La caza, el último cómic de Alberto Vázquez, nos habla de la naturaleza y del hombre. Del eterno enfrentamiento entre la modernidad y la espiritualidad; de lo verde del campo y el monte contra el gris de las ciudades, y lo hace recurriendo al simbolismo, a un tratamiento muy especial de la viñeta, de la figura humana y del color.

En su sinopsis nos cuenta:

Ambientado en un entorno selvático, La caza se adentra en la historia de un hombre primitivo que persigue a un animal. Mediante una narración llena de metáforas y una gráfica que oscila entre la abstracción y la figuración, se tratan temas universales como el conflicto entre hombre y naturaleza, la contaminación o la emigración.

Y, ciertamente, esta es la mejor aproximación que podríamos hacer a La caza. Un cómic que se asemeja a una pieza de cine mudo; que prescinde del color para narrar su historia. Ciertamente, incluso le sobran las pinceladas de guion, de narración, que nos ofrece. Si el dibujo hubiera sido completamente mudo, la historia hubiera sido mucho más poderosa.

Y es que La caza no cuenta gran cosa, y no importa. Lo que importa es cómo lo cuenta. Las ideas que el autor quiere transmitir dirían que están bastante claras, a flor de piel: la pugna entre naturaleza y tecnología; entre hombre y espiritualidad.

El dibujo juega con estas ideas con tremenda soltura, estableciendo entre el lector y el autor un diálogo mudo: la búsqueda de figuras humanas, la alteración de estas: calaveras donde debiera haber caras, muerte donde debiera haber vida, toda una serie de simbolismo que, sin ser tampoco nada demasiado profundo, atenaza una narración que penetra.

Este era el primer cómic que leía del autor (y parece un sacrilegio, lo sé), pero es que no había tenido la oportunidad. Ciertamente, su currículum le avala y hay algo incontestable en su dibujo, en su elección a la hora de configurar unas páginas que no tienen miedo a los vacíos, que juegan con las posibles maneras de leerse; el pincel (digital o analógico) no teme escurrir el color por los bordes, mostrar los trazos crudos, ser premeditada y estudiadamente burdo y crudo. Las viñetas son cuatro trazos, las sombras son borrones, las figuras no atienden a un realismo profundo, sino más bien visceral. No sé si todos estos son elementos representativos en el autor, pero sin duda lo son en La caza.

Me hubiera gustado, no obstante, que el autor hubiera sido más deliberadamente ambiguo, que hubiera más mensaje detrás, más carpas en las que excavar, y que su simbología no evidenciara las ganas de ser comprendida. Cuando leo algo anclado en el surrealismo o lo abstracto, me gusta perderme en la mente del autor, sentirme vapuleado, y a La caza le ha faltado ser más agresiva, más temeraria, más críptica. O a mí ser menos incrédulo, no sé.

En cualquier caso esta ha sido una buena excusa para acercarme a la obra de Alberto Vázquez, a la que seguiré acercándome.

No quiero cerrar esta reseña sin mandar, desde estas letras, un aplauso a Astiberri, la editorial responsable. Una editorial que, desde que empezara el confinamiento, sigue a día de hoy vendiendo en su web a través de librerías, en lugar de venta directa. Un gesto de apoyo que les honra y que ayuda a que las librerías sigan en pie con la difícil situación que vivimos. Y todos los que amamos los libros, y los cómicos, queremos que las librerías nos sobrevivan.

Alberto Vázquez, quien tras cómics como Psiconautas (Astiberri, 2006) o El evangelio de Judas (Astiberri, 2007) se ha labrado una consistente trayectoria de director de animación que le ha llevado a ganar tres premios Goya con los cortos Birdboy y Decorado, y con la película de animación Psiconautas, adaptación de su novela gráfica, vuelve al cómic con La caza, premio Castelao de Cómic 2019, una obra donde suelta su pincel para crear unas aguadas únicas en blanco y negro.

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