Es algo que surgió en una conversación de amigos aparentemente sobre temas banales y superfluos, donde a menudo, cuando se encuentra uno platicando con amistades los temas a tratar pueden ser tan sorprendentes como desagradables. En este caso el objeto de charla que mantenía con los amigos dio origen a un debate sobre uno de los términos más controvertidos, y quizás también complejos, de la vida cotidiana: el concepto de lástima o de compasión. Los dos pueden ser sinónimos porque se refieren a la afección que provoca las desventajas, el dolor o el sufrimiento en el plano ajeno.  Lo que dio origen a ese debate entre colegas fue cuando uno de ellos expuso la vida de un individuo, cuya trayectoria tomó rumbo, a cierta edad, al mundo de las adicciones, el ocio nocturno, la farra y el consumo de estupefacientes. A día de hoy, esta persona en cuestión tiene veinte y pico de años a la que no le han ido mal las cosas hasta cierto modo; al menos hasta que esas adiciones en las que cayó fueron en aumento.

Por lo que conozco de ese muchacho, actualmente se encuentra en un centro de desintoxicación, cuyo costo imagino que no será nada barato (psicólogos, medicamentos, alojamiento en la residencia, etc). Tras desatarse la conversación, uno de mis amigos dijo en mención a aquél: «Da lástima que una persona joven, como Fulanito, caiga en las drogas. Él es buena gente. Sólo que le han ido ciertos vicios». Y sí. Dicho así es algo que conmueve, porque un chaval joven tiene historias, sueños y caminos por los que luchar como para caer a merced de los estupefacientes truncándose el destino. Incluso emana conmiseración al tratarse de una persona que es víctima de sí misma, si me permiten la definición. Ahora bien. Aclaremos matices ya que nuestra sociedad, por lo común, descontextualiza los comportamientos humanos, y, a veces, también, distorsiona algunos conceptos. En ese sentido el término ‘lástima’ se usa por una gran mayoría hasta el punto de desvirtuarlo, sobreexplotarlo y corroerlo. Me gustaría ahondar en ese término porque, además de un concepto polisémico, también muda en virtud de los sentimientos implicados en relación a una historia, a una persona, una situación o contexto. Y como es natural, se puede viciar ese concepto muy fácilmente. ¿Hay que tener lástima por toda aquella persona a la que la vida se le altera? ¿Todas las desgracias humanas merecen compasión? Indudablemente no. A estas alturas ya sabemos que todo tiene un precio a pagar. Y no me refiero a ser frío, carente de comprensión, sino a enmarcar bien un contexto que ayude a entender, con sentido común, si tal cosa merece lástima o no. Lo que hay detrás de una persona. De esa biografía. De esa historia. Porque hay desgracias sobrevenidas y otras, en cambio, que son fruto de un precio a convenir.

No toda vida humana ha de exigir tenerle lástima cuando se desboca, o acampa en malas condiciones. Sin embargo, hay personas que sienten lástima por todo cuanto ven en las desgracias de los demás. Mucha gente cae a tientas en adicciones irreversibles –como Pablo Guzmán o Íñigo Celdrán de mi novela El camino hacia nada–; pero sepamos compadecernos bien del dolor o las desventajas ajenas. Que no es lo mismo que dejar de ser empáticos. Porque ante todo la empatía es imprescindible. Pero simpatizar, más o menos por la vida de alguien que acaba maltrecho o en malas andanzas, es otra cosa. El término ‘lástima’ procede del verbo latino blastemare que puede traducirse como calumniar o dañar. Un concepto paradójico, ya que se emplea para nombrar la afectación por el dolor o el sufrimiento externo. Y, por trivial que parezca, no todas las desgracias o la mala trayectoria de alguien merecen un sentimiento de lástima. Por supuesto, sí empatía. Pero no necesariamente lástima. Porque hay gente que acaba en el pozo por buscárselo ella solita, gente que no tiene, siquiera, un respeto hacia su propia dignidad. Personas que pierden todo principio de autorrespeto; y puede que sean dignas de merecer empatía pero no lástima. ¿Por qué? Porque una cosa es algo sobrevenido, y otra algo que se tienta. Pongamos un ejemplo aunque no son equiparables entre sí, pero ilustran bien el hecho de tener lástima o no. Una persona indigente que por algún motivo ha perdido su vivienda y se ve obligada a dormir en la calle. Lo que le ocurre es una desgracia que ella no ha escogido, circunstancias que desorientan su vida. Es una persona en manos de las adversidades y, por tanto, hay que tener conmiseración, amparo, sensibilidad, y, a ser posible, tratar de ayudarla con diferentes medios. Por el contrario, algo distinto a la hora de tener lástima en el caso de una persona que decide voluntariamente consumir determinadas sustancias que le acarrean adicciones y que perjudican sus relaciones sociales y familiares; lo que le lleva de forma irreductible a engañar a los demás y a sí mismo. En ese sentido, ¿ambos merecen conmiseración? ¿Ambos casos emanan un sentimiento de lástima?

Quizás esto es un plano subjetivo, y, por tal, según el punto de vista de cada uno, la persona que escoge por decisión propia drogarse, con los daños que eso ocasiona para la salud, no merece la misma simpatía lastimosa que alguien que lo ha perdido todo, cuyos recursos son mínimos, condenándose a malvivir y en la exclusión social. Los motivos por los que acabar en desdichas son distintos. Y por consiguiente hay que tener empatía, pero no necesariamente lástima. Cualquier persona puede ser el flanco de múltiples desgracias, y el compadecerse de todas ellas requiere saber, comprender y entender, las razones por las que se ve como se ve. Tratar las experiencias humanas, en ciertos contextos, requiere un grado de ecuanimidad para saber simpatizar con el dolor ajeno. Pero siempre en una proporcionalidad. De lo contrario se cae en la tendencia de la sensiblería instintiva, de la congoja por inercia, del victimismo inapropiado. Y no cabe duda que ser una persona capaz de compadecerse por las desgracias ajenas o los abismos en su proporcionalidad, acorde a un contexto y unas razones, es una virtud. Una virtud muy minoritaria. Y más en estos tiempos en los que nos vamos deshumanizando ante la erosión de tantos valores, sentimientos de culpa y la conciencia. La misma conciencia que cada vez más estamos perdiendo en esta era compleja e incomprensible.

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