El Papa derribado por un meteorito

El Papa derribado por un meteorito

   Pongamos las cartas sobre la mesa. Faltarle al respeto a una divinidad no tiene por qué socavar la fe de nadie. Es por eso que la blasfemia, más que una amenaza hacia la religión o hacia su institución, ha supuesto más bien, desde sus orígenes, un ataque al orden político y a la autoridad dominante, aliados las más de las veces con los próceres religiosos. Luis García Montero define la blasfemia como el carnaval. «Se trata de invertir lo sagrado, como en los ritos medievales que convertían al demonio en el Señor o a los tontos en obispos», dice el poeta. Ese es el verdadero peligro. Dios ‒de existir‒ estará ocupado en cosas más grandes, pero el hombre, arrogante por naturaleza, se cree en el deber de proteger a un ser omnipotente.

   A raíz de los atentados cometidos contra el semanario satírico Charlie Hebdoaquí y aquí puedes leer algunas opiniones‒ se han levantado voces hasta de debajo de las piedras en defensa de la libertad de expresión. Como si por el simple hecho de haber aceptado productos culturales polémicos con la religión como La última tentación de Cristo, La vida de Brian o El código Da Vinci, Occidente entero tuviera ya la superioridad moral para llenarse la boca con el lema «Je suis Charlie», incluso en los casos de evidente contradicción.

   Cuando pensamos en leyes y jurisdicciones que castigan la blasfemia a muchos se les viene a la cabeza el mundo islámico, con países como Pakistán, donde las penas por este motivo van desde la cadena perpetua hasta la pena de muerte. Sin embargo, en muchos de los países del mundo occidental la blasfemia sigue siendo punible, aunque de forma más velada. En España, por no ir más lejos, el artículo 525 del Código Penal contempla el delito de escarnio ‒otro collar para el mismo perro‒ prescribiendo una pena de ocho a doce meses de multa a «quienes, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican».

   Solo así que explica que en mayo de 2012 Javier Krahe fuera juzgado a petición del Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro por una cinta casera de 54 segundos rodada en 1977 en la que se le veía cocinando un crucifijo. Sí, Krahe fue absuelto, pero esta es la tercera vez que se archiva el caso. Para protestar por el bochornoso juicio a Krahe destacadas figuras del mundo de la cultura como Víctor Manuel, Santiago Segura, Pablo Carbonell, Arturo Valls o Pepe Viyuela, entre otros, presentaron una carta firmada en defensa de Krahe y de la importancia del valor crítico del arte. «La Iglesia católica es una institución muy importante por su poder económico y su influencia en la moral, en la educación y, en definitiva, en la vida de millones de personas. Por eso mismo está sujeta a crítica. Faltaría más», dice la carta.

   Lo que sí hay que reconocer es que Occidente lleva cierta ventaja en lo que respecta a la blasfemia en arte. Creemos que es un invento de anteayer y lo cierto es que encontramos ya algunos ejemplos en el siglo XVI. Como resultado de la Reforma se genera en Europa un movimiento anticlerical muy crítico con la Catolicismo, con figuras como Alberto Durero el luterano Lucas Cranach el Viejo que representa al Papa como el Anticristo en la serie de grabados Passional de Cristo y el Anticristo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX ese arte anticlerical vuelve a hacerse muy popular, sobre todo en Francia, con pintores como Francesco Brunery, Georges Croegaert, Charles Édouard Delort o Jehan Georges Vibert. Con ellos también se podría incluir al pintor bilbaíno Eduardo Zamacois y Zabala.

Piss Christ de Andrés Serrano

Piss Christ de Andrés Serrano

   Un buen punto de partida para un recorrido más actual puede ser Immersión, también conocida como Piss Christ ‒o, a secas, Cristo del pis‒, que es una de las obras más conocidas del fotógrafo Andrés Serrano. Y también de las más polémicas porque es una fotografía de un crucifijo sumergido en un bote de orina del artista. Cuando fue exhibida por primera vez en 1987 ya causó una gran controversia. En su día fue denunciada por dos senadores estadounidenses y durante los últimos 34 años han sido constantes las quejas generadas a causa de esta obra por parte de la Iglesia y de las ramas más conservadoras tanto de Norteamérica como de Europa. La última reacción contra la obra tuvo lugar en 2011, cuando dos personas entraron en el Museo de Arte Contemporáneo de Aviñón, donde se exponía una copia de la imagen y la destruyeron con un martillo.

Santísima Virgen María de Chris Ofili

Santísima Virgen María de Chris Ofili

   Nada que envidiar en cuanto a polémica, por otra parte, a La Santísima Virgen María, una pintura creada por Chris Ofili en 1996 e incluida en la exposición «Sensation» que tuvo lugar en Londres, Berlín y Nueva York entre 1997 y 2000. La pintura representa a una Madonna Negra rodeada de multitud de imágenes en collage que se asemejan a las mariposas pero que en realidad son fotografías de genitales femeninos, como referencia irónica a los tradicionales querubines. Uno de los materiales que utiliza la obra es estiércol de elefante y, en concreto, uno de los pechos descubiertos es un bulto de estiércol seco barnizado. Cuando se expuso en Nueva York el entonces alcalde Rudolph Giuliani, que consideraba la obra «enfermiza» y «repugnante», presentó una demanda judicial contra el Museo de Brooklyn. La descripción que se hizo de la obra en los medios era deliberadamente falsa: se decía que el artista había arrojado estiércol sobre una imagen de la Virgen. El museo hizo frente a Giuliani y su director, Arnold L. Lehman, presentó una demanda federal en contra el alcalde por infracción de la Primera Enmienda. Al final el museo ganó el caso en la corte aunque el 16 de diciembre de 1999 un tal Dennis Heiner intentó destruir la obra arrojando pintura blanca sobre el lienzo.

   Pocos escándalos han sido tan sonados como el de la exposición fotográfica Ecce Homo que la artista sueca Elisabeth Ohlson hizo en Estocolmo en julio 1998 y que dividió al país en dos bandos, partidarios y detractores. Se trataba de un conjunto de doce imágenes de diferentes situaciones bíblicas en las que se retrataba a Jesús en un entorno moderno, rodeado de homosexuales, transexuales, personas ataviadas con cuero negro y personas con SIDA. Encontramos, por ejemplo, una Piedad en la que María sostiene a un Jesús que muere de SIDA en un centro médico. Lo curioso de esta exposición es que se presentó en la catedral de Uppsala. KG Hammar, arzobispo de Uppsala y la cabeza de la Iglesia de Suecia, declaró en una entrevista que la muestra era una oportunidad para que los homosexuales se sintieran integrados en el seno de la Iglesia.

El Papa derribado por un meteorito

El Papa derribado por un meteorito

   En otoño del 2000 Anda Rottenberg, directora de la Galería Zacheta en Varsovia, cometió un atrevimiento que le costó caro: exponer una polémica escultura de Juan Pablo II en Polonia. La figura de cera, titulada La novena hora. El Papa derribado por un meteorito, había sido esculpida por el transgresor artista italiano Mauricio Cattelan, que ya había provocado escándalos con algunas obras anteriores ‒por ejemplo, colgando un caballo muerto del techo de una galería de arte‒. Las reacciones ante la obra protagonizada por el Papa no se hicieron esperar. El cardenal Jozef Glemp hablaba de provocación gratuita, mientras que Witold Tomczak, representante parlamentario de un grupo político de derechas, escribió una carta al primer ministro y al Ministerio de Cultura exigiendo que se procesara a Rottenberg por herir los sentimientos religiosos de los polacos. No contento con esto, Tomczak visitó la Galería e intentó dañar la escultura, acompañado por una cámara de televisión. Como consecuencia de este incidente Rottenberg perdió su cargo.

La Pasión de Dorota Nieznalska

La Pasión de Dorota Nieznalska

   Pero este no fue el único caso de arte blasfemo en Polonia. A raíz del caso Rottenberg se produjo en el país un enfrentamiento entre artistas y representantes de la iglesia católica y de los sectores más conservadores. Otro de los incidentes más llamativos fue protagonizado por la artista Dorota Nieznalska y su instalación La Pasión, compuesta por una caja en forma de cruz griega con la foto de unos genitales masculinos, acompañada de un vídeo en el que un joven hacía ejercicios de musculación. Aunque Nieznalska se apresuró a desvincular su obra de la religión, aclarando que con ella trataba de denunciar el masoquismo masculino que supone tener un cuerpo perfecto, el partido de derechas Liga de las Familias Polacas y la organización nacionalista con tendencia neofascista Juventud de la Gran Polonia presentaron una demanda contra la artista. En este caso el sentimiento religioso estuvo por encima de la libertad de expresión y Nieznalska fue condenada por su obra a seis meses de trabajo social y a 450 euros de multa.

La Revelación de Leo Bassi

La Revelación de Leo Bassi

  Si por algo se caracteriza el cómico Leo Bassi es por la polémica. Por eso y por su ateísmo provocador, lleno de crítica anticlerical. Dentro de esta línea, en 2006 representó en el Teatro Alfil de Madrid una obra titulada La Revelación, en la que se critica el oscurantismo, las sectas y los fundamentalismos que invaden la vida moderna. Como consecuencia a esta representación alguien puso una bomba casera en su camerino que de haber explotado habría acabado en tragedia. En Santander no se llegó a tanto, pero antes del comienzo de la obra se produjeron varios incidentes protagonizados por diferentes agrupaciones católicas. En cambio, en Utrera, en 2008, hubo que evacuar el teatro por una amenaza de bomba. Además, amparándose en el Código Penal, el partido político Alternativa Española interpuso una querella criminal contra Bassi y los organizadores del espectáculo para pedir su retirada y secuestro.

Las dos piezas de Eugenio Merino que provocaron la protesta

Las dos piezas de Eugenio Merino que provocaron la protesta

   Eugenio Merino es el artista del hiperrealismo entre gamberro y canalla. En 2010 el escultor que había hecho a un Fidel Castro zombi o a un Damien Hirst descerrajándose un tiro en la cabeza se atrevió a exponer en Arco un combo de las tres religiones mayoritarias, con un judío, un cristiano y un musulmán rezando, eso sí, uno encima de otro. Además hizo una metralleta Uzi, de fabricación israelí, convertida en candelabro hebreo de siete brazos. Esta vez las protestas venían por parte de Israel, cuya Embajada en Madrid hizo pública una nota en la que decía que «valores como la libertad de expresión o la libertad artística sirven en ocasiones de simple disfraz de prejuicios, de estereotipos o de la mera provocación por la provocación». Astuta la táctica judía, apelando a sentimientos de antisemitismo.

   Está claro que el arte contemporáneo no es siempre complaciente con el observador. Antes bien, una de sus obligaciones debe ser provocar para despertar conciencias y alertar contra la injusticia, aunque sea a través de mensajes duros o polémicos. Y está claro que la libertad de expresión es una de las bases esenciales de cualquier sociedad democrática. Sin embargo, cuando esta choca con el sentimiento religioso ‒que no olvidemos que también es un derecho fundamental‒ hay que tratar de conciliarlos en la medida de lo posible. Ahora bien, no podemos olvidar que la convicción religiosa forma parte del ámbito privado, y como tal no debería imponerse a nadie, mientras que la libertad de expresión es algo que nos afecta a todos, con independencia de credos o religiones.

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