El diario de Anne Frank de Ari Folman y David Polonsky

Valiente y soñadora, entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, una niña de 13 años dejó testimonio de los horrores vividos en la Alemania nazi en forma de diario. Un diario ineludible, que no solo nos mostró la barbarie del pasado sino que nos enseñó a estar atentos a las señales de la intolerancia y a no dejar de cultivar la alegría de estar vivos. Un diario que, en definitiva, nos permite intuir cómo lo más pequeño puede volverse inmenso y que hoy en día nos sigue transmitiendo importantes enseñanzas sobre la condición humana. Con decenas de millones de ejemplares vendidos, el diario de Ana Frank, un documento rebosante de vida relatado desde la personalísima visión de una adolescente, ha conseguido llegar a todos los rincones del planeta y ya forma parte fundamental de la historia del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial.

Convertir un libro de esta talla en novela gráfica era un complicado reto en el que era necesario encontrar el equilibrio entre dos extremos: por una parte ser lo más fiel posible a la obra original y por otra elaborar una versión que fuera atractiva e invitara a adentrarse en la historia de Ana Frank desde una perspectiva completamente diferente. Antecedentes como el de Maus de Art Spiegelman demuestran la sobrada solvencia que tiene el medio para dar buena cuenta de las monstruosidades de una de las etapas más oscuras de la historia de la humanidad.

Los que asumieron ese desafío fueron el ilustrador David Polonsky y el guionista Ari Folman, bajo el auspicio del Anne Frank Fonds. Versionar cada página del diario era sencillamente imposible, así que se hacía necesario omitir fragmentos y seleccionar aquellas partes más representativas, así como acentuar algunos detalles, todos ellos para dar contexto. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el principio del libro, donde vemos cómo cuatro entradas en el diario se convierten en diez páginas, necesarias para poner en antecedentes. Por otra parte, temas que en el diario están muy presentes, como puede ser la comparación entre Ana y su hermana Margot, en la novela gráfica se resuelven en pocas viñetas, eso sí, cargadas de significado desde un punto de vista visual.

Basta echarle un vistazo a la portada el libro para comprender este trabajo. En ella se ha versionado la icónica fotografía de Ana en su escritorio, frente al diario, con una pluma en una de las manos, y una sonrisa afable. En la versión se añaden además, al fondo, el resto de inquilinos de la casa de atrás, muchos de ellos con alguno de los objetos que los identifican, pero todos con una actitud llena de miedo y recelo. Pero Ana, en primer término, no parece temer sino que más bien da la sensación de estar llena de paz. ¿Será otra de las manifestaciones del poder sanador de la palabra escrita?

Un aspecto esencial del Diario es el constante sentido del humor, a menudo rayano en el sarcasmo. Folman y Polonsky han dado buena cuenta de ese carácter, con frecuencia a través de la caracterización de los personajes, pero también en muchas de las situaciones vividas en la casa de atrás, como si la esperanza anidara sobre todo en los pequeños detalles. Y aunque Ana también pasa por fases de desesperación e, incluso, de depresión, estas están tratadas con una seriedad y una exquisitez absolutas. También, de cuando en cuando, se van introduciendo píldoras históricas que nos permiten ir conociendo el avance del totalitarismo nazi.

A nivel visual el diario gráfico es una pura maravilla. Podría parecer que los límites de un universo recluido en una casa podrían ser bastante estrechos; sin embargo, el tándem formado por Folman y Polonsky demuestran que no hay límites cuando la imaginación entra en escena. Los episodios fantásticos y oníricos son tremendamente frecuentes a lo largo de todo el libro. Podremos encontrar a Ana hablándole a la sombra antropomórfica de su diario, a los nazis construyendo pirámides usando a los judíos como esclavos, a una Ana ya adulta casada con el amor de su vida, a los adultos de la casa de atrás convertidos en basiliscos, un mundo lleno de pedos, y así un largo etcétera de momentos que aparecen transfigurados a través del prisma de la fantasía. Esto, lejos de ser una capitulación a la fidelidad con el original, ensalza su espíritu.

Ahora bien, en otros momentos, cuando es necesario, Folman y Polonsky son capaces de echarse a un lado y dejar que Ana tome la palabra. Hay páginas en las que las ilustraciones son mínimas o que directamente no hay. Esto ocurre sobre todo a medida que nos vamos acercando al final del diario porque, en palabras de los autores de esta versión, se percibe cómo los textos de la joven van evolucionando y pasan a ser espectaculares, así que se ha preferido no prescindir de ellos aunque eso suponga, de alguna manera, sacrificar la parte más visual del conjunto.

En definitiva, una nueva mirada a la obra de Ana Frank a la que conviene acercarse, tanto si se desconoce el original como si se desea profundizar en él desde una óptica completamente diferente, fresca y llena de ternura.

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