Ningún movimiento social nace cohesionado. Si algo persiste en los que siguen en pie es la escisión, la disconformidad y una iteración que los reescribe una y otra vez hasta alcanzar cierta madurez. Pero parte del feminismo ha dejado de evolucionar, estancandose en una línea de actuación que enfrenta a los sexos en guerra, conformándose con una aparente justicia fruto del conflicto. Encallando.

maldita feminista de loola perez

En su reciente libro Maldita feminista (Seix Barral, 2020), Loola Pérez sacude el árbol del feminismo y, papers e historia en mano, se dispone a podar algunas de las ramas que, lejos de fomentar la igualdad, parecen trabajar por mantener bien separados los sexos. Y es que si algo va a solucionar nuestros problemas es aprender de nuestros errores. O aprender, en general. Y esto exige calma.

“Este libro se incubó como un ejercicio de razonamiento, como una llamada urgente a la serenidad y al sentido común”

El feminismo basado en nada, que se ha instalado en hasta en las instituciones, construye castillos sobre un éter que no existe. Pese a ello, no se puede derribar con facilidad, ya que ha apuntalado sus muros con escudos dialécticos y un círculo mágico de protección que califica de maldad todo aquello que no es bañado por su luz. Está claro que Loola Pérez está al otro lado, maldita.

Parte del feminismo, a menudo llamado ‘hegemónico’ por su relativo acomodamiento en nuestras mentes, ha adoptado la mecánica moralista de las religiones de antaño. Pero, de forma casi aséptica, la crítica de Loola Pérez aguarda durante los primeros tramos del libro para mostrar una cronología de la historia y escisiones del feminismo.

“El hecho de ofenderse no es un comodín que ponga la razón de tu lado”

Luego, desenfunda artículos científicos y un evidente dominio del tema en cuestión para arremeter contra el moralismo puritano propio de siglos pasados que ha encontrado nicho en algunos sectores feministas. Aquellos feminismos de género para los que la vagina es una zona sagrada y las mujeres tienen derecho a no poder usar su cuerpo en nombre del proteccionismo que las señala a ellas como desvalidas y a ellos como agresores potenciales.

La autora realiza preguntas incómodas que tumban falsos razonamientos y aporta datos fiables que no encajan con algunas teorías feministas, reafirmando con paciencia y rigor el feminismo que sí funciona. Aquel que tiene futuro como solución en lugar de como factor de rozamiento social, señalando un camino que podemos seguir si no queremos convertir el movimiento en fanatismo.

“Las mayorías eligen el conformismo y la pereza”

Pero, además de métricas, experiencia y meditación, Loola aporta originalidad y enfoques poco ortodoxos aunque necesarios. Como una imprescindible apertura de mente. En pocos libros de divulgación feminista se habla de la reinserción y el perdón como parte del movimiento, en desafío a la criminalización eterna de los culpables (e incluso de los que nunca llegaron a serlo).

Hay varios pasajes del libro que resultan fascinantes por su detalle, como ocurre con el caso de Juana Rivas. Este caso ha tenido tal impacto mediático y ha sido tan usado como arma arrojadiza entre bandos, que conviene sentarse a leer en detalle qué es lo que ocurrió, cuándo y de qué modo, de forma que tengamos la oportunidad de conformar nuestra propia opinión, calmada y sin gritos.

Maldita feminista es, a falta de una expresión mejor, un soplo de aire fresco para el movimiento, así como un libro que podría sentar las bases para convertir el feminismo en algo con lo que todos podamos sentirnos identificados. [Como varón que supo que estaba siendo maltratado en uno de los primeros cursos de deconstrucción que hubo en Madrid, nunca me sentí del todo dentro de un feminismo que me acusaba a mí como problema].

“Detrás del «nosotras» no estamos todas”

Quizá por ello quiero destacar los últimos pasajes, aquellos en los cuales Loola trata de reflejar una mirada global que agrupe todos los sexos. Poco se ve en divulgación sobre feminismo sobre la pérdida de valores en la que a menudo se sienten los hombres. Y eso supone un progreso mental y una forma de hacer visible una realidad escondida. Pero esto, que toca en mí lo personal y quizá pondero al alza por mi pasado particular, no es la única que aborda Loola.

Un feminismo no puede ser justo e inclusivo si no lo hacemos científico y admitimos el diformismo sexual del cerebro, documentado desde hace décadas. Tampoco si no miramos a ambos lados y consideramos la posibilidad de que los hombres pasen por dificultades, incluso si estas ocurren en menor cantidad o, mejor dicho, de forma diferente. ¿Cómo va a ser ético un feminismo que no tenga en cuenta cómo la diferencia de preferencias personales da lugar a desequilibrios macroscópicos, o que estos son multifactoriales?

Loola es consciente de que estas cuestiones hacen temblar el tablero. No dejan de ser un golpe (elegante) sobre la mesa, aunque en ocasiones la autora escriba de forma encendida, casi airada y pasional, a la hora de defender una u otra idea. Es comprensible en un entorno tan polarizado con blancos y negros absolutos que no admiten el gris.

Un mundo en el que no seguir la norma te hace ser maldita y quede justificado el ataque continuo. Uno en el que por defender ideas calmadas y teorías contrastadas te acusa de maldita. Quizá el color del feminismo deba cambiar y enfrentarse al pensamiento en blanco y negro. Quizá el puritano rosa deba modularse con el pausado gris que cruza la portada de Maldita feminista.

“En mi casa me enseñaron que las personas son las que tienen derechos y no las ideas, así que crecí faltando al respeto a estas últimas e intentando no cagarla con las primeras”

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