Existe una modalidad de trabajo que ha ganado terreno entre los jóvenes. Se vende como trabajo independiente y hasta como la posibilidad de obtener el santo grial de la modernidad: la independencia financiera. En realidad se trata de empleo precario.

Me refiero a las llamadas empresas multinivel, tales como Herbalife, OmniLife, Amway y tantas otras. En las últimas décadas han aparecido como hongos bajo la lluvia. Desde los tradicionales batidos nutricionales hasta las más irrisorias inversiones financieras estas empresas se caracterizan por una enorme fuerza de venta integrada por trabajadores independientes.

El secreto del éxito poco tiene que ver con su estructura financiera. Mas bien se centra en la fidelización de la fuerza de venta. La cultura corporativa nunca alcanzó niveles tan eficaces de manipulación.

Vender es la clave de cualquier negocio. No importa que tan bueno sea un producto o un servicio, sin venta no hay ganancia y a la hora de vender, ¿qué mejor que un trabajador que esté dispuesto a inmolarse por la compañía? Ese es el secreto del éxito, convertir a las personas en fieles seguidores de una causa.

Esto no fue un invento del sector privado: los gobiernos y los movimientos políticos lo hacen desde hace siglos con mucha eficiencia. Y no sólo se utiliza a nivel político: las religiones, los cultos y las sectas también lo aplican.

Estas técnicas fueron estudiadas por la psicología social durante la década de 1960. En aquel entonces se intentaba comprender lo que había sucedido en Alemania durante el régimen nazi. Se pretendía explicar cómo habían hecho para adoctrinar a millones de personas al punto tal de hacerlos cómplices de un genocidio atroz.

Fue así como las técnicas y procesos fueron esquematizados hasta convertirse en modelos replicables. Así llegaron al sector privado donde se usaron para aumentar la productividad del trabajo y para bajar los costos laborales. Las empresas multinivel son el ejemplo extremo de cómo aplicar los principios de la psicología social para lucrar.

La idea es ganar dinero, nadie lo duda, pero como nadie se inmolaría por una causa tan superficial fue necesario crear un propósito trascendental para llegar al alma humana.

Imagine que se les dice a los soldados: “vamos a pelear esta guerra para que unas cuantas empresas puedan apoderase de todo el petróleo de aquel país”. Claramente muy pocas personas se alistarán en el ejército. En cambio, imagínese que se les dice algo como: “vamos a pelear para defender nuestra libertad y para liberar a un pueblo oprimido”. Eso es distinto. Por esa causa muchas personas idealistas estarían dispuestas a dar sus vidas. ¿El motivo?  Sus tristes y vacías vidas tendrán significado.

De eso se trata todo esto, de llenar con una causa noble el vacío existencial que sienten las personas. Hoy en día es mucho más fácil porque vivimos en la era del consumismo y de la relaciones líquidas. Tenemos una generación que carga con un enorme vacío existencial. Por ello es más fácil venderles productos, ideas y causas: tomarán cualquier cosa con tal de sentirse llenos.

Al mismo tiempo es la respuesta al problema de los millennials en la fuerza laboral. Ellos quieren tener un trabajo con un propósito trascendental, quieren libertad, quieren ser sus propios dueños, quieren ser amos de sus destinos, quieren tener la preciada libertad financiera, quieren emprender un proyecto que tenga significado y que cambie el mundo.

Las empresas multinivel les dieron lo que buscaban. Bueno, no exactamente, pero eso fue lo que les vendieron. Por eso la mayoría de la fuerza de venta de estas empresas está integrada por jóvenes de entre 18 a 30 años. Las compañías averiguaron las necesidades de esta generación huérfana y les vendieron espejos de colores. Así se hace una venta: «calma un dolor, satisface una necesidad y ofrece un beneficio». De manual.

Les dicen que son emprendedores y les hablan de la posibilidad de ser líderes de equipos, les dicen que no están vendiendo productos sino que ayudan a otros a alcanzar su independencia financiera, les dicen que son parte de un proyecto que hace al mundo un lugar mejor.

Por eso ahora hay una legión de jóvenes que te contactan por las redes sociales para ofrecerte armar un negocio. “Soy una emprendedor como tú” les dicen a otros jóvenes para luego proponerles trabajar juntos en un «proyecto».

Suelen reclutar en grupos de emprendedores y de desarrollo personal. Allí encuentran victimas fáciles: personas de clase baja y de autoestimas rotas que buscan hacer algo con sus míseras vidas, personas que quieren armar un proyecto que les dé sentido a sus existencias. Les dicen que buscan personas emprendedoras, personas que quieran ser la mejor versión de sí mismos. Les dicen que tienen una idea genial, que se podrán convertir en importantes líderes. La idea es tentadora y viene de alguien que los entiende, alguien como ellos.

Para la empresa es un negocio redondo: hace que los clientes vendan por ella y que consigan nuevos clientes que, a su vez, venden más y consiguen nuevos reclutas para la causa. En el fondo son eso, clientes que venden ideas idílicas: libertad, independencia, liderazgo, emprendimientos, proyectos, propósito.

En realidad se trata de trabajadores precarios que ni siquiera ganan un sueldo mínimo. El costo laboral para la empresa es cero. Al igual que los esclavos de la antigua Grecia, los Ilotas, el vendedor no cuestiona su rol porque no se ve a sí mismo como tal sino como algo más, cree que que es parte de un proyecto mundial que ayuda a los demás. La mejor forma de someter a alguien es hacer que esa persona entregue su libertad por su propia voluntad. La historia del mundo se repite.

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