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Borges me cuenta aquí el caso de un muchacho cuyo nombre era Ireneo pero llamado Funes por el apellido de su madre.

Este caso nos interesa, no solo porque Funes siempre supiese la hora exacta, sino porque después de haber sufrido un accidente, al caerse de un caballo que no estaba domado, se quedó inmóvil, pero con una memoria prodigiosa, hasta tal punto que decía tener más recuerdos que todos los hombres juntos.

Funes había aprendido idiomas, incluso latín, sin esfuerzo. Si profundizamos en su concepción del aprendizaje, vemos que para él no habría entonces conceptos, no podía generalizar ni abstraer, solo tenía detalles inmediatos, parciales, que no podía olvidar. Nosotros olvidamos muy fácilmente las cosas que nos pasan a diario y solo recordamos las que son importantes para cada uno. Funes era capaz de recordar cada detalle por mínimo que fuera.

Dicho esto, conviene que nos planteemos qué vemos de positivo o de negativo en el caso de Funes.

1. Por un lado, dado que el proceso de aprendizaje implica una abstracción, al decir que Funes no cogía ni ideas generales, ni conceptos, ni podía generalizar, su aprendizaje entonces es muy extraño. No habría ningún razonamiento en él. Es extraño ese tipo de aprendizaje de un idioma que lógicamente implica abstracción.

2. Por otro lado, aparece el tema de la memoria como si se tratase del disco duro de un ordenador que cuando se llena y se satura deja de funcionar. Nuestra memoria también necesita descartar datos para poder seguir con nuevos aprendizajes, almacenando otros nuevos. Necesita dejar espacios libres. Algo así como lo que hacen los ordenadores con la desfragmentación. Nosotros tenemos como dos tipos de memoria, una la inmediata que puede almacenar más detalles parciales de las cosas, pero cuando pasa el tiempo, al tener que dejar ese espacio necesitamos olvidar. En nuestra memoria queda lo más significativo para nuestra vida, las cosas que nunca se olvidan. Esas son las que pasan a la memoria a largo plazo. Por eso está tan relacionado el tema de la memoria con el aprendizaje. Si memorizamos lo más significativo, lo que tiene más interés para nosotros, sería bueno que el profesorado nos enseñase eso y no cosas que no tienen ninguna importancia para la vida, que no nos van a servir de nada. Aunque esto también es relativo ya que lo que para unos puede ser interesante para otros no lo es.

3. Finalmente, tengo que compadecer a Funes al no poder olvidar ya que, desgraciadamente, nuestras vivencias no son siempre positivas. Tenemos como mecanismos de defensa que nos ayudan a descartar lo negativo, a sustituirlo. Cuando esto no ocurre, como en el caso de desgracias familiares graves, nos sumimos, largo tiempo, en la tristeza y en la frustración. En el fondo, en la búsqueda de la felicidad, tratamos de quedarnos con lo positivo. Sin embargo, aunque queramos seleccionar los datos para nuestra memoria no podemos. La mayoría de las veces nos quedamos con algo aparentemente insignificante, pero que en el fondo nos ha dejado huella.

Durante el largo confinamiento del COVID-19, hemos aprendido a escudarnos en tareas que utilizábamos como defensa ante una realidad exterior que, aunque nos amenazaba, era visionada, como los prisioneros de la caverna platónica, como si fuesen meras sombras de un terrible virus que, sin embargo, nos sigue atenazando aunque queramos sentir que nos encontramos en “la nueva normalidad”. Empeñados en vivir, en ser felices y positivos cuando seguimos encarcelados en el miedo por futuros rebrotes. Esto se está convirtiendo en una larga pesadilla que, como Funes, no podemos, ni podremos olvidar.

Bibliografía:
Borges. J. L. Ficciones, Alianza Editorial. 2006

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