Monty Python (Fuente).

La ficción histórica tiene su propio y rico pasado. Entre las novelas que pretenden situarse en algún punto de cruce entre los registros literario e historiográfico, podríamos mencionar, en una lista seguramente incompleta, a Trafalgar de Benito Pérez Galdós; Guerra y paz, de León Tólstoi; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar; El siglo de las luces, de Alejo Carpentier; El manuscrito carmesí, de Antonio Gala, y El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

Pero hacia fines de la década de 1980 y comienzos de la de 1990 los vientos urgentes del mercadeo editorial colocaron en las vidrieras de las librerías una nueva camada de novelas históricas, claramente distintas de las mencionadas. Quizá haya sido María Esther de Miguel, autora de ficciones como La amante del restaurador y El general, el pintor y la dama, la iniciadora de la avalancha sobre la cual pretendo ejercer mi crítica.

Esos productos editoriales se distinguen por sus tramas intencionalmente rebajadas para que la comprensión del pasado parezca fácilmente asequible. De este modo se le evita al lector cualquier incomodidad o desafío, y se le ofrece en cambio una seductora pátina de cultura, delgada pero suficiente para permitirle presentarse en cualquier reunión social como versado en historia.

Desde luego, las tendencias profundas de la historia, en toda su rica e intensa complejidad, desaparecen en estas ficciones. Los dramas de un pueblo quedan reducidos, por ejemplo, a las peripecias de dos enamorados. Si algo caracteriza a Indias blancas, la novela que hizo famosa a Florencia Bonelli, es que no puede propiciar ningún abordaje sobre el siglo XIX argentino como los que pueden surgir a partir de Martín Fierro de José Hernández, o El Matadero de Esteban Echeverría.

A medida que el lector se sumerge en estas tramas edulcoradas, lo que lee comienza a resultarle familiar. Las circunstancias de los protagonistas pierden ajenidad respecto de las propias. Allanado así el camino que le permite trazar paralelismos entre la ficción y su propia vida, el lector se acerca a la conclusión de que la existencia siempre fue igual. Este forzado emparejamiento entre épocas históricas diferentes licua el cambio histórico. Dicho de otro modo, la historia sufre en estas novelas un aplanamiento brutal.

Tal movimiento aplanador se evidencia descarnadamente toda vez que los autores ponen en boca de personajes históricos algunos giros dialectales propios del presente, construyendo irritantes pastiches en los que, por ejemplo, un rey medieval aparece hablando como un rapero contemporáneo.

Estas novelas también traicionan su declarado propósito de humanizar figuras de la historia. Narrar por ejemplo los amoríos de Manuel Belgrano (que es lo que intenta Florencia Canale en Amores prohibidos) carece de utilidad para entender las luchas políticas que dieron estatura histórica al secretario de la Junta de Mayo. Obturada toda lectura política, las cuestiones íntimas devienen entonces esenciales para el avance de la trama en esta clase de literatura. De allí que, por ejemplo, María Esther de Miguel necesite ficcionar los encuentros íntimos entre Juan Manuel de Rosas y Juanita Sosa en La amante del restaurador. Obviamente, esta obsesión por lo más recóndito no se llena con documentación histórica, sino con la inventiva del autor. Lo cual nos lleva a considerar una cuestión central de estas novelas.

****

Está claro que los documentos históricos de una época, por sí solos, nada dicen a quien no sepa interrogarlos. Esto es tan válido para historiadores como para novelistas. La cuestión reside en qué pretenden hacer unos y otros con el material del que disponen. El historiador intenta trazar conjeturas y proponer explicaciones acerca de lo ocurrido. El novelista, por su parte, trata de construir una ficción en un marco histórico. Consecuentemente, sus intencionalidades divergen. Mientras que el historiador se apega a un canon de veracidad, el novelista se aferra a uno de posibilidad. Y en tanto ejecutan operaciones diferentes, uno apelará a los recursos escriturarios de un texto expositivo, mientras que el otro echará mano a los propios de un texto de ficción.

Ningún lector atento perdería de vista la diferencia expuesta. Si su interés se orientase, por ejemplo, hacia la terrible Guerra de la Triple Alianza, poco tardaría en comprender que le convendría leer La Guerra del Paraguay. Estado, política y negocios, de León Pomer antes que Y porá, de Gloria Casañas. Del mismo modo, quien quiera aproximarse a la pavorosa hambruna que diezmó a Irlanda a mediados del siglo XIX se inclinaría por La era de la revolución, 1789-1848, de Eric Hobsbawm antes que por Hacia los mares de la libertad, de Sarah Lark. Por lo mismo, es también dudoso que alguien llegue a conocer cómo se produjo la expansión de la frontera agraria argentina durante el siglo XIX leyendo En ésa época, de Sergio Bizzio, puesto que en esa novela el autor fantasea con un grupo de soldados que, mientras cava la zanja de Alsina para defenderse de los malones indios, encuentra un plato volador.

****

Acá no se afirma que la vida cotidiana no pueda historizarse. Lo que se afirma es que las novelas históricas simulan hacerlo, cuando en verdad no lo hacen. Si Philippe Ariés y Georges Duby se encargaron de una impresionante Historia de la vida privada, no fue para husmear en las alcobas de reyes y príncipes en busca de chismorreos sensacionalistas, sino para reconstruir los cambios que se produjeron en la intersección entre lo público y lo privado en diferentes períodos históricos.

Incluso los historiadores que, como Carlo Guinzburg con El queso y los gusanos, han cultivado la microhistoria, lo hicieron intentando reconstruir los movimientos y procesos más generales de una época. Eric Hobsbawm sugería al respecto considerar la cuestión a través de una metáfora: los historiadores pueden usar tanto microscopios como telescopios para observar un mismo objeto de estudio, siempre que sean conscientes de los instrumentos que usan en cada caso.

Tampoco se está insinuando acá que los historiadores deban privarse de utilizar recursos literarios para escribir. Por el contrario, encontrar aquellos que les permitan redactar textos más accesibles para sus lectores debiera ser una de sus preocupaciones principales. Lo que hizo de Las venas abiertas de América Latina un libro perdurable no fue sólo su contundente denuncia de los atropellos del colonialismo en Latinoamérica, sino también la calidad literaria que Eduardo Galeano desplegó para narrarlos. Lucien Febvfre, por su parte, impregnó de giros irónicos varios pasajes de su libro Combates por la historia para desmontar los argumentos de las corrientes historiográficas con las que polemizó.

****

La exitosa expansión del género que acá se critica no puede atribuirse únicamente a espontáneos gustos del público lector. Es preciso reparar que las editoriales montan una verdadera cadena de producción a partir de cualquier autor que consigue un cierto nivel de ventas. Las secciones especializadas de los periódicos, por su parte, promocionan reiterativamente un mismo puñado de nombres y títulos. Tampoco falta el aporte de la educación formal, a cargo de esas asesoras pedagógicas que siempre se muestran dispuestas a ahorrarles a los adolescentes el esfuerzo de leer al menos unos cuantos versos del Martín Fierro. Esta conjunción de factores permite que muchos incautos confundan la masiva circulación de algunas novelas históricas con la formación de un público versado en historia.

****

Las novelas históricas pasatistas tienen una inspiración posmoderna, puesto que se sustentan en presupuestos como la imposibilidad de conocer el pasado, el carácter discursivo de lo social y la imposibilidad de diferenciar ficción de realidad. Desde esa postura, destruyen la idea de una historia total, que caracterizó distintas corrientes historiográficas, desde el marxismo hasta la escuela francesa de Annales. La supuesta hibridación de géneros que defienden estas novelas esconde una deliberada iniciativa para evitar el abordaje de las cuestiones fundamentales de la historia.

El auge de esta clase de literatura pareciera ser una más de las huellas que una prolongada época de crisis de la humanidad ha impreso en la cultura.

Comentarios

comentarios