INTRODUCCIÓN

Si algo caracteriza al genio de Glasgow, además de sus dedos, es su ininterrumpida carrera musical. Allá por el 78 lanzó, con los inmortales Dire Straits, su primer disco homónimo, aquel que contuvo la canción que los llevó a las grandes ligas: Sultans of swing. De ahí en adelante compaginó la composición de bandas sonoras (Local hero, Cal, The Princess Bride…) con la producción musical. Con banda sacó Communiqué, On the road to Philadelphia, Making Moves, Love over Gold, Extended Dance y, finalmente, el inolvidable directo Alchemy. El quinto álbum fue Brother in Arms, en el 85. Aparecían en la contraportada canciones como Money for Nothing (con Sting en los coros), So far away, Walk of life o, como cabía esperar, Brother in Arms, muchas de ellas llevarían en la gira posterior la guitarra rítmica de otro gigante: Eric Clapton.

La carrera en solitario de Knopfler no llegó hasta 1990 cuando, junto a Chet Atkins, publicó Neck and Neck. Aunque la «marca» Dire Straits continuó publicando hasta 2008, Mark, allá por el 96, tenía claro su futuro. Publicaría entonces su primer gran álbum en solitario: Golden Heart.

Ahora, cada vez más alejado del sonido de esa mítica Strato roja, publica Down the Road Wherever, uno de los discos más experimentales de todo su haber.

EL DISCO

Desde que saliese de las filas de Dire Straits, Knopfler empezó a experimentar con la música irlandesa, el jazz y los sonidos más personales, alejándose de ese rock tan característico que teñía siempre el sonido de los Straits, pero manteniéndolo implícito en su música.

Quizás por eso este Down the Road Wherever ha resultado chocante para una buena parte del público. Y es que Knopfler se ha recreado. Mantiene ese sonido cálido e intimista, ese toque que sólo él tiene, esa voz serena, que más que cantar, recita, pero se aleja completamente de lo que han sido sus anteriores discos.

Las canciones

El disco abre con Trapper Man, con una rítmica sencilla y una atmósfera viajera. No hay nada que destaque por encima de lo demás: Una guitarra eléctrica, bajo, batería, órgano, piano y coros en el estribillo. Los solos, aunque no son brutales, no dejan nada que desear, si bien no tienen el toque de Knopfler. Aunque no es la mejor canción del disco, sus seis minutos de musicalidad sencilla y desenfadada son un buen comienzo para un disco donde la complejidad toma el primer plano.

Back on the Dance Floor ya es otra cosa. La batería y el bajo mantienen una línea constante con un «groove» bastante interesante, y los dedos de Knopfler, esta vez sí, hacen cantar las seis cuerdas como nadie. La voz melosa y una armonía sencilla la convierten en una canción sin excesos de ningún tipo que, sin embargo, precisa de varias escuchas para enamorar. Imelda May acompaña con su voz suave los solos y los estribillos, marcando la dinámica de una de las canciones más pegadizas del disco.

Nobody’s Child trae el intimismo al disco. Con una guitarra acústica arpegiando al más puro estilo Starway to Heaven, en segundo plano, eso sí, compaginándose con la Les Paul susurrante de Knopfler. El colchón del Hammond y la «reverb» larga crean una atmósfera profundamente calmada que nada tiene que envidiar a la mítica Brother in Arms.

Mientras Just a Boy away from Home brinda un sonido blues clásico, con una producción minimalista de guitarra eléctrica, bajo, batería y voz, acompañados por el slide de Robbie McIntosh y los vientos de Nigel Hitchcock y Tom Walsh, When you Leave adelanta unas décadas en el tiempo, viajando hasta el jazz de los sesenta con una armonía menor y melosa con gusto a Black Orpheus, de Tom Jobim. El saxo, el piano y la voz cálida de Knopfler la convierten en un llanto melancólico ante el que es mejor cerrar los ojos y dejarse llevar.

Y llega, por fin, Good on you Son, el single del álbum. Poco hay que decir de la que supongo será la canción más escuchada del disco. Sencilla, directa y bonita. Con un corte percusivo que rompe con todas las cadencias esperadas y que aporta toda la magia que necesita una canción como esa.

My bacon Roll trae ese sonido country que tanto ha investigado el autor implícito en una canción al más puro estilo Romeo and Juliet, de nuevo con el sonido de los dedos de Knopfler en un solo lento con contrastes que, junto a la producción machacona de lo que recuerda a un arpa de boca, marca la dinámica del tema.

Nobody Does That vuelve a llevar a Mark por senderos que pocas veces ha caminado, esta vez por el funky, con un wah wah percusivo y unos vientos al más puro estilo James Brown. Es, sin duda, una de las canciones más divertidas de escuchar de todo el disco.

El ecuador del disco llega con Drover’s Road, donde Knopfler saca todo su espíritu escocés en una tremenda balada de corte celta. Aparece el violín de John McCusker, que traslada el tema a otros horizontes. La letra, melancólica e introspectiva, estremece en compañía de la música. Una música que, por cierto, no precisa de letra para contar lo que quiere contar. Todo es interesante en esta canción.

One song at a time de nuevo crea esas atmósferas que solo el de Glasgow sabe crear, con un bajo cadencioso y, por supuesto, la guitarra de Knopfler. Los bongos aportan algo de novedad a un sonido ya muy pulido por el autor, que mantiene un sonido celta con el fiddle de McCusker.

El disco se sumerge en el latin jazz en modo dórico con Floating Away. Muy similar al rock latino de Santana en cuanto a producción, Knopfler se lo lleva a su cancha con una melodía de voz tan interesante como sugerente y unas cadencias personales que hacen las delicias del oyente. El piano y el hammond de Jim Cox y Guy Fletcher oscurecen el tema calmando los ánimos y transportándolo al jazz más sesentero. («Lo del comienzo de la canción son scratches?»).

Slow Learner vuelve a ese jazz cálido del palo del Summertime de Gershwin. Knopfler deja de lado la guitarra, dejando en manos de la trompeta de Tom Walsh los solos de la canción. Poco queda de la personalidad de Mark en esta canción, que casi asemeja a la evolución de Sting al salir de The Police hacia el jazz más clásico. Slow Learner no es Mark Knopfler, es un hombre a quien le es más importante transmitir que firmar.

Heavy Up trae un soplo de aire fresco, así como la sensación de que el disco está ya llegando a su final. Haciendo honor a ese verso de Money for Nothing («what’s that? Hawaiian noises?») trae un sonido hawaiano en toda regla, con toques de blues en los estribillos y una guitarra prácticamente imperceptible.

Every Heart in the Room mezcla el reggae con el jazz, con una armonía que poco tiene de simple pero que permite a la voz crear melodías alejadas de los cánones. La guinda la pone el slide, que de nuevo hace que el oyente cierre los ojos y deje la mente fluir.

Y a falta de dos canciones, llega la que es, sin duda, la más divertida del disco: Rear View Mirror. Una especie de bebop frenético que, pese a la corta duración, hace que el oyente se levante de la silla y se ponga a bailar. Experimenta Knoplfer con la melodía vocal, («¿quién diría que pudiese tener tanto flow?»).

Y por fin llega el fin. Cierra el disco Matchstick Man, una balada acústica que recuerda a Silvertown Blues, entre otras, y que posee todo el espíritu del auténtico Mark Knopfler.

CONCLUSIÓN

En música, reseñar un disco de un compositor de la talla de Mark Knopfler es como reseñar la obra de un escritor Nobel. ¿Si se pueden sacar fallos? Supongo que sí. Se puede uno quejar de que no es un disco con la personalidad de Knopfler, de que es demasiado tranquilo, de cualquier cosa. De que es muy largo, de que es muy caro o de que viene en caja de cartón en lugar de en carátula de plástico. A mí, en lo personal, me parece un disco digno de escuchar y re escuchar, de analizar de arriba a abajo y, ante todo, de disfrutar.

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