Era de noche, entrando la madrugada. Y aquéllas iban a ser sus últimas horas de vida. De sobra se conocían su figura y sus obras, tanto en España como fuera de nuestras fronteras. Y eso lo hacía gradualmente más vulnerable de cara a los sublevados. A poco de comenzar la guerra, García Lorca se trasladó de Madrid a Granada cuando la capital española iba quedándose poco a poco en manos de los nacionales. La sublevación había ocurrido el 17 de julio, en Marruecos; así que, quien tuviera capacidad de previsión, daba por hecho lo que acontecería en los próximos años: hambre, injusticias, canguelo  y barbaridades infinitas. Sabiendo lo que se avecinaba, la gente con recursos se exiliaría pronto ante el control que empezaba a tener el bando nacional sobre algunos puntos concretos del país. García Lorca sabía que se había convertido en el flanco de todos aquellos que odiaban la República; empezaba a tener mala prensa acusándolo de comunista, masón, intimar con actores estudiantiles, frecuentar ciertos lugares de sodomía, etc. Se convertía, cada vez más, en un personaje desagradable para los nacionales.

Se lo acusaba de comunista, pero no lo era. Pues como se comprueba en el prólogo de Romancero gitano Lorca habla con su hermana Concha acerca de ello: «Mira, Federico, no hablas nunca de política, pero la gente dice que eres comunista. ¿Es verdad?». El poeta la mira y se echa a reír. «Conchita mía –contesta– olvídate de todo lo que dice la gente. Yo pertenezco al partido de los pobres». Lo que sí es cierto es su repulsa contra las injusticias sociales; manifestaba social y públicamente lo subyugado que se veía el pueblo. Fue detenido el 16 de agosto por un tal Ruiz Alonso, mientras el poeta se refugiaba en la casa de su amigo Luis Rosales. Para su detención se montó un gran operativo, blindando la zona, las casas aledañas y los tejados con el fin de  asegurar su prisión. Y dos días después, sobre las 4:45 de la madrugada sería fusilado junto a otro reo en el barranco de Fuente Grande. Allí donde todo acabó.

A partir de entonces, a mi parecer, España dejó de tener solución. La muerte de Lorca marcó un rumbo insoslayable en nuestra historia; no se trata del óbito del poeta, sino la atmósfera que viene zarandeando la paz nacional. Se ha ido creando un país escabroso, diezmado por los abusos políticos cuyas penurias han recaído –y lo siguen haciendo– sobre las clases medias. Y a pesar de avanzar en derechos y libertades civiles, perdura un ambiente de confrontación y enfrentamiento colectivo. Es algo que se lleva en la genética española: el ansia de crear riña contra quienes, de una manera y otra, tienen pensamientos ortodoxos o no comparten nuestras mismas ideas. Ante cualquier asunto se desata el vendaval, la crispación, la cólera pública, formalizándose el canon entre opresores y oprimidos. Un ambiente guerracivilista que se adopta, desgraciadamente, como un hábito en la cotidianidad. En ese sentido no se garantiza una convivencia auténtica; se vulnera cualquier respeto y libertad ajena, acribillando, a veces de forma física y otras de manera verbal, a quien discrepa con la mayoría. Se adultera todo principio cívico ante el hecho de cargarse de razones, cuya ponzoña es crear un pensamiento uniforme, incitación al odio, al menosprecio, al fanatismo. Y ése es el hito que marcó la muerte de García Lorca: una España enfrentada con la otra España. Un país, a nuestro pesar, absolutamente dividido entre franjas y trincheras de recelos, animadversión, desprecio mutuo, desairando toda conducta que no comparta nada con nuestras convenciones e ideologías. Lo podemos ver, por ejemplo,  entre los separatismos y los populismos; y no sólo en el clima político sino, lo que todavía es peor, entre amigos, familiares y vecinos. Ocurre que sectores sociales y políticos comparten intereses para que el pueblo sea enemigo del pueblo; y, mal que nos suponga, casi siempre lo consiguen con creces. La contrapartida es que no hay siquiera una cohesión social donde haya plenas garantías para que entre jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, colectivos diversos, minorías y todo cuanto se quiera añadir, convivan libremente de norte a sur y de este a oeste. El problema sustancial sigue igual, verbigracia, a los años 40. Donde la Ley de Responsabilidades Políticas (LPR) promulgada por el régimen de Franco, tenía la finalidad de un control férreo de la diversidad, maniqueísmo y sumisión nacional-católica. Y en ese sentido se miraba con lupa a quien mostrase una idea contraria a la moral imperante. Así sucede en nuestros días, aunque de manera menos maquiavélica; lo cual no deja de ser preocupante debido a que somos un país carente de memoria histórica, con limitaciones y complejos para mirar al pasado, y ver, con luces y sombras, que los valores cívicos han durado como una estrella fugaz. O quizás nunca han existido del todo, porque esta España polvorienta en la que vivimos está creando generaciones de chavales entre odios, linchamientos, competitividad, animadversión, enfurecimiento a cada instante, vilipendios y con el morbo por la violencia y la hostilidad.

Hay quien cree, vanamente, que el futuro será más fértil que los tiempos actuales. Pero llevamos años intentando reponernos de las heridas que causaron no sólo la Guerra Civil, sino innumerables contiendas carlistas, monárquicas y políticas, sin dejar  la discordia añeja entre el Frente Popular y el Bando Nacional. Así que no hay alegatos. Seguimos siendo guerracivilistas, ya que la convivencia lleva tiempo descuajaringada. Sólo remamos para que cada velero aguante su mástil, con una escala de valores que se está yendo a la puñeta día a día; y mientras no haya educación para la libertad, me temo que España es un país que no tiene solución. O dejó de tenerla. Quien quiera que lo compruebe.

Comentarios

comentarios