La palabra ‘burbuja’ suele asociarse a varios significados estos días, ya se hable de sistemas hiperinflados por encima de sus posibilidades o pequeños reductos de realidad cuyos opacos confines rara vez permiten ver el aislamiento de quien vive dentro. En el mundo de la autoedición se dan ambos.

Mis lamentables pinitos en el mundo de la autoedición, en sentido puramente escatológico y orientado al compost, me permitieron meter la cabeza en un estrecho mundo de libros con faltas de ortografía que hacían gala de portadas de dudosa calidad a un tiro de piedra del Comic Sans. Esto es lo que pasa cuando decenas de escritores autoeditados se encuentran en la vida.

burbuja escritores autoeditados

Te sigo si me sigues

Sin saber muy bien por qué, cuando en 2014 publiqué mi primer libro autoeditado una nube de escritores a los que presuponía más éxito que yo empezaron a llamar a mi puerta. Se podía decir que nos rascábamos la espalda unos a otros. Molaba, daban calorcito. Hoy el ambiente está enrarecido y me costó tiempo entender el mecanismo de endogamia que reina en esta burbuja.

Me fui todo lo deprisa que pude antes de entender la oportunidad de oro que podría haber supuesto quedarme y alabar el trabajo mal acabado de mis compañeros, casi tan cutre como el mío propio. De tanto en tanto veo alguno en conferencias y eventos sobre libros, casi siempre con el mismo discurso de positivismo que recuerda las estafas piramidales y el coaching.

Una vez un amigo me dijo que solo los coach compran libros de otros coach, una sobresimplificación que escondía la dolorosa y media verdad de un mundo construido sobre una base de burbujas de ilusión infladas. Pocos aguantan más de unos años. Recuerdo que escribir y maquetar un libro era por aquella época una tarea titánica, y pronto descubrí la importancia de las editoriales.

Te cambio cinco estrellas por cinco estrellas

Mis pequeños pasos y fugaz éxito pasajero me dieron pie a conocer a grandes del marketing como Carlos Bravo, quien me facilitó un pequeño espacio en Quondos para “dar alguna clave para los escritores que estén empezando”. Terminó siendo la guía en español más completa para publicar un libro en Amazon, hoy del todo desfasada debido al cambio de herramientas. Ni la leais.

El libro que surgió de aquella guía, aún más grande, tampoco sirve para nada hoy día. Sí, me boicoteo, pero comprarlo no tiene sentido. Hace tiempo que CreateSpace, de Amazon, fue absorbido por la herramienta KDP haciendo inútil buena parte del contenido sobre maquetación y configuración de la guía y libro. Más o menos a esa altura del cuento empecé a desencantarme con el medio centenar de escritores que se habían juntado en redes sociales.

Casi desde el principio de mi relación con buena parte de esta tribu digital se había formado un contrato no escrito en el que se estipulaba que otro escritor hablaría bien de tu libro si tú hablabas bien del libro de ese otro tipo. Recibí bastantes comentarios positivos en redes, aunque empezaron a menguar cuando no fueron simétricamente respondidos.

Hubo un momento en que el descaro me devolvió de una hostia a la realidad cuando una escritora me pidió una reseña de cinco estrellas porque ella me había puesto otras tantas. La burbuja se había enfriado y empezaba a agrietarse. Aún hoy recibo propuestas similares vía Twitter y email que contesto con toda la educación que permite un corte de mangas. Aclaro por si quedan dudas: las reviews no se intercambian.

La periferia de la autoedición

Si dejas de seguir, te dejan de seguir. Si no valoras con cinco estrellas, sus valoraciones desaparecen. De unos años a esta parte he vivido en lo que llamo “la periferia de la autoedición”, un espacio justo en la intersección entre su burbuja y la realidad. Cuando de tanto en tanto asomo la cabeza a esta realidad paralela aún llega algo de calor de la maquinaria funcionando a plena potencia.

No es un calor residual ni apagado, y me imagino que los autores senior siguen usando a los nuevos como material de alto poder calorífico que quemar y mantener el horno en marcha. La pirámide es difícil de ver desde fuera, y uno ha de haber crecido dentro para observar cómo estas relaciones de codependencia de las que unos pocos acaban por sacar rédito.

Pese a todo no todo el espacio de esta burbuja está repleto de excremento a punto de ser incinerado. De las decenas de autores con las que he convivido durante estos años puedo destacar a tres de ellos como gente que sabe lo que hace, lo hace bien y no debe nada a nadie. Y como lo de arriba puede herir sensibilidades, aquí un breve disclaimer:

Alguno ha logrado libros con una originalidad de las que ya quisieran las editoriales mayores (L. J. Salart y su ‘Proyecto Marte’), una cultura de trabajo continuo y aporte de valor continuo (Cris Mandarica y ‘Detrás de la pistola’) o una acidez que considero imprescindible a la hora de fundir la burbuja (Isaac Belmar con ‘Hoja en blanco’).

Imágenes | Andre Benz

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