«Pablo apóstol» de Rembrandt, de 1635, del Kunsthistorisches Museum de Viena (Fuente).

En los primeros tiempos que siguieron a la muerte de Cristo, el cristianismo distaba de ser un movimiento compacto y homogéneo. Distintas sectas, como los bautistas, los zelotas y los esenios, se disputaban el control de la naciente tendencia dentro del judaísmo.

En este contexto, Pablo de Tarso (también conocido como Saulo de Tarso, o San Pablo) descolló como el primer escritor filosófico y político del cristianismo. Sus escritos y misiones serán fundamentales para la unidad y expansión de la naciente religión. Acá intentaremos un sucinto análisis de la operación política paulina.

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A partir de 63 a. d. C., Palestina pasó a ser una provincia romana. Los conquistadores exigieron que el emperador romano fuese reconocido como la autoridad máxima. A cambio, propusieron respetar la religión local. Las clases dominantes judías, compuestas por poderosos terratenientes y comerciantes que se expresaban a través de la asamblea del Sanedrín, aceptaron el acuerdo. Pero no todos los judíos estaban dispuestos a someterse tan tranquilamente a los romanos. Pronto, algunos de ellos se lanzaron a desafiar la ocupación, organizando una guerra de guerrillas contra los invasores. Conforme la resistencia fue creciendo, aumentaron los ataques contra el ejército romano y contra los judíos que colaboraban con la ocupación. Pese a la popularidad del movimiento, el combate con los romanos acarreará serias derrotas para el partido de la revuelta, y desembocará en el incremento de la represión romana contra los judíos. La constatación de que la lucha armada empujaba a la política judía a un callejón sin salida llevó a Pablo de Tarso a reformular esa política.

Pablo, que vivió en el siglo I, pertenecía al sector social de los fariseos, una especie de clase media culta de la Palestina de esa época, cuyos integrantes formaban cuadros elitistas, de los cuales surgiría más adelante el judaísmo rabínico. Pablo era además un judío helenizado, esto es, conocía muy bien el idioma, la filosofía y la cultura griegos. Tampoco le resultaba ajeno el pensamiento de los estoicos, inspirador de su cosmopolitismo.

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La reforma de Pablo propuso un cambio en el pacto judaico con Dios, para propiciar una apertura hacia los gentiles. En la Epístola a los Romanos Pablo afirma que “…no son justos ante Dios los que oyen la Ley, sino los cumplidores de la Ley (…). En verdad, cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley, cumplen los preceptos de la Ley, ellos mismos, sin tenerla, son para sí mismos Ley”¹.

Según Pablo, de nada sirve a los judíos considerarse depositarios de la ley de Dios si no ponen celo en su cumplimiento. La idea de un pueblo elegido que recibe con exclusividad los mandatos de la ley divina queda entonces en entredicho, puesto que ahora cualquiera puede seguir esos mandatos, sea judío o gentil.

En consecuencia, la marca del pacto con Dios, que en los judíos era la circuncisión, también se reformula. Pablo dice que de nada les sirve a los judíos esa marca física si no respetan la ley de Dios, mientras que los gentiles que la respetan no necesitan de tal signo externo. Escribe Pablo: “Cierto que la circuncisión es provechosa si guardas la Ley, pero si la traspasas, tu circuncisión se hace prepucio. Mientras que si el incircunciso guarda los preceptos de la Ley, ¿no será tenido por circuncidado? (…) Porque no es judío el que lo es en el exterior, ni es circuncisión la circuncisión exterior de la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y es circuncisión la del corazón, según el espíritu…”². A partir de aquí, la marca del pacto con Dios será una marca de agua: el bautismo.

Ahora la fe en Cristo resucitado se impone. En su Primera Epístola a los Corintios Pablo afirma: “… y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe”³. La idea de que un ser humano pudiese ser al mismo tiempo una divinidad era ajena al judaísmo, pero no debía resultar extraña para alguien formado en el helenismo como Pablo. Al fin y al cabo, el propósito fundamental de Pablo era que el naciente cristianismo se expandiese más allá de Jerusalén.

La muerte de Cristo cobra entonces sentido como expiación de los pecados y salvación de todos los seres humanos: “mas ahora, sin la Ley, se ha manifestado (…) la justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, sin distinción (…) siendo justificados donosamente por su gracia mediante la redención que se realizó en Cristo Jesús, a quien ha puesto Dios como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre”4.

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La operación política de Pablo dio por tierra con el tabique que aislaba al pueblo judío del resto de la humanidad. El protocolo de lectura de la Biblia, que separaba a judíos de gentiles, quedó desarticulado. El bautismo reemplazó a la circuncisión como marca del pacto con Dios. La fe en Cristo adquirió un papel central. Los Evangelios se escribirán tomando como guía las ideas expuestas por Pablo.

De este modo, la reforma paulina construyó los cimientos filosóficos, teológicos y políticos para la universalización del cristianismo, que ya no sería la religión de un pueblo, sino la de todos aquellos que aceptasen la ley divina, con independencia de su origen. La reforma paulina funda el ecumenismo cristiano.

Allí donde las legiones romanas habían aplastado sin misericordia alguna la revuelta judía, Pablo de Tarso habría de proponer una lucha a largo plazo con el objeto de disputar nada menos que la conducción hegemónica del Imperio Romano.

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¹Romanos, 2: 12-14.

²Romanos, 2: 25-29.

³1 Corintios, 15:14.

4Romanos, 3: 21-25.

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