De un día para el otro, Florencia se volvió adicta al dolor. Una noche sintió la pulsión y lo que parecía imposible se hizo real: le pidió a un extraño que la golpeara para hacer del sufrimiento y del placer una misma cosa. La semana siguiente quiso volver a ver a aquel extraño, pero no lo encontró. No le importaba, para ella era fácil encontrar a otros que pudieran satisfacer sus demandas. Ella los buscaba, se les entregaba y se hacía ultrajar.

Las experiencias escalaron hasta llegar a la tortura extrema. Aun así, Florencia tenía miedo y cuando pensaba en sus nuevos hábitos sentía repulsión. En el fondo hubiese querido parar pero no podía, algo dentro de sí intensificaba el deseo.

Dos meses después, cuando apenas podía reconocerse en el espejo, sintió la necesidad de compartir sus experiencias. Jazmín, su mejor amiga, al abrirle la puerta se horrorizó: Florencia tenía el cuerpo cubierto de cicatrices y el rostro desfigurado. Al ver la expresión de su amiga, Florencia se largó a llorar.

‒No puedo parar, estoy enferma. Empezó como una curiosidad y ahora lo necesito. Anteayer me vestí como una puta y me metí en una villa. Me violaron entre tres, se turnaban y me hicieron cosas que ni te imaginás. Uno me cortaba con un cuchillo mientras el otro me metía algo metálico. Pasé la noche en la guardia. Tengo miedo porque me encanta, cuando me queman o me cortan cada vez siento más placer. Es la cuarta vez que voy a ese barrio. Estoy mal, ayudame. Si sigo así me van a matar.

Jazmín la abrazó y lloraron juntas.

‒Ay Flor, ¿qué te pasó?- dijo Jazmín- Vos no eras así. Del grupo eras la más tranquila y ahora mirate. ¿Le contaste a tus viejos?

Florencia se puso pálida.

‒No, no puedo, me da vergüenza. Y vos por favor no les digas nada…

‒Tenés que hacer algo. Pedir un tiempo en el trabajo, internarte, no sé…

De pronto Florencia, dominada por un impulso, dijo:

‒Tengo que irme, perdoná…

Luego de haber caminado unas veinte cuadras entró en una confitería y eligió una mesa, estaba cansada, llevaba días sin dormir. Unos minutos más tarde, un hombre con la cara consumida, la ropa cubierta de mugre y los dientes desechos se sentó frente a ella, que  levantó la cabeza y lo miró sin ninguna expresión. Él dijo:

‒No sabía que había otros por acá. Ya ni siquiera me acuerdo de cuándo fue la última vez… Pasó mucho tiempo. Igual, fue fácil encontrarte, mientras viajaba sentí tu energía.

‒Yo sentí lo mismo, por eso mantuve despierta a Florencia varios días, se cansó tanto que ahora duerme.

‒Este que ves se llama Miguel y es de lo más útil, muy fácil de manejar. Meterles una idea suele ser complicado, y más provocar una acción, pero con él es distinto, puedo tener control sobre su cuerpo, nunca me había pasado. Igual a veces se resiste, es cuestión de aprovechar cuando se distrae.

‒Florencia es más difícil, desde hace seis meses que trato de alterarle los pensamientos pero nada. Por suerte encontré el deseo.

‒¿Pudiste influenciarla?

‒Algo así: uso el placer para manejar su razonamiento. Es agotador, me requiere mucho foco. Tengo que aprovechar cuando está dormida y cansada. Por ahora ahora puedo hacerla hablar, a eso llego, para algo más complicado necesitaría una energía que no tengo. Igual no podría hacer algo más sin despertarla.

‒Yo con este no tengo problema, creo que es por el deterioro orgánico, mirá como está, en pésimas condiciones, por eso lo miran con asco. Lo malo es que a veces cuando lo muevo se traba.

‒¿Qué le pasó?

‒Consume algo que llaman paco, creo que desde los cinco años. Es lo único que pude averiguar, tiene la memoria arruinada.

‒Interesante. A la mía la volví adicta pero no a una sustancia, a una sensación. Le agarró el gusto… y creo que un poco yo también, siempre me resultó estimulante. Nunca había logrado que un recipiente llegara a tanto. La otra noche casi la matan.

‒Entonces dentro de poco te vas a pasar a otro. Digo, si se expone a situaciones peligrosas…

‒Sí, no creo que esta me dure mucho. Una pena porque me encanta. El anterior era aburridísimo, trabajaba en un satélite chino cerca de Marte. Le sugerí algunas ideas pero apenas lo pude influenciar. Todavía no nació, y si supiera lo que le espera preferiría no nacer. Y el anterior peor: le entré cuando él tenía setenta. Me puse a ver como hacía para que se matara, probé generarle depresión.

‒¿Y?

‒Y sí, se puso triste pero de suicidio nada, le faltaba voluntad. Se murió recién a los ochenta y cuatro.

‒¿Dónde fue eso?

‒En Hungría, en los cincuenta.

‒Lo mejor que me pasó hasta ahora fue en la caída del imperio Romano. Al recipiente, un bárbaro germano, le encantaba matar campesinos en aldeas y violar a las mujeres, hasta a los hombres se violaba.

‒¿Sentía placer?

‒Sí, pero no sexual, lo que lo estimulaba era el poder. Pasa que el poder es una droga, es como un baile perfecto, y de a poco hice que aquel hombre disfrutara torturar a otros. Me encantaba ver el miedo en los ojos de las víctimas. A algunos los encerraba durante meses y los torturaba hasta que deseaban morir. Reventarles la cabeza no tenía gracia. Una pena que durara poco, pero en ese momento la esperanza de vida no era muy alta.

Uno de los mozos de la confitería, al que sus colegas llamaban Quique, los miraba con repulsión. ¿Qué carajo hacen este villero y esa puta?, pensaba, van a asustar a los clientes. El olor de Miguel era asqueroso, y su aspecto de lo más desagradable; Florencia, por su parte, rozaba lo grotesco y generaba una mezcla de rechazo y lástima. Quique fue a buscar al dueño del local.

‒Disculpá, Carlitos, en una mesa hay un negro y una puta. Para mí que están mal de la cabeza porque ni siquiera hablan, solo hacen sonidos raros. Parecen dos retrasados mentales.

‒Rajalos, y si no quieren llamá a la policía… Negros de mierda, este país está cada vez peor.

Quique asintió y de inmediato fue a la mesa donde estaban los indeseables, que mantenían su diálogo:

‒A mí no me entusiasma eso de tener poder sobre los demás, más bien me aburre. Supongo que me estimula más lo interno que lo de afuera…

‒Sobre gustos no hay nada escrito.

Quique se acercó a la mesa y muy serio dijo:

‒Disculpen, pero van a tener que retirarse.

Con eso Florencia volvió en sí, y al ver cómo Miguel la miraba con una mueca sádica, se levantó y salió corriendo. A Miguel les causó gracia la reacción y mientras la chica huía trató de comprender dónde estaba. Quique insistió:

‒Che, negro de mierda, ¿no me escuchaste?

De pronto, un Miguel desorientado se levantó con dificultad y se abalanzó sobre Quique pero Carlitos, que se había acercado por detrás, lo sujetó con fuerza para luego arrojarlo a la calle. Miguel se retorció en el piso unos minutos hasta que se incorporó. Comenzó a caminar en forma desarticulada mientras los transeúntes se apartaban a su paso.

Unas horas más tardé entró a una vivienda precaria. Al ver el interior del lugar sus pupilas se dilataron y sonrió con crudeza para luego sentarse en una silla a descansar. Poco después un estruendo interrumpió la calma: alguien forzaba la entrada. Dos personas derribaron la puerta, y se encontraron con una escena horrorosa: había dos niños desnudos, encadenados a una cañería y con el cuerpo cubierto de quemaduras de cigarrillo. Uno de los hombres le apuntó a Miguel con un arma.

‒¡Degenerado, hijo de puta!

Entonces apretó el gatillo, y antes de que muriera una voz en su interior alcanzó a decirle: «lo bueno dura poco».

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