El rol del profesor

El profesor está sintiendo impotencia, desmotivación, falta de autocontrol. Ha tratado de ser empático, de reconocer las emociones de su alumnado, pero la situación se ha desbordado. Le han provocado y ha entrado en su juego al intentar justificar explicaciones sin éxito.

Cuando un alumno le reprocha el porqué hablaron de él, el profesor agacha la cabeza, señal de preocupación. Sabe que será un problema tener que dar una explicación. Luego, intenta enfrentarse a la situación y levanta la cabeza en señal de enfrentamiento: “¿qué quieres decir?”. Recapacita, intenta regular sus emociones y comienza a dar explicaciones ayudándose de movimientos con brazos y manos y asentimientos de cabeza. Al momento cambia y vuelve a no controlar sus emociones ya que de nuevo levanta su cabeza para dirigirse de forma directa al alumno conflictivo y recriminarle su comportamiento con la información que otros profesores le dieron de él. Pone el ceño funcido como señal de enfado, agresivo, poco empático. Se encoge de hombros no porque no sepa la respuesta sino por desagrado con la situación que se está creando. Se enfada, pone las dos manos junto a su pecho para justificar lo que está diciendo. Se pone intranquilo, agita y mueve brazos y manos, mueve su boca, saliva. Hay nuevas señales de desprecio con sus labios y boca y arruga la frente.

Intenta, de nuevo, regular sus emociones al dialogar con las delegadas de clase y se apoya en movimientos acompasados de su mano y brazo derecho. Pero el autocontrol se pierde pronto y les recrimina hasta con señales al levantar la mano y señalarlas con su dedo índice. Se enfada y presiona, otra vez los labios, en señal de preocupación por la situación, cada vez más confusa y difícil.

En definitiva, el profesor no tiene ningún tipo de autoconciencia emocional. Deambula, emocionalmente, unas veces acompasando la situación y otras dejándose llevar por sus impulsos, por la provocación de su alumnado. Su inteligencia emocional le debería haber llevado a pensar en las causas que han determinado el conflicto y no en reaccionar directamente ante lo que su alumnado dice y hace.

El rol de los alumnos

Sin duda no regulan, en absoluto, sus emociones. No tienen ningún tipo de inteligencia emocional ya que ello les llevaría a desarrollar y a tener mejores relaciones con los demás. No respetan ni al profesor ni se respetan entre ellos. El alumnado no tiene ningún tipo de autocontrol ni de educación emocional. No se paran a pensar antes de decir o de actuar. Poco le han hablado del dicho de Marco Aurelio de que “la vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella”. El alumnado ni maneja sus propias emociones ni reconoce, o entiende lo que el profesor trata de explicarles. Como no comprenden las emociones de los demás no las racionalizan y se dejan llevar por sus impulsos agresivos.

Este alumnado necesita, además de autocontrol emocional, toda una formación en habilidades sociales o relaciones interpersonales. Solo, de este modo, serán capaces de interactuar correctamente con sus compañeros y con el profesor, independientemente de la situación planteada ya que la verdadera comprensión emocional implica no solo la comprensión de sus propias emociones sino la de los demás.

Mi rol como profesora

Normalmente procuro, y generalmente lo consigo, regular mis emociones, pero en algunos momentos, como cuando algún alumno o alumna trata de sacarnos de nuestras casillas, necesito de esa calma y racionalidad emocional que me lleve al equilibrio de mi estado psicológico.

En general, cuando las personas estamos demasiado alegres, tristes, excitados, preocupados, con ira, miedos, sorpresa o desprecio, no regulamos bien nuestras emociones ya que las decisiones que tomamos no están dotadas de la racionalidad suficiente.

Está claro que tanto yo como los demás necesitamos un tiempo para regular nuestras emociones, esperar para que podamos volver a tener un estado mental relajado y sereno con el que nos será más sencillo poder valorar la situación y tomar decisiones más racionales.

Regulación emocional

– Conseguir un buen autocontrol o regulación emocional nos va a permitir poder dominar y reflexionar sobre nuestras emociones y sentimientos. Solo de este modo podremos saber qué emociones son solo efímeras y cuáles duraderas, qué podemos aprovechar de cada emoción, de qué manera podemos sacar beneficio de la que nos benefician y restarle poder a las que nos perjudican en nuestro entorno. Tendremos que saber focalizar nuestra atención en emociones que no se vuelvan contra nosotros como si fuésemos esclavos de la emoción del momento.

– Los inconvenientes de una mala regulación vendrán determinados porque si no controlamos nuestras emociones serán ellas las que nos dominen, nos dejaremos llevar por ellas ciegamente.

– Dentro de nuestro contexto educativo es fundamental una buena regulación emocional ya que son muchas las situaciones en las que tendremos que poner a funcionar nuestro autocontrol, darnos un tiempo para respirar, reflexionar, tomar distancia ante situaciones tanto con el alumnado como con resto de la comunidad educativa: compañeros o familias. La inteligencia o regulación emocional nos va a ayudar a controlar nuestros estados de ánimo, a mejorar tanto la relación con nosotros mismos como con los demás, a ver las cosas de forma más positiva, a utilizar la razón para gestionar nuestras emociones.

Una buena regulación emocional nos va a permitir reconocer, entender y manejar tanto nuestras propias emociones como las de los demás. Esta regulación emocional nos va a permitir poder priorizar aquello que sea prioritario, prestarle atención y, por lo tanto, poder reaccionar emocionalmente a aquello que demande nuestra atención. Tendremos que saber responder y cómo tanto ante nuestras emociones como ante las de nuestro alumnado. Si mejorarnos nuestra autoconciencia emocional estaremos en mejores condiciones de poder comprender cada una de las múltiples situaciones que se nos plantean cada día en nuestro quehacer como docentes.

Esta autogestión o regulación para controlar nuestras emociones también necesita de un componente de lo que podríamos llamar “transparencia emocional”, entendida como capacidad de adaptación a las circunstancias (como diría Ortega y Gasset), pero también de logro y optimismo. Con un buen nivel de autorregulación emocional podremos ser más flexibles y adaptarnos mejor a los cambios, gestionaremos mejor los conflictos, seguiremos el camino marcado sin necesidad de desviarnos de él, influiremos positivamente en el alumnado y asumiremos la responsabilidad de nuestras propias acciones.

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