«Me has embrujado tanto que incluso ya no sé ni lo que pienso» 
Menón a Sócrates, En Menón

Me sentía inmerso en mitad de un largo sueño, una nueva oleada, una segunda Guerra fría, tal vez más cruel, áspera y descarnada que la primera, se cernía sobre el mundo. Yo era agente secreto y trabajaba por convicción para el bloque asiático-pacífico, el mismo que se oponía frontalmente al bloque imperialista representado por la mayor parte de los países europeos, más Canadá, Estados Unidos y una América Latina totalmente colonizada y sin identidad propia.

En la misión que me ocupaba, tenía una compañera, la señorita Kendall, alias Katerina Blov, de la que con el transcurrir del tiempo y las zozobras propias de la agencia de seguridad, creía haberme enamorado, no perdidamente, sino platónicamente,sería lo correcto decir, en vistas a que en ningún momento le había mostrado deseo carnal ni nada semejante.

Pero aconteció, que entre los diversos entramados de espionaje, contraespionaje, informaciones varias arrebatadas de mano en mano, luctuosas desapariciones, mutuos atentados y frías traiciones, Katerina Blov resultó ser un agente doble, con el consiguiente desmorone emocional que tal descubrimiento causara en mi.

En esos momentos, desperté súbitamente, atravesando esa fina capa de nube etérica que dicen que separa el sueño de la vigilia. Es entonces cuando mis ojos captaron una primera imagen de la mal llamada realidad, un libro que yacía junto a la cabecera de mi cama y que se titulaba «PLATÓN, las respuestas más vigentes a las grandes preguntas sobre el conocimiento, la ética o la justicia».

Me preguntaba si mi nuevo estado de vigilia no sería en realidad una sombra más, una de esas penumbras que se reflejaban en las paredes de la caverna de Platón, como serias advertencias de que lo que percibimos con los sentidos no es real ni tiene visos de autenticidad.

Estoy hablando de «la teoría de las ideas» platónica, donde todo lo existente encuentra su carácter absoluto, los conceptos ético-políticos, los deseos más inconfesados, el amor, la inmortalidad del alma, la moral, incluso la razón.

Una de las cosas que más atrayentes me resultan de Platón y el Platonismo, es su visión y análisis de la condición humana y del sentido de la justicia, es decir, su comprensión antropológica, y por ende del mundo y de todo lo que es.

¿Acaso podemos saber qué son el bien, la belleza o la justicia, hay forma de averiguar dónde residen, en qué lugar son creados, generados y extendidos?, ¿por qué hay hombres que no conocen ni pretenden conocer las esencias mismas de la vida?.

«Afirmamos y definimos en nuestra argumentacion -dije- la existencia de muchas cosas buenas y muchas cosas hermosas y muchas también de cada una de las demás clases. 

-En efecto, así lo Afirmamos. 

-Y que existe, por otra parte, lo bello en sí y lo bueno en sí ;y del mismo modo con respecto a todas las cosas que antes definíamos como múltiples, consideramos, por el contrario, cada una de ellas como correspondiente a una sola idea, cuya unidad suponemos, y llamamos a cada cosa como <<aquello que es>>. 

-Tal sucede».

La idea del bien, La República 

Según los sofistas, las únicas leyes naturales son la búsqueda del placer y el dominio del más fuerte. Craso error, a mi entender, pero también según el entendimiento de Platón, y es que el creía que los sofistas hacían un análisis incorrecto de la condición humana al tomar como modelos de comportamiento natural a los animales y a los niños, los sofistas prescindían del aspecto más característico del hombre, la Razón (ni el niño ni el animal son poseedores de ella).

Por tanto, el pensamiento platónico concluye que un análisis de la naturaleza humana que no tenga en cuenta la existencia en el hombre de la razón, y, que está tiene una importancia suprema, que lo define y lo confirma, no puede servir para definir a la justicia ni para valorar al ser humano en toda su expresión.

De la misma manera, Platón se dio cuenta de que la existencia de los hombres se ve trabada por innumerables cadenas y que estas estarían causadas por las diferentes categorías que nos afectan y entre las cuales se debate nuestra vida, véase la animalidad y la divinidad.

Mitad animales, mitad dioses, he ahí nuestra tragedia, la falla que separa la tan anhelada unificación interior y que por más que nos esforzamos, tan difícil resulta restablecer.

La realidad, la vida y el devenir del hombre son descritos por Platón como un gran caos de fuerzas y de pulsiones. Sólo en la medida que seamos capaces de desligar nuestra alma de sus vínculos con el cuerpo (desligamiento análogo a la muerte), podremos filosofar, buscar la verdad y escapar a esas inercias de arrastre que tantas complicaciones reportan a nuestras vidas. El platonismo, propiamente, es la búsqueda del verdadero kosmos en contra de las multiplicidades caóticas que nos aturden y extravían.

Conforme pasa el tiempo, adquiero una diferente visión de las personas, por más atractivas que me resulten, cada vez me impresionan menos, me resultan menos atrayentes, no trascendentes,como si fueran débiles hilos de materia, inconsistentes y aparentes formaciones de carbono, que con darse la vuelta, se volatilizaran como cenicientas incorpóreas.

Cuando leo a Platón, enseguida caigo en la cuenta de que él debió percibir esto mismo y que por esa razón, combatió siempre las consecuencias de las tesis sofísticas, esas que convertían al hombre en la medida de todas las cosas, porque eso significaba para él lo análogo a destruir las bases de la moralidad y reducirlas al más estricto subjetivismo.

Esa parte de la realidad que se capta con los sentidos, se me muestra más inconsistente que nunca, pero el mundo de las ideas va corporeizándose, tomando forma, mostrando, ante mis ojos, su perennidad e intrínseca fuerza vital, su inmutabilidad y su verdad.

Cuando me fijo en una mujer, enseguida diluyo mi pasión en su intelecto y en su ser invisible, siempre que me paro a observar la subsistencia que me rodea, trasciendo su apariencia y medito sobre su substancia.

¿Querrá decir todo esto que me estoy volviendo un platónico?

No, creo que no, lo más seguro es que lo fuera siempre, un platónico oculto, inadvertido, pero convencido de que lo verídico de la existencia está más allá de lo que vemos, unos metros más lejos de lo que percibidos, una legua más lejana de lo que advertimos como la raya del horizonte.

Allí, en el mundo de las ideas, permanece el secreto, dispuesto a ser revelado.

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