lo que pese a los distintos puntos de vista permanece inalterable. No debemos bajar la guardia, ser conscientes de que nuestros hechos y nuestra actitud frente a la de los otros conforman la historia de nuestra generación y pueden marcar la de la siguiente. El olvido u omisión de la verdad, ya sea de manera voluntaria o involuntaria, puede traer (y casi siempre lo hace) terribles consecuencias para el mundo. Esta parte, la de la investigación, por momentos resulta mucho más interesante que la trama política, lo que habla muy a favor de la capacidad extraordinaria de Kadaré como divulgador. Puede que así fuera su intención, porque la enseñanza que se extrae de esta segunda historia en realidad engloba a la primera: el abuso de poder, el totalitarismo, siempre aparecen cuando la verdad se tambalea.

Historia y folclore, política y locura; El expediente H. es un claro ejemplo de que la buena literatura no está reñida con el entretenimiento.

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