William Henry Ireland en 1798 (Fuente).

En la primavera de 1795, un desfile de académicos e intelectuales londinenses visitaron la casa de un anticuario llamado Samuel Ireland. Habían venido a ver unos papeles que el hijo de 19 años de Samuel, William-Henry, dijo haber encontrado mientras rebuscaba en un viejo baúl. Se trataba de unos garabatos en tinta descolorida y papel amarillento, que incluían letras, poesía y otras composiciones aparentemente escritas y firmadas por William Shakespeare. Hasta el momento, nada se conocía escrito por el puño y letra del Bardo, salvo cuatro firmas en documentos legales. Lo más asombroso de todo es que en los papeles había obras desconocidas de Shakespeare.

Uno de los visitantes era nada más y nada menos que James Boswell, el célebre biógrafo de Samuel Johnson. Sentado en el estudio de Ireland, el corpulento Boswell sostuvo los distintos papeles a la luz de la lámpara, entrecerrando los ojos y estudiando la caligrafía durante largos minutos. En varias ocasiones, recordaría William-Henry, interrumpió su escrutinio para beber brandy. Finalmente, colocó los documentos sobre la mesa, se agachó haciendo una genuflexión y besó la página superior. «Ahora puedo morir contento», suspiró, «ya que he vivido para ver el día de hoy». Murió tres meses después a los 54 años, suponemos que contento.

Lo que el pobre Boswell nunca llegó a saber es que el descubrimiento formaba parte de la estratagema de un joven para ganarse el respeto de un padre frío y adorador de Shakespeare. En un alarde de atrevimiento William-Henry osó a falsificar toda clase de producciones shakesperianas, desde poemas hasta dibujos, e incluso se atrevió con una obra mucho más larga que la mayor parte de las obras del propio Shakespeare. Lo más sorprendente de todo es que a pesar de que las falsificaciones fueron hechas de forma apresurada, la mayor parte de las personas que las examinaron no se percataron de sus fallos. Francis Webb, secretario del College of Heralds, una organización conocida por su experiencia en documentos antiguos, declaró que la obra descubierta era obviamente de William Shakespeare. «O viene de su pluma o del cielo», declaró.

William Shakespeare (Fuente).

William-Henry Ireland soñaba con ser actor, poeta o quizás dramaturgo, pero no era buen estudiante. Incluso sus padres lo consideraron todo un zoquete. Su padre, escritor, grabador y coleccionista, llegó a insinuar que no era su hijo. Y su madre ni siquiera llegó a reconocerse como tal. Al ser la amante de Samuel crió a William-Henry y a sus dos hermanas como si fuera el ama de llaves, la señora Freeman. Samuel buscó para su hijo un trabajo fácil, como aprendiz de abogado de un amigo cuya oficina estaba cerca de la casa de los Irelands, en la calle Norfolk, en el Strand. Allí pasó William-Henry sus días, rodeado de documentos legales de varios siglos de antigüedad, que de vez en cuando consultaba.

La casa de los Irelands era un verdadero gabinete de curiosidades, fruto de la obsesión de Samuel por atesorar antigüedades. En sus paredes había desde pinturas de Hogarth o de Van Dyck hasta libros raros, pasando por un pedazo del sudario de una momia o una copa con adornos plateados tallada en la madera de un árbol de moras que se decía que Shakespeare había plantado en Stratford-upon-Avon. En 1832 William-Henry recordaría: «Era frecuente que mi padre declarara que poseía un vestigio único de la escritura del poeta, que se consideraba una joya más allá de todo precio».

No se sabe exactamente cuándo se planteó por primera vez William-Henry falsificar la obra de Shakespeare. Aunque soñaba con ser escritor no llegó a componer más allá de un puñado de poemas. Poco antes de la navidad de 1794 decidió probar suerte con algo nuevo. Había visto un facsímil de la temblorosa firma de Shakespeare en uno de los libros de su padre. En secreto, se llevó el libro hasta su oficina, donde practicó la firma hasta que pudo copiarla con los ojos cerrados. A continuación cogió un trozo de pergamino blanco que cortó de un rollo antiguo y tinta diluida en químicos, oscureció la tinta sosteniendo el pergamino cerca de una llama, trazó la falsificación y le agregó sellos de cera que había cortado de un viejo documento de la oficina.

Samuel Ireland (Fuente).

Unas cuantas noches después, tras la cena, William-Henry fue a ver a su padre y al entregarle la falsificación le dijo: «¿Qué le parece?». Samuel desplegó el pergamino y lo examinó en silencio durante varios minutos, prestando especial atención a los sellos. Por fin, dijo: «Ciertamente creo que es verdadero». Si el coleccionista albergaba algunas dudas todavía, no tardó en disiparlas cuando a la mañana siguiente le mostró el pergamino a un amigo, Sir Frederick Eden, experto en sellos antiguos. Eden no solo declaró que la escritura era auténtica, sino que identificó la imagen estampada en el sello, justo debajo de la firma de Shakespeare. El contorno indistinto en forma de T en la cera era un signo medieval llamado quintain, explicó Eden. Los dos hombres estaban entusiasmados por su descubrimiento. ¿Cómo no iba a ser auténtica la firma del Bardo si el documento estaba sellado con su emblema?

Rápidamente se corrió la voz del descubrimiento y pequeños grupos de amigos y coleccionistas de Samuel Ireland se comenzaron a reunir en el salón de su casa por las noches para discutirlo. Así descubrió William-Henry que las personas tienden a ver lo que quieren, que todo lo que tiene que hacer un falsificador es sugerir una historia plausible y sus víctimas se encargan de rellenan los detalles.

William-Henry dijo que había encontrado los documentos rebuscando en un viejo baúl que pertenecía a un tal Sr. H., un rico caballero amigo que deseaba permanecer en el anonimato, y que al no tener interés en los documentos antiguos y le invitó a que se quedara con lo que quisiera. Muchas personas le dijeron al joven que donde había encontrado los primeros documentos, probablemente hubiera muchos más. Su propio padre le pidió que hiciera más descubrimientos y en alguna ocasión llegó a tacharlo de idiota por dejar pasar la oportunidad de hacerlo, así que para tenerlo contento William-Henry le prometió nuevos tesoros. Cortando hojas de libros antiguos para tener papel suficiente, produjo toda clase de falsificaciones: contratos con actores, cartas de y hacia Shakespeare, incluso un poema de amor para la novia del Bardo, Anne Hathaway, con un mechón de pelo incluido. Para tener el manuscrito de una obra conocida, el joven falsificador simplemente transcribiría la versión impresa a mano, y ¡voilà!, ¡el original perdido hace mucho tiempo! Así, no tardó en presentarle a su padre un primer borrador completo del Rey Lear y un fragmento de Hamlet. No las copiaba palabra a palabra sino que omitía algunas líneas y agregaba pasajes breves de su propia cosecha.

Firma falsificada de Shakespeare (Fuente).

También los hubo que dudaron de la autenticidad de los descubrimientos de William-Henry, porque en aquella época estaba de moda reescribir a Shakespeare con cambios drásticos. De hecho, ese mismo año se representó en el Theatre Roya,l en Drury Lane, una versión del Rey Lear con final feliz: Cordelia se casaba con Edgar, y Lear, Gloucester y Kent sobrevivían.

William-Henry se dio cuenta de que cuanto más increíble era la falsificación más pasión despertaba. Su empresa más audaz fue la de una obra desconocida a puño y letra de Shakespeare, que decía haber descubierto en el baúl del Sr. H. Se atrevió incluso a comunicarle el hallazgo a su padre antes siquiera de haber escrito una sola línea, y como Samuel se impacientara William-Henry le entregó un par de escenas que le dio tiempo a escribir. La obra trataba sobre un guerrero del siglo V llamado Vortigern, que llegó a ser rey y se enamoró de una joven llamada Rowena. Al igual que Shakespeare, William-Henry se basó en las Crónicas de Holinshed, una copia de la que tomó prestada del estudio de su padre. El joven escribió la obra en un papel corriente con su propia letra, explicando que era una transcripción de lo que Shakespeare había escrito. El supuesto documento original lo falsificó más tarde, cuando tuvo tiempo de transcribirlo en papel antiguo y con caligrafía cuidada. La nueva obra era un pastiche de personajes y escenas sacadas del repertorio de Shakespeare y no aportaba nada nuevo. Estaba entrecortada y a veces era confusa, con un ritmo irregular y un lenguaje trillado, pero para los que pensaban que la habían descubierto se trataba de una obra maestra. Para justificar que Shakespeare hubiera mantenida oculta la obra falsificó una carta en la que el dramaturgo la consideraba como su mejor pieza y donde insinuaba que prefería mantenerla en secreto porque su impresor no estaba dispuesto a pagarle lo que valía.

Norfolk Street pronto se convirtió en un lugar de peregrinación para los amantes de Shakespeare; Samuel se vio obligado a limitar las horas de visita a los lunes, los miércoles y los viernes, a una hora en concreto. Francis Webb, del College of Heralds, escribió a un amigo: «Estos papeles llevan no solo la firma de su mano, sino también el sello de su alma y su genio». James Boaden, crítico y editor del diario londinense The Oracle, estaba igualmente seguro. Richard Brinsley Sheridan no estaba tan seguro, pero el dramaturgo y el empresario teatral necesitaba un éxito. A pesar de que Sheridan, que era un jugador y se había endeudado a causa de las apuestas, no era un gran admirador de Shakespeare, sabía que un estreno llenaría su teatro, Drury Lane, así que en la primavera de 1795, llegó a la casa de los Ireland para ver la obra de Vortigern. Sentado en el estudio, leyó unas cuantas páginas y luego se detuvo en un pasaje que le pareció poco poético y torpe. «Ciertamente hay algunas ideas audaces, pero están crudas y no parecen haber sido digeridas. Es muy extraño: uno podría pensar que Shakespeare debía haber sido muy joven cuando escribió la obra». Sheridan no creía que Vortigern fuera muy buena, pero decidió estrenarla el siguiente abril.

William-Henry era consciente de que cuantos más visitantes tuvieran era más probable que alguien sospechara de las falsificaciones. Particularmente nervioso estaba por la visita del conocido crítico Joseph Ritson. Después de estudiar los documentos, Ritson le escribió a un amigo que eran «falsificaciones hábilmente trazadas para engañar al público». Consideró que eran producto de «alguna persona de genio y talento», no de los Ireland, pero mantuvo su veredicto en secreto, porque su credibilidad habría quedado en entredicho si finalmente la obra sí resultaba ser de Shakespeare. Aún así, la prensa se hizo eco de los rumores que ponían en duda la autenticidad de los documentos. Un grupo de creyentes, entre los que estaba Boswell, elaboró una especie de certificado de autenticidad, en el que se declaraba que no había ninguna duda sobre su validez.

Mientras tanto Samuel insistía a su hijo para que le presentara al Sr. H. Este se excusó afirmando que el Sr. H. prefería permanecer en el anonimato para que los seguidores de Shakespeare no lo acosaran con preguntas. Sin embargo, finalmente comenzaron una relación por correspondencia, en la que el Sr. H. no dejaba de alabar al joven William-Henry ‒Samuel no reconoció la letra, estilizada, de su propio hijo‒.

Samuel anunció que pensaba publicar un volumen con los documentos de encontrados Shakespeare en facsímil. El precio sería de cuatro guineas, sobre lo que ganaba un trabajador en dos meses. William-Henry se opuso, alegando que el Sr. H. no había dado su permiso. Aunque tuvieran muchas visitas, hasta ese momento William-Henry tenía más o menos control sobre quién accedía a las falsificaciones, pero si los documentos fueran publicados llegarían al alcance de todo el mundo, y era más probable que alguien señalara que no eran auténticos. En un primer momento estaba dispuesto a confesar su engaño antes de permitir que los papeles se publicaran, pero al ver el éxito que tenían sus escritos al final llegó a creerse el verdadero heredero literario de Shakespeare.

Edmond Malone (Fuente).

Su padre publicó los papeles de Shakespeare en la víspera de la navidad de 1795. Edmond Malone, editor de las obras completas de Shakespeare, no tardó en declararlo un «fraude torpe y audaz», plagado de errores y contradicciones. Además, era absudamente improbable que tantos documentos tan dispares terminaran en el mismo baúl mágico. No sabía quién los había falsificado, pero no tenía dudas de que alguien lo había hecho. Para causar un mayor efecto, Malone publicó su teoría dos días antes del estreno de Vortigern, el 31 de marzo de 1976. Sin embargo, no consiguió toda la repercusión que esperaba, porque sus argumentos eran demasiado pedantes y elitistas. A William-Henry en lugar de molestarse la situación le pareció cómico que alguien tuviera que usar más de cuatrocientas páginas para argumentar algo que era evidente de un solo vistazo.

A pesar de las palabras de Malone, el público seguía impaciente por ver Vortigern. Incluso John Philip Kemble, el actor que interpretaría al protagonista, dudó de la autenticidad de la obra mientras ensayaba, pero Sheridan sugirió que dejara que la audiencia decidiera por sí misma. El sábado 2 de abril de 1796 se estrenó, con un lleno absoluto del Drury Lane. Los dos primeros actos fueron bastante bien, con el jaleo propio de la época. Las referencias eran evidentes: Macbeth, Hamlet, Julio César y Ricardo III. El primer indicio de desastre llegó en el tercer acto, cuando uno de los actores, tal vez escéptico, exageró sus líneas y acabó riéndose. También hubo risas y silbidos en algunas de las intervenciones de Kemble. Cuando el telón bajó había aplausos entusiastas, pero también abucheos prolongados. Cuando, terminada la obra, se anunció que la representación se repetiría el siguiente lunes por la noche hubo una lucha en el público entre los que creían y los que no creían que aquella obra fuera de Shakespeare. Después de veinte minutos el alboroto solo se acalló cuando Kemble subió al escenario y anunció que sería otra la obra que se representaría.

Las críticas que comenzaron a aparecer en los periódicos ese mismo lunes fueron demoledoras. Siguiendo el ejemplo de Malone, los críticos calificaron Vortigern de tontería. Para su propia sorpresa, William-Henry se sintió aliviado por el fiasco. Su prolongado subterfugio lo había reducido a un estado de agotamiento amargo. Después del juicio de la audiencia, William-Henry escribió: «Me fui a la cama, más tranquilo de lo que había estado en mucho tiempo, ya que me quité el peso que me oprimía». Ahora bien, el debate sobre la autenticidad de los documentos de Shakespeare duró varios meses más, hasta que William-Henry confesó, ante el asombro de muchos, que él mismo los había escrito.

Incapaz de enfrentarse a su padre, primero se le dijo a sus hermanas, después a su madre y, en última instancia, a un amigo anticuario de su padre. Cuando se lo dijeron a Samuel, este se negaba a creer que su hijo, de mente simple, fuera capaz de tal logro literario. William-Henry, enfurecido por esta reacción, se fue de casa de su padre y mandó una carta a su padre en el que le desafiaba a encontrar a alguien que le hubiera ayudado a tramar el engaño.

Samuel Ireland murió cuatro años después, sosteniendo que los papeles de Shakespeare eran auténticos. William-Henry sobrevivir vendiendo copias manuscritas de ellos. Se le consideraba menor cuando cometió su engaño literario y como no había obtenido grandes beneficios nunca se le llevó a juicio. Ingenuo, había esperado elogios por su brillantez una vez revelada su autoría, pero en su lugar fue ridiculizado. Un escritor incluso pidió que lo colgaran. William-Henry atribuyó la rabia de los que le criticaban a la vergüenza, por haber sido engañados por un niño. Nunca se mostró arrepentido por haber hecho lo que hizo, sino más bien al contrario, sentía orgullo. ¿Cuántos jóvenes ingleses habían conocido la emoción de ser comparados con un dios?

Ya como adulto, William-Henry escribió varios libros de poesía y algunas novelas góticas, algunas publicadas y otras no. Gracias a la fama que había ganado con su engaño, su obra alcanzó una discreta notoriedad. A pesar de que su obra había generado rechazo y que tampoco le había reportado mucho dinero, antes de morir, en 1835, a los 59 años, probablemente pudo consolarse con la idea de que una vez, durante un año y medio, había sido William Shakespeare.

Fuente: Smithsonianmag.

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