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La sociedad global, plural y cambiante genera muchos problemas y se señala a los docentes como posibles instrumentos para su solución, como la consecución de competencias que ayuden a sobrevivir ante tanto cambio inestable, sin acuerdo educativo que nos ayude.

Ante la próxima vuelta presencial a la docencia, se han planteado muchas preguntas por equipos directivos y docentes y se formulan las correspondientes respuestas por parte de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía: quedan exentos de responsabilidad los equipos directivos, la inspección y hasta la propia Administración educativa. Se van a formular protocolos de actuación, pero creo que hace falta lo esencial: que toda la comunidad educativa conozca los estudios reales que ha realizado la Consejería de Salud y su correspondiente publicación. Se supone que sobre estos es sobre los que recae toda la responsabilidad y, por lo tanto, debe ser el documento base sobre el que elaborar los protocolos de actuación en cada Centro docente. ¿Dónde está ese documento de la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía? ¿Por qué se considera a un grupo-clase como algo cerrado, como si de un rebaño se tratase, si no siempre van a permanecer en el centro? Irán cada día a su casa, a otras actividades extraescolares, se relacionarán con familiares y vecinos. Y volverán a las aulas, algunos de ellos contagiados, posiblemente asintomáticos pero contagiarán tanto a sus compañeros como a sus profesores y profesoras. Aunque esto del contagio del profesorado parece que lo tienen tan previsto que está considerado como normal y así se determina en la respuesta a una de las preguntas de medidas de sustitución del profesorado.

Estimados señores de la Consejería de educación, también a los de sanidad, el contagio a un niño puede que quede en una enfermedad leve, pero si se contagia a un profesor puede que tenga que ser ingresado en un hospital, posiblemente en una UCI, que tuviese complicaciones previas que desconociese. Nos van a pasar el test del virus pero quizás necesitásemos, ante esta terrible situación, pasar por un reconocimiento médico lo más completo posible. Sinceramente creo que no les importamos, que somos números y a los que caigan o caigamos, ahí están esperando las largas listas de interinos o los que saquen las próximas oposiciones en 2021. Esto es muy fácil: las ovejas que entran por las que salen. El problema es que aquí la salida puede ser con los pies por delante.

No, señores, no, esto no es una gripe pasajera. Incluso a los que logran pasarlo y salir negativos les puede ocurrir, como a tantos que lo han superado ya, que tengan graves secuelas: trombosis pulmonares, afecciones cardiacas, renales y, por supuesto, respiratorias.

Nuestro estado de satisfacción viene condicionado por la distancia entre lo que se nos exige, las expectativas sociales sobre nuestra labor y aquello que nos ilusiona, lo que queremos conseguir al contribuir a formar personas preparadas para la sociedad que les ha tocado vivir. Ese estado está en peligro porque el miedo al contagio es algo evidente.

Confiemos en que se fragüen consensos básicos no solo sobre educación sino sobre prevención en riesgos laborales. Si estamos en peligro puede ser que no baste con ponernos la mascarilla o lavarnos las manos continuamente. ¿Por qué ahora parece que se olvida lo de la distancia social? La respuesta es clara: no hay suficiente espacio en las aulas y no se les quiere dividir en clases matutinas y vespertinas porque ello supone un enorme gasto. Y, sin embargo, metemos más profesorado dentro del rebaño. Eso para que si no nos lo contagian los alumnos lo hagamos entre nosotros mismos. Los refuerzos, entrando al aula un proferor más que se va a pasear por otras clases, se harán dentro del aula, a costa de lo que sea.

Tenemos que reconocer que atravesamos momentos de dudas y dificultades que nos provocan estrés, pero considero que estamos suficientemente preparados y comprometidos con nuestra actividad docente. Transmitimos interés y dedicación y demostramos, cada día, que somos capaces de enfrentarnos a las continuas dificultades que conlleva nuestro trabajo. Pero no penséis que no sabemos que nos vais a obligar a trabajar en un medio no seguro. Y si no lo es ya habéis dicho que no pasa nada que para eso están los abogados de la Junta para que, como mucho, se indemnice a la familia o profesorado afectado con unos cuantos euros. Eso es lo que vale nuestra vida: unos euros.

Decía Séneca que “largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos” Quisiera ser esa profesora que se convierta, en un futuro, en un ser entrañable e inolvidable, que merezca su admiración. Tenemos que ser profesionales y responsables en nuestro trabajo, pero, sobre todo, que transmitamos amor y respeto por el ser humano. Lo que más nos va a satisfacer será preocuparnos y ocuparnos en los demás. No solo transmitimos saberes sino que enseñamos para la vida. El problema radica en que este virus puede acabar con vidas y el ejemplo puede salir de quien ya no esté entre nosotros.

Quisiera comenzar el curso con esa ilusión de años anteriores con la que compartir con mi alumnado lo mejor de mí, a través de informaciones y metodologías novedosas que optimicen el proceso de enseñanza-aprendizaje en una vocación de servicio a los demás. Sin embargo tengo miedo porque navegamos en un mar de improvisaciones constantes. Ya nadie se hace responsable de nada. ¡Que abran las puertas de toriles y que salga el toro! Cada día hay más contagios, más ingresos en hospitales y más muertes. Todavía estamos a tiempo de replantear que las clases no sean virtuales. Por ello no vamos a parar la economía del país que es, al parecer, lo único que les preocupa.

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