La ciencia y la ética nunca fueron un matrimonio bien avenido. No terminan de salir de una crisis para entrar en la siguiente. La ciencia siempre acaba proponiendo problemas nuevos de los que la ética sale a duras penas, cuando sale. Pero la ciencia no espera. Nunca parece poder esperar. Es ese Frankenstein, (nunca mejor dicho) que hemos creado y que se ha convertido en algo más grande que nosotros. La ciencia tiene sus propios tiempos y misterios, y parece que seamos los humanos los que debamos adaptarnos a ella y no al revés. Por eso la solución siempre es tecnológica. Tecnología impulsada por tecnología. Y así.

En esta era de las Siris y las Alexias, esas admiradas asistentes digitales con nombre y voz de mujer que nos hablan con intachable cortesía y obediencia, siempre dispuestas para hacernos la vida más fácil, George Saoulidis nos propone una ginoide (que no androide), que mezcla la última tecnología robótica con esas muñecas hiperrealistas de silicona que se fabrican al otro lado del globo y que cada temporada aparecen en nuestros telediarios dejándonos asombrados, cuando vemos señores que viven con ellas o incluso las coleccionan, y afirman que para ellos pueden sustituir a una persona. En concreto, a una mujer. Esas no protestan, dirán.

En vez de aprender a tratar bien a quienes nos rodean y cuidan (ni hablar de aprender a cuidarnos solos), lo que necesitamos son asistentes, más y más asistentes cada vez más automatizados a los (las) que podamos tratar cada vez peor. Porque no protestan. No tienen sentimientos, preocupaciones, dignidad, todas esas complicaciones humanas.

Esta creación llamada musa parece ser la solución para Yanni, nuestro particular Fausto, un científico con aspiraciones más grandes que todas esas pequeñeces prescindibles de la vida del resto de los mortales. Porque, por supuesto, la ambición es una de las protagonistas esenciales de Llorando sobre la luz derramada. En este caso, la ambición por ser el descubridor del nuevo hito científico que cambie el mundo. A diferencia de Fausto, Yanni no ha llegado al final de su vida metido en su estudio y alejado del resto de sus congéneres. No, Yanni se ha enamorado y ha formado una familia. Tiene amigos y un cierto éxito profesional. Lo que le pasa a Yanni es que tiene una terrible y muy explícita crisis de los treinta. Nada le satisface, nada que no sea su éxito científico. El descubrimiento, el Premio Nobel. Y entonces, a nuestro Yanni se le ofrece un Mefistófeles con forma de mujer. Mujer robot.

La más avanzada tecnología, la más compleja inteligencia artificial se encuentra aquí con uno de los mitos más antiguos: el de Prometeo. Es contener la luz lo que busca nuestro científico, su pasaporte a la eternidad. Bien conocido es el castigo. Aunque no está Zeus esta vez para castigar el exceso de ambición. Porque este elevado objetivo plantea a fin de cuentas preguntas muy concretas y personales. Muy poco matemáticas. ¿A qué estás dispuesto a renunciar por el éxito? De conseguirlo, ¿en qué clase de persona te convertirá? Podemos ver en la novela cómo Yanni va tomando decisiones sin apenas ser consciente de ello, como si fueran las circunstancias las que le van condicionando. Pero nosotros, los lectores, sabemos que es él. Es él quien se pone en evidencia y quien va perdiendo los escrúpulos. Es él quien se encierra en su torre-laboratorio y quien pone su objetivo científico por encima de todo lo demás.

Hubo una época (quizás) en la que teníamos a los dioses para meternos en cintura cuando aspirábamos a traspasar ciertas líneas, Hermes era el mensajero de los dioses que trasladaba a los mortales (o casi mortales) los designios de la divinidad. Pero la divinidad siempre ha sido muy difícil de entender, muy ajena a la ética y la comprensión humanas. Está en otro plano. En la novela, Hermes se plantea como la gran corporación tecnológica que ofrece a nuestro pequeño científico todas las posibilidades, incluso las imposibles. La historia está llena de nombres de valientes que se atrevieron a desafiar lo aceptado y lo aceptable en sus respectivas épocas, y cuántos grandes inventos no se han conseguido gracias a eso. ¿Cómo saber cuál es el siguiente límite que hay que traspasar?

Al final, sabemos que los dioses no vienen del cielo. Que nunca vinieron de allí. Que los creamos nosotros y los colocamos donde más nos conviene. Y en esta época nuestros nuevos dioses están hechos de acero y bits, y son esos llamados gigantes tecnológicos que van siempre un paso por delante y nos van mostrando el camino de lo posible. La máxima aspiración de muchos es entrar en contacto con esos seres superiores, entrar en su genealogía. Yanni quiere capturar la luz, como Prometeo. ¿Se lo permitirá Hermes?

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