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Cuando la sinrazón, el caos, el egoísmo y la falta de acuerdos democráticos, llevaron a España a una sangrienta Guerra Civil, dos niñas, Ana, de Cañete de las Torres y Rosalía, de Fuente Tójar, se conocen cuando llegan a ser vecinas, ya que la segunda de ellas tuvo que huir del horror de las bombas, del hambre, de la sangre y de la línea de fuego en la que había quedado su casa.

El sentimiento de odio y tristeza que inundaba la vida de los adultos, no impidió que estas dos niñas, en plena infancia, reconvirtieran en risas, juegos al aire libre en patios con palmeras, muñecas improvisadas de trapo, carreras en la escuela hacia los sótanos cuando las bombas atizaban sobre el pueblo.

Ambas parecían personajes escapados de un cuento: Ana era la morena cordobesa de pelo rizado y ojos negros. Rosalía era rubia y de ojos verdes. Cuando salían a la calle, encontraban en las aceras a cansados y hambrientos soldados que llamaban su atención por haber venido de tierras lejanas y vestir atuendos morunos que les hacían sentir miedo si les hablaban en una lengua extraña. Sin embargo, pronto encontraron motivos suficientes para ofrecerles algún trozo de pan o alguna fruta que tanto se cotizaba.

Sellaron su pueril amistad en tiempos convulsos de guerra, pero no todo quedó ahí. Con el devenir de los tiempos, quizás el destino quiso que esos juegos simbólicos con muñecos simbólicos, que ellas “amorucaban”, se convirtieran en el futuro en los hijos de ambas que un día se conocieron y unieron sus vidas.

Hoy Rosalía ha llegado al cielo, quizás como aquel verano de 1936. Ana ha salido a su reencuentro con una sonrisa, como aquella primera vez que se conocieron en una calle que aún cubierta de miedo, horror y de guerra, para ellas significaba el comienzo de una bonita amistad que hoy han retomado para siempre.

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