Rue de l’Odéon de Adrienne Monnier

Rue de l’Odéon de Adrienne Monnier

   El 15 de noviembre de 1915, Adrienne Monnier abrió su librería, La Maison des Amis des Livres, en el número 7 de la rue de l’Odéon, en París, con la modesta pretensión de compartir su amor por la literatura. Monnier, que había trabajado como profesora y como secretaria en la editorial Université des Annales, situada en la margen derecha del Sena, tuvo el insólita coraje de ser una de las primeras mujeres en Francia que abría su propia tienda de libros. Con un capital limitado de 10.000 francos, obtenido como consecuencia de un accidente ferroviario de su padre mientas trabajaba, la osada librera decidido a hacer carrera con la venta de libros en la margen izquierda, en un momento en el que había surgido una verdadera necesidad de nuevas librerías, ya que muchos de los antiguos libreros habían dejado sus negocios para unirse a las fuerzas armadas.

   Monnier carecía de los medios económicos para hacerse con un gran fondo bibliográfico, así que decidió arriesgarse y especializarse en obras modernas, lo que finalmente resultó ser la clave de su éxito. Al aventurarse con poesía o novelas contemporáneas en lugar de sucumbir a la comodidad y seguridad de los clásicos, Monnier consiguió convertir La Maison des Amis des Livres en el centro de la literatura de vanguardia francesa.

   Esta es la mujer que ofreció consejos y aliento a Sylvia Beach Beach cuando en 1919 fundó la librería en especializada en literatura inglesa llamada Shakespeare and Company. Durante la década de 1920, ambas librerías se encontraban en la rue de l’Odéon, en el corazón del Barrio Latino, frente a frente. Al patrocinar lecturas y fomentar conversaciones informales entre autores y lectores, ambas mujeres consiguieron convertir esa conjunción de librerías, a fuerza de sencillez y hospitalidad, en uno de los ejes culturales más brillantes de la vida parisina.

   De ahí el valor de Rue de l’Odéon, una recopilación de textos donde Monnier nos da cuenta de su vida y de su librería ‒que para el caso viene a ser lo mismo‒, publicada por vez primera en 1989 de la mano de la editorial parisina Albin Michel, y traducida al castellano en 2011 por Julia Osuna para la editorial Gallo Nero.

   Tras un generoso prólogo de Simone de Beauvoir a modo de aperitivo y una serie de testimonios de amigos y clientes que frecuentaron La Maison des Amis des Livres en su día, el libro se divide en tres partes. En la primera parte ‒la más extensa‒, «En la Rue de lÓdéon», Monnier nos habla de su día a día como librera. Cada mañana, vestida con su larga falda gris y su chaleco sobre una blusa blanca almidonada, barría el suelo de sus dominios, sacaba a la calle el aparador de libros de segunda mano o se preparaba para saludar al primer cliente del día. Muchas de las estrellas de las vanguardias se daban cita a diario en la librería para charlar sobre libros, comprar alguno o tomarlo prestado. Así descubrimos a un Breton y a un Aragon hechizados por la luz de Apollinaire, el oportunismo de Jean Cocteau, al singular clan irlandés ‒compuesto por James Joyce y Samuel Beckett‒, o cómo el titán Hemingway liberó la Rue de l´Odéon al finalizar la guerra. Tal cantidad de nombres, sin embargo, no llega a abrumar.

   En las dos siguientes partes, tituladas «Otros recuerdos» y «Los amigos de los libros» respectivamente, descubrimos a una Monnier más íntima y autobiográfica. Aquí encontramos recuerdos de su infancia o del nacimiento de su vocación librera junto a otros sobre de su visita a Londres o su primera clienta, una amable anciana que compró un libro de saldo y tuvo a bien no regatear el precio.

   Aunque si hay algo que dé unidad a este conjunto heterogéneo y discontinuo de textos es, por encima de todo, su pasión por los libros y por la literatura, y su estilo sencillo y natural, sin pretensiones de crear una obra maestra sino solo de dejar constancia de una de las épocas más salvajes y fructíferas de la literatura. Monnier tenía en mente una librería que, como ella describe en sus memorias, no pretendía satisfacer a un gran público sino más bien a un selecto grupo de lectores, a los que se pudiera conocer de forma individual y complacer a la perfección. Una ambiciosa idea de negocio que, todo parece indicar, no da cuenta del valor esencial que tiene La Maison des Amis des Livres en la historia cultural del siglo XX.

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