Con la que está cayendo, por doquier se sabe más que suficiente que en pocos días se presenta un cambio político en España, como son unas elecciones. Una cosa como tal conlleva muchos cánticos. De antemano ya son muchos los medios de comunicación –de intereses diversos– que vociferan el electoralismo de los partidos políticos, y que, desde hace meses, vienen estando, como dicen, en campaña política. Pero ¿qué es realmente una campaña política? ¿Qué la justifica? ¿Cuál es la utilidad pragmática de ésta?  Una cuestión tan compleja como ella, para bien o para mal, se convierte en el pan nuestro de cada día, máxime cuando los medios de masas tratan el tema a diario incluso hasta la saciedad. A decir verdad, la propaganda política engloba varias estrategias para llevarla a cabo, especialmente la imagen que ha demostrar el personaje político en cuestión, su puesta en escena en un mitin o la oratoria que ha de manejar. Por eso, ¿hasta qué punto una campaña política puede suponer la captación de unos votantes? Precisamente, eso es, lo que a toda costa entra en los objetivos primordiales de las diferentes formaciones políticas, tanto las que son conocidas a escala mediática, como las que, en menor media, la gente sabe de ellas, o casi muy pocas personas, por influencia de los medios supongamos conocen sobremanera; porque claro está que en las próximas elecciones no sólo concurren cinco partidos, cuyos nombres oímos todos los días hasta las trancas y más… –lo que algunos analistas llaman pentapartidismo– sino que son muchos más de lo que la ciudadanía se piensa.

De cara a unas próximas elecciones se aprovecha para ensalzar los valores y principios democráticos; los mismos que durante el resto de la legislatura se vulneran por parte de los partidos políticos que hacen a su antojo cuanto les entra en gana.  Y no hay más que constatar lo que en los últimos cuatro años han hecho la derecha y la izquierda. Asumo que a estas alturas la gente está empachada de tanta crónica política, porque no hay día, medio de comunicación o ámbito cotidiano donde la dichosa política no esté presente; incluso en detrimento de quienes entienden y se dedican a las Ciencias Políticas o por la ciudadanía en sí misma. Pero también se pasa de inadvertido que, a través de la política, se explica la evolución de los pueblos, su modo de vida, su manifestación cívica y moral. De ahí viene la polis vocablo griego que cualquiera que haya estudiado Humanidades sabe su significado. Por otra parte, también es abrumador cuando la política inunda las universidades, los sectores culturales y espacios de la enseñanza. Sin embargo, éstos deberían no dejarse imbuir por los propósitos políticos de los dirigentes: tanto las universidades –públicas y privadas– cometen el error de sumarse al festival político. Aunque quizá resulte interesante, para muchos, escuchar una conferencia de un diputado o diputada en una universidad, siempre y cuando esa conferencia se haga imparcialmente, en la que el diputado o diputada no hable tanto de sí mismo como de su partido; y rara vez eso suele pasar. Primero deben interesar las personas y después sus ideas y, en última instancia si acaso, las convicciones de ésta.  Pero desafortunadamente no sucede así, ya que, en nuestra sociedad, prevalecen las ideologías antes que el valor de las personas. Por lo cual aparecen luego discrepancias, conflictos, divisiones y altercados de toda índole.

Y como es obvio una persona se moldea como tal en virtud de una moral, de unos principios cívicos, sociológicos, actitudinales, identitarios, religiosos, culturales, etc. Precisamente por esa razón la política refleja todo lo que somos. Y lo esencial, en estos días, es poner de manifiesto  nuestros valores, nuestros principios morales y educativos para demostrar, o hacerle entender, a los distintos sectores políticos, que la ciudadanía no es títere de nadie, pero eso queda en agua de borrajas. De cara a unas elecciones es cuando más hay que demostrar el tipo de educación y de moralidad que tenemos los ciudadanos para cantarle las cuarenta a los líderes políticos. Si hay que darle un escarmiento a éstos, con más razón debe de hacerse en unas elecciones porque, ante todo, el voto es un derecho reconocido pero también es una responsabilidad. Una responsabilidad que tiene, a corto o largo plazo, consecuencias que, en el momento de depositarlo en la urna, la gente no es consciente de ello. ¿Para qué tanto tiempo en el sistema educativo si luego no sabemos el papel que nos ocupa como ciudadanos de cara a unas elecciones? ¿De qué nos sirve lo aprendido a lo largo de nuestra vida, tantas experiencias acumuladas, tantas certezas descubiertas como desilusiones, victorias y fracasos adquiridos si luego no somos capaces de votar con el adecuado razonamiento que se merece un pueblo? Ante las urnas hay que demostrar el tipo de educación que tenemos la ciudadanía más que la confianza o los ideales que inclinamos por un partido.  Y la razón es muy simple, que un pueblo culto es la base de toda democracia –en la que creo y defiendo– no como sistema de gobierno sino como modelo de convivencia. Cuando digo que en las urnas hay que demostrar la educación que tenemos es para cambiar el sistema de abajo a arriba, para castigar o premiar a las formaciones políticas, para darles a entender que no nos dejamos manipular, que no somos bobos ni manipulables. Por supuesto, también  para demostrarnos como país que no somos mediocre, que no nos tiramos piedras a nuestro propio tejado, y que sabemos elegir a nuestros gobernantes. Porque sucede lamentablemente en España, que determinados políticos –evito generalizar ya que no todos son iguales– han sido investigados por presunto fraude fiscal, malversación de fondos, adjudicaciones fraudulentas, y tras ello se han presentado a unas elecciones y, para colmo, han salido victoriosos. Ante hechos así, me pregunto si tenemos la educación, el nivel cultural, cívico y la moral suficientes, para ser llamados a las urnas y ser aptos para el voto. Pero una vez más, como ya he dicho, acaban importando más las ideas antes que las personas. Y por eso tenemos lo que nos merecemos.

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