Millones de padres observan con impotencia cómo se acerca septiembre. Sin saber cómo será la vuelta al cole al no existir ningún plan, y con el fracaso anunciado a la hora de frenar la epidemia en los centros educativos, muchos tememos que los colegios entren dentro de la estrategia del ‘martillo y la danza’ predicha ya en marzo por el Imperial College: cierres temporales, con el consiguiente coste educativo.

Esto es, abriendo y cerrando de forma intermitente a medida que se vayan sucediendo los positivos que sin duda se darán. Porque, cuando un niño de una clase de 30 alumnos dé positivo, lo suyo sería aislar a los otros 29 y al profesorado que haya tenido contacto, más sus respectivos convivientes, durante más de dos semanas.

Esto plantea un reto social de calado, no porque el colegio sea un lugar donde dejar a los niños —que también, va a ser dificilísimo ver con quién se quedan o ver qué prestaciones sociales tienen los padres de cuyos niños no estén enfermos pero hayan ido a clase con un positivo— sino porque los colegios son una infraestructura educacional básica.

Acudir al colegio no es optativo por un motivos esenciales y de peso: es el espacio donde los niños adquieren las competencias sociales básicas, donde se desarrollan sus habilidades de comunicación, donde aparecen por primera vez las estrategias sociales, donde se tejen las redes sociales de las que se depende a lo largo de toda una vida, donde se aprende a interactuar en base a lo que admite y no admite la sociedad, donde se define la personalidad, donde nace la identidad como comparación con otros yo diferentes, donde se manifiestan y corrigen dificultades para las relaciones sociales, donde se amuebla el cerebro, donde se adquieren referentes de otro modo inalcanzables, donde se liman estratos sociales, donde se observan comportamientos ajenos a la idiosincrasia familiar, y un larguísimo etcétera de factores que van más allá de la memorización de temario o el pasar tiempo dentro del centro educativo.

Los colegios serán uno de los mayores focos de contagio de la segunda ola del coronavirus en España. Y lo serán porque los colegios son nodos de interacción social entre personas literalmente inmaduras. Son niños, y si uno espera que vayan a llevar puesta una mascarilla todo el día o a mantener la necesaria distancia de seguridad, es que no les conoce ni les tiene cerca.

Sin un plan maestro que permita a las aulas convertirse en burbujas sociales de muy pocos alumnos, aisladas de otros grupos de niños, me temo que los centros educativos actuarán como centrifugadora del virus, afectando de forma más lesiva a quien menos tiene.

Los meses de encierro demostraron e hicieron patente la enorme brecha digital fruto de previas brechas económicas —no todos los niños tienen ordenador, un espacio donde trabajar, responsables que les cuiden en casa durante el telecolegio o internet— y la vuelta al colegio demostrará, me temo, nuestra incapacidad para valorar lo más importante: la educación, en todos los sentidos, de las siguientes generaciones.

Millones de padres observan con impotencia cómo se acerca septiembre. Lo hacen porque saben que las medidas de seguridad serán laxas y porque el centro educativo carece de competencias o experiencia a la hora de prevenir contagios. Incluso en grupos de menos de diez alumnos, todos con mascarillas, y habiendo cerrado el comedor escolar, existiría riesgo. No existe riesgo cero.

Pero si la nueva normalidad es la antigua normalidad con mascarillas por los pasillos y gel hidroalcohólico en la puerta, el riesgo está asegurado, así como la permanencia de los alumnos en casa y su coste para las próximas generaciones.

Imágenes | Kyo azuma

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