En los últimos meses estamos viendo de forma constante a través de redes sociales o en los medios de masas, los tumultos, las afrentas y manifestaciones antirraciales en Estados Unidos. Y, por lo que todo parece, la cosa seguirá en aumento. Los abusos policiales llevan, no unos meses sino años desatándose; pero lo insoslayable es que, hasta ahora, no se había producido varias muertes en tan poca brevedad de ciudadanos negros, como es el caso de George Floyd, Daniel Prude y Jacob Blake. El óbito de dichos hombres, sin parangón ninguno, está suponiendo movimientos masivos que ponen de manifiesto la ira, la impotencia y la resignación por parte de la comunidad afroamericana; semejante hito ha creado el eslogan que predomina en las redes sociales y en la cotidianidad americana que inunda campañas de sensibilización: Black Lives Metters. Está claro que hay unos precedentes al respecto, pues los negros  arrastran demasiada segregación en EE.UU a lo largo de varias décadas, pese a ser una población amplia.

La historia no hace más que repetirse aunque con formatos distintos. La lucha por los derechos civiles allí emergió tras el asesinato del joven afroamericano Emmett Till, en 1955. Hecho que conmocionó bastante a la sociedad estadounidense. La lucha civil también prosiguió con el boicot de Rosa Parks por no levantarse de su asiento en un autobús y cederle el sitio a un ciudadano blanco; fue arrestada y condenada por quebrantar una ley local que empoderaba a los ciudadanos blancos. Más tarde, y quizás el detonante de todo, fue el asesinato de Luther King, en 1968. La mayoría de estos movimientos fueron deliberadamente pacíficos, impulsando el famoso eslogan que exhibiría un joven afroamericano en una pancarta: Equal rights for all! (derechos iguales para todos). Después, en la década de los setenta y ochenta, aumentó la picota con la extrema derecha y el Ku klus Klan, con sus rituales y xenofobia pública,  abogando por la supremacía blanca. Frente a los hechos de otrora, puede que los movimientos antirracistas actuales se deban al cúmulo de impotencia, a décadas de ninguneo y represión que han revertido sobre la comunidad afroamericana; y eso ha de estallar por algún lado. El punto discordante de una cadena de menosprecio a lo largo de mucho tiempo. En ese sentido Occidente ha pasado de una franja a otra con todos los frentes abiertos: en su día, la supremacía aria, le siguió la supremacía blanca en EE.UU, posteriormente la supremacía feminazi y ahora acaece, o lo pareciera, la supremacía negra. Sin embargo, la repercusión no es la misma cuando los asesinatos ocurren dentro de la propia comunidad afroamericana; es decir, las estadísticas estiman que hay más víctimas de negros asesinados por negros, que blancos hacia éstos. Aun así, los blancos no dejan de ser el foco de los innumerables problemas sociales, judiciales, armamentísticos y denigraciones no sólo en EE.UU sino en todo Occidente. Y es que, si hacemos un recorridos bajo un planteamiento macrohistórico, los blancos hemos –me debo de incluir, evidentemente– asolado muchas culturas y sociedades. Al hilo de esto me viene a la memoria aquella famosa carta que escribió el Jefe Seattle al presidente de los EE.UU, Franklin Pierce, en 1855, instándole a respetar sus tierras y la de sus antepasados. Fundamentalmente los blancos occidentales hemos creado las mayores barbaries hacia el orbe; y, específicamente, en su mayoría en Europa. Aquí se creó la Guerra de los Cien años entre Inglaterra y Francia; la Guerra Austro-Prusiana. Más tarde vino la Guerra de Sucesión Española; la Guerra de Crimea; las guerras napoleónicas. El plano es parecido con la Guerra de Independencia en EE.UU; la Guerra de Yugoslavia y la Guerra del Golfo. Fuimos los europeos –principalmente, los españoles, franceses y portugueses– quienes amedrentamos, invadimos y esclavizamos a las culturas precolombinas, haciéndolas extinguir. También fuimos los europeos quienes colonizamos África e impusimos el apartheid. Posteriormente las potencias europeas determinaron en el s. XIX el reparto de las regiones africanas, y, por ende, también, la política de Oceanía. Los blancos occidentales perpetramos, como fruto de nuestra hegemonía, las mayores vilezas: desde la caída de Constantinopla hasta los dos Guerras Mundiales, incluido el holocausto y la fabricación de las bombas atómicas haciendo uso de ellas, como todo el mundo sabe, en Hiroshima y Nagasaki. En los últimos años, debido a su megalomanía, Kim Jon-un incide en el perfeccionamiento de la bomba termonuclear. Pero en ese juego de maldades sigue ganando el hombre blanco occidental. Fue en Europa donde se gestó ideologías atávicas: el comunismo, el anarquismo, y, años después, los totalitarismos, los fascismos y el estalinismo. Mucho antes había nacido la inquisición europea y sus miles de ejecuciones. Por eso los blancos occidentales no hemos hecho más que ser engendros de vilezas y maldades. Pareciera que somos unos destructores profesionales diseñados para el horror.

No es que yo sea antropófobo y tema a mis iguales. Pero, en contraposición a los blancos, los negros no han revertido tantos derramamientos de sangre a lo largo de la Historia. Como resulta obvio, en África se han originado guerras civiles –y aún las siguen habiendo, verbigracia, con el coltán, el oro y el diamante–; hasta hace unas décadas seguía en pie la Guerra de Senegal; la Guerra Civil en Ruanda y el exterminio entre los hutu y los tutsi; la Guerra de Kenia; la Guerra de Uganda y las guerrillas del Congo. Además de eso, en el continente africano también impera la caza furtiva de elefantes, tigres, leones y leopardos. Así que, comparando la trayectoria entre el hombre blanco occidental y el hombre negro afroamericano, no es difícil pensar, si hablamos en términos raciales, que los blancos hemos ejecutado, colonizado, maltratado, saqueado, expoliado, destruido, asolado, violado, sobreexplotado, exterminado, esclavizado, ejecutado, matado, etc., por niveles muy superiores a los negros. Evidentemente sería muy complejo establecer qué nos conduce a eso, ni la ciencia o la antropología podrían determinar las razones por las que, los blancos occidentales, somos en potencia más violentos que los negros. De modo que Occidente, donde se concibió la democracia, la Ilustración, el Humanismo y diversas corrientes artísticas y de pensamiento, ha masacrado inmisericordemente –y lo seguirá haciendo– con toda la infamia que es propia en la naturaleza humana.

Comentarios

comentarios