Llevo varios días celebrando la entrada del verano como época de lectura, por ejemplo con una infografía que te muestra cómo ha evolucionado la literatura infantil de verano a través de las décadas. En esta época, las bibliotecas ponen en marcha toda clase de programas de fomento de la lectura destinados a que niños y jóvenes no pierdan la costumbre de leer entre junio y septiembre. Pero, ¿es que acaso el hecho disponer de más tiempo libre no debería ser una razón más que suficiente para leer más en lugar de para hacerlo menos? Un estudio realizado por la National Literacy Trust sobre las tendencias de lectura de los niños en 2014 apunta a una posible explicación para que esto sea así: si los niños no leen la culpa es de los padres.
El estudio ofrece datos bastante reveladores, como que uno de cada cuatro niños está de acuerdo con la afirmación «a mis padres no les importa si leo o no». Además, a uno de cada seis niños encuestados nunca se les ha regalado un libro ni han leído libro alguno en el mes anterior a la encuesta y uno de cada cinco dicen que nunca han estado en una librería. Unas cifras que son todavía más alarmantes en el caso de las niñas. Una locura.
El autor de best sellers James Patterson, uno de los escritores más activos en la lucha por el fomento de la lectura infantil y juvenil, manifestó en una reciente entrevista que el pilar básico para que los niños lean son los padres. Muchos padres piensan que tienen que esforzarse para que sus hijos desarrollen habilidades futbolísticas o enseñarles a ir en bicicleta, y eso está bien, pero lo que a la gente le tiene que entrar en la cabeza es que es el trabajo de los padres y de los abuelos ‒y no de la escuela‒ es que los niños lean y para conseguirlo tiene que haber libros en las casas, dijo Patterson.
¿Cuál es el papel que tienen que adoptar entonces los padres para conseguir que sus hijos lean? Patterson lo tiene claro: los niños deben asumir que leer no es una opción. El escritor, que admite que no era un gran lector cuando tenía ocho años, obliga a su hijo a leer cada día durante el verano. Una opinión que suscribe al cien por cien Robert Bruce, autor del blog 101 books. Según Bruce sus hijos todavía no pueden leer, pero no pierde la ocasión de leerles como mínimo un par de veces a la semana. Que los niños actúan por imitación lo demuestra el hecho de que su hijo de un año se siente en el suelo y haga el gesto de leer un libro. Quizá esto no garantice futuros lectores pero por intentarlo que no quede.
Personalmente soy de la escuela de Daniel Pennac y no estoy muy de acuerdo con el método de obligar a leer a los niños. Aunque es complicado, si se tiene imaginación se pueden encontrar formas de fomentar la lectura que no pasen por la imposición. Un par de ejemplos que se me ocurren serían la elaboración de una pirámide de la lectura o de un bingo lector, como el que han hecho las hermanas Holly y Nat en el blog My Sister’s Suitcase. Tengo el absoluto convencimiento de que el fomento de la lectura en los más pequeños pasa necesariamente por plantearlo en términos lúdicos.
De lo que no cabe duda es de la importancia de los padres en los hábitos de lectura de sus hijos. Es más, la lectura debería ser un regalo intergeneracional independiente de los lazos afectivos, transmitida de padres a hijos, pero también de abuelos a nietos, de hermanos mayores a hermanos pequeños y de profesores a alumnos. Como dice Patterson, pensar en «niños sin libros es algo que se traduce en un mundo dirigido por la miopía, el simplismo, la apatía y la estrechez de miras».
Así que, llegados a este punto, si necesitas algunas ideas para posibles lecturas infantiles este verano, te dejo una lista de libros imprescindibles ordenados según el tiempo que tardaría en leerlos un niño de media. Feliz lectura.

Buenas tardes… Yo no soy una experta en estas lindes, pero creo que poco o nada tiene que ver que a uno le regalen libros o le lean por las tardes, también antes de acostarse e incluso le fijen unos horarios determinados para la lectura. Lo digo por experiencia, a mí me han regalado muchos libros y he estado rodeada de ellos desde la tierna infancia, pero doy fe de que dos de mis hermanos no leen nunca. En mi familia no todos somos lectores y no será porque no se fomentara la lectura o no hubiera al menos un gran lector en casa (mi madre y toda su familia fueron siempre muy lectores, mi padre no pero nos regalaba libros). No obstante, he tenido compañeros de estudios y amigos personales que no tenían padres lectores pero sí libros en casa que les regalaban sus padres no lectores (y algunos han leído más libros que yo que los tenía a pares). No sé de dónde procede mi afición-adicción a la lectura, pero desde luego no es porque mis padres fueran o no fueran lectores. De eso estoy muy segura, porque no es cuestión de que a uno se lo inculquen sino de que le guste y le atraiga. Siento la extensión. Gracias. Un saludo.
Estoy de acuerdo en que no hay reglas fijas. A mí me pasó un poco lo contrario. Desde pequeño no me fomentaron mucho la lectura, pero crecí leyendo tebeos (sobre todo Mortadelos) y al final, como el que no quiere la cosa, he salido lector. Mi hermano, en cambio, no es precisamente un gran lector. Pero creo que el hecho de que los padres lean ayudan, aunque solo sea porque los niños actúan por imitación. Lo cual les puede llevar en la adolescencia, en plena etapa de rebeldía, a rechazar la lectura. Por suerte, de todo se cura uno, hasta de la adolescencia. En fin, muchas gracias por tu comentario.
Todo el que haya tenido leído a Freud o que, en su defecto, haya visto «Relatos salvajes», termina sabiendo que la culpa de todo la tienen los padres. Mi caso, no obstante, derrotó por una vía distinta, según lo aprecio ahora con la perspectiva que da la distancia en el tiempo. Yo aprendí a leer sin que nadie se diera cuenta, ni siquiera yo mismo, por falta de referencias; lo supe, y es éste uno de los pocos recuerdos que tengo de mi niñez, en el instante en que mi tía Ana, un día en que pasó por casa de visita, me vio leyendo una revista sobre granjas argentinas —era yo entonces un experto en vacas condecoradas, a falta de otra cosa que llevarme a los ojos—, y me preguntó por su título, y la criaturita que era yo respondió «Bah, La Chacra». ¡El niño lee! ¡El niño lee! la noticia retumbó por las habitaciones de la casa. Y así supe yo, y supo mi familia, que había sido ungido con el don de la lectura. Así de repente, sin que nadie me hubiera dicho eso de la b con la a ba, etc. Conviene aclarar aquí que no fui a la escuela hasta bien cumplidos los ocho o nueve años. Eso pasaba en Canarias, el médico opinaba que el niño con eso del asma pues que quizás no era bueno que. A partir de entonces, y durante un lapso de pocos años, mi tía, que había abierto una librería, me traía de cuando en cuando cosas divertidas, como el Billiken argentino, cromos que ya olvidé y así.
Poco tiempo más tarde el médico le dijo a mi padre que no era aconsejable que el niño fumara —y el niño no fuma— y que convenía ir en busca de un clima seco, que Canarias es húmedo y con eso del clima tropical pues el polen y los ácaros ya se sabe. De modo que por culpa del médico vine a dar con mis tiernos huesos en un pueblo de la España profunda y, para colmo, en plena posguerra. En verano hacía calor y cada invierno rendía yo mi tributo a una o dos bronconeumonías, que entonces no era cosa pequeña. Por menos que esto la gente dice eso de «pues fue peor el remedio que la enfermedad».
En cuanto a las lecturas, resulta que mi padre se había visto forzado, ya en Canarias, a quemar todos los libros que pudieran resultar mínimamente sospechosos de ya imaginan de qué. Y no, no recuerdo que en el pueblo existiera ninguna librería. Así que… ¡ah! tengo que aclarar que era yo un miope de más de cuatro dioptrías, lo que explica que mis amigos no me quisieran nunca como compañero en los partidos de pelota de trapo. En el cole nadie se daba cuenta, porque éramos pocos y, justamente como buen miope, estudiaba bastante, ya que mi universo se reducía a una esfera de escasamente medio metro, y además me sentaba en la primera fila. Este niño es muy listo, le decían los profesores a mi padre, y a nadie se le ocurrió que lo que pasaba es que lo que era el niño era muy miope (si sería miope que recuerdo haber aprendido de memoria la tabla periódica de los elementos con sus pesos atómicos) . Pero sigamos. Por culpa de la nada sospechosa biblioteca de mi padre (no, si al final sí que va a ser culpa de los padres) todavía recuerdo mis lecturas de niño: la producción teatral de Lope de Vega, que no dejaba de tener su gracia, por cierto, unas tragedias de un tal Sófocles, otras de Esquilo, la Teogonía de un tal Hesíodo, Los trabajos y los días, creo recordar que del mismo, unas cosas indigestas que tenían por título algo así como La crítica de la razón pura y La crítica de la razón práctica. Hasta que no di con Shakespeare, que debía estar en lo alto de la estantería, no empecé a centrarme. Y recuerdo con alivio la Ilíada, que era como de aventuras, que la escribió un tipo que no me creo que fuera ciego.
Algo más tarde ya di con Julio Verne, con Emilio Salgari y con Zane Grey. También sabía el rosario de memoria, no vayan a pensar que todo fue disipación.
Por si alguien pregunta ¿y después? resulta que, en vista de que eso del clima seco más bien resultaba peligroso, nos mudamos a Barcelona, que tenía institutos y universidad y así los niños podrán estudiar. Ya tenía yo los quince cumplidos cuando el azar facilitó que por fin me diagnosticaran la miopía, cosa que se arregló con unas gafas y un tiempo de mucha vergüenza porque qué iba a pensar la gente. La cosa se arregló de repente cuando mi hermana, menor que yo pero más enterada de la vida por mujer y porque veía bien, me dijo aquello que perdoné pero nunca he olvidado: «¿Pero tú eres idiota? ¿Es que crees que la gente te mira?». Lo que resume el resto de mi vida: transitar consciente de que la gente ni siquiera me mira.
Guau, me ha encantado tu historia, y sobre todo me ha encantado la manera en que la has contado. Muchas gracias por compartirla. Veo que has tenido una formación muy heterogénea, pero con mucho nivel desde muy pequeño. Por mucho que uno se empeñe en hacer pequeños lectores en potencia, son las circunstancias personales de cada uno las que preparan el camino del amor por la lectura. Un saludo.
[…] Llevo varios días celebrando la entrada del verano como época de lectura, por ejemplo con una infografía que te muestra cómo ha evolucionado la … […]