Alexandre Dumas padre

Alexandre Dumas padre

   De pocos escritores circulan tantas y tan curiosas anécdotas como de Alexandre Dumas padre. Muchas de ellas tienen su origen en las Memorias que el autor terminó de escribir en la década de 1850, aunque conociendo su tendencia a la hipérbole hay que reconocer que no pocos de los episodios que relata poseen la misma fiabilidad que sus historias de ficción ‒solo hay que echarle un vistazo a lo que voy a contar a continuación para comprobar que así es‒. La imagen que el autor de El Conde de Montecristo da de sí mismo es la de un pendenciero fanfarrón y amante de la buena vida. Llevado por el orgullo de la época y por el afán de hacer «carrera de romántico», son varias las ocasiones en las que el escritor se ve inmerso en un duelo a muerte.

   Su primer duelo, descrito por Dumas, parece más el fragmento de una comedia de Molière que un suceso auténtico. Después de entrar en pendencia con un soldado en una taberna Dumas lo retó a un duelo que tendría lugar dos días después. El escritor en principio prefería usar pistola, arma con la que se consideraba más hábil, pero finalmente se eligió la espada. El día designado Dumas se presentó en el lugar y a la hora acordada, para descubrir, después de dos horas de espera, que su oponente se había quedado dormido. Pospuesto para el día siguiente, los oponentes acordaron, a pesar del frío, llevar solo unos pantalones para estar más cómodos. En un momento determinado, en medio de la agitación, los pantalones de Dumas caen al suelo, provocando la risa de todos los asistentes. Enfadado, Dumas salta con violencia sobre su rival y le suelta una estocada, que hace que este caiga hacia atrás rodando por la nieve. Ante esto Dumas grita «¡Apenas lo he tocado!», a lo que el oponente responde que no se esperaba el frío toque de la cuchilla de la espada sobre la piel sin camisa.

   Las Memorias cuentan otras desventuras. Un segundo duelo se aplazó un día debido a que su oponente se había resfriado y un tercero tuvo que ser cancelado debido a que su rival perdió dos dedos en otro duelo anterior.

   Aunque uno de los episodios más conocidos tiene lugar a raíz de un enfrentamiento con un político. Como ambos eran grandes tiradores decidieron no enfrentarse en un campo de honor y optaron por echar a suertes quién debería pegarse un tiro en la cabeza. Dumas perdió el sorteo y acto seguido se retiró a su despacho y cerró la puerta detrás de él. Los presentes, cabizbajos, escucharon el disparo, pero al abrir la puerta el escritor estaba ileso, y sostenía en sus manos la pistola todavía humeante. «Señores, ha ocurrido un desastre inesperado -dijo solemne-. He fallado».

   Como he dicho, la fiabilidad de estas historias es más que cuestionable, pero, verdad o no, en cualquier caso dejan un testimonio indeleble del carácter del autor de Los tres mosqueteros.

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