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Los manuscritos de obras literarias en pleno progreso son algo fascinante a muchos niveles, desde la emoción de espiar algo intensamente privado y el deleite de saber que la mano de un legendario escritor se ha posado sobre el papel que tienes por delante, hasta lo que revelan sobre la metodología y la intención original del autor. A veces, el hecho de eliminar una palabra o de cambiar una por otra nos dice más sobre ese autor que lo que nos transmite el texto definitivo. Solo hay que pensar, por ejemplo, en el primer borrador de Invitación a una decapitación de Nabakov, lleno de flechas y asteriscos: es lo más cerca que se podría estar de encontrarse dentro de la cabeza de un escritor.

En otras ocasiones puede ocurrir que los comienzos o los finales de una historia puedan ser muy diferentes en su primera versión, o los nombres de los personajes son muy distintos. Ocurrió, por mencionar algunos casos, con Scarlett O’Hara, de Lo que el viento se llevó, que originalmente se llamaba Pansy, el detective de Arthur Conan Doyle, que llevaba ciervos, con Sherlock Holmes, que inicialmente se llamaba Sherrinford Hope, o con Daisy y Nick de El gran Gatsby, que eran Ada y Dud.

Un cambio, aunque sea en apariencia pequeño, puede suponer una enorme diferencia, pero también pueden producirse cambios más radicales en las tramas. Cuando Virginia Woolf concibió por primera vez a la señora Dalloway, era una novela en la que la heroína del mismo nombre, un personaje que ya había aparecido en su debut, Fin de viaje, se suicidaría. En cambio, es Septimus Smith, un conmocionado veterano de la Primera Guerra Mundial, quien dará ese paso. Por otra parte, el título de la novela se debate entre el que conocemos y otro, más tarde tomado por el novelista Michael Cunningham para la novela que escribió basada en la vida y obra de Woolf: Las horas. Si observamos el manuscrito original, descubriremos que Woolf escribió con tinta púrpura, marcando sus propios márgenes con lápiz azul, y los usó para insertar modificaciones, añadir comentarios y contar las palabra que llevaba.

Cuando Frankenstein apareció por primera vez impreso en 1818, de forma anónima pero con un prefacio de Percy Bysshe Shelley, muchos lectores pensaron que el autor era el poeta. En la introducción de Mary Shelley a la edición de 1831, escribió que la gente le había preguntado cómo una joven llegó a pensar y a meditar sobre una idea tan espantosa. La historia sobre cómo ideó la historia es de sobra conocida. Sin embargo, el manuscrito revela cómo el monstruo evolucionó hasta convertirse en una criatura más trágica. De hecho, el término que usa Mary Shelley en primer un momento para referirse al persona, «criatura», más tarde es reemplazado por «ser». Otro detalle que humaniza al personaje es cambiar los «colmillos» por «dedos» agarrando su cuello en la ensoñación febril de Victor. Otros cambios son introducidos por Percy, que ayudó con las correcciones del manuscrito, lo que dio pie a plantear la teoría de que el poeta fuera coautor de la novela.

El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, nació como un cuento y, como muestra el manuscrito, se produjeron una serie de cambios debido en gran medida a un cierto grado de autocensura. Las referencias a la relación de Basil Hallward con Dorian se atenúan: Basil habla del «buen aspecto» de Dorian en lugar de su «belleza», mientras que su «pasión» se convierte en «sentimiento». Otros pasajes están tachados por completo. El editor de Wilde, James Stoddart, lo censuró aún más, pero incluso así su publicación en la edición de julio de 1890 de la revista mensual de Lippincott causó revuelo, siendo tachada por la crítica de desagradable.

Los cuadernos y manuscritos originales están en su mayoría guardados en bibliotecas y archivos académicos, donde el acceso está estrictamente restringido. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hace un par de siglos, tal veneración habría parecido extraña. A lo largo del siglo XX hemos este tipo de documentos se han ido convirtiendo en verdaderos fetiches. Además, hay que añadir que este tipo de documentos son cada vez más singulares, puesto que con el tiempo son cada vez menos los autores que redactan a mano. Fruto de ese interés, en 2012 se fundó en París una editorial llamada SP Books, especializada en ediciones facsímiles de lujo y limitadas de manuscritos literarios, que ha impreso borradores de autores como Woolf, Shelley, Wilde o Proust.

Fuente: BBC.

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