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Yo era una mujer con poder. Me había costado mucho conseguirlo, más de lo que me gustaría reconocer.  Serpientes acechaban a mis pies, pero yo, toda luz y toda oscuridad, siempre encontraba la manera de hacer ese reinado, sencillamente interminable.

Cuando Gael me conoció, yo no era nadie. Era una niña con grandes sueños y mala suerte. Entonces, un día, él se acercó a mí en aquel bendito autobús. Vio algo en mis ojos, que años después yo misma reconocería en el espejo una mañana.

Me guió hasta el poder. Rompió con lo establecido. En Sesgon aquellos que se presentaban al Trono eran viejos sabios, ya conocidos por todo el mundo. Destruyó parte de lo que yo era, hizo que cruzase la barrera del dolor físico, y potenció el poder de mi alma, ese que lo hizo ir a mí aquel día. Yo, a cambio,  renuncié a todo. Aprendí a no doblegarme,  bebí del dolor de la justicia y del sosiego de la bondad. De él, absorbía  sabiduría, grandeza y confianza. Me esforcé largo tiempo por ser lo que yo veía en su mirada cuando él me observaba.

Obtuve el beneplácito del pueblo, todos me adoraban. Jugué a ser poder, sabiduría y grandeza y no se me daba mal. Pero algo faltaba. Mi alma estaba inquieta. A Gael lo mataron, pensaron que era la tecla defectuosa de mi piano, pero nada más lejos de la realidad. Tocaron la nota adecuada para que por fin viese. Cuando su cuerpo cayó sin vida sobre mis brazos y su sangre se convirtió en tinta, leí sobre mi piel La Gran Verdad.

Huí, yo que lo había sido todo, y de repente sentía que no era nada. Un sencilla vida en una aldea alejada de Japón me hacía feliz ahora que ya peinaba canas. Me fui porque tenía sed de mundo, sed de ser como Gael, alma libre y llena de sabiduría vital. Ahora creando bonsais, aquella grandeza me parece un chiste.

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