Foto realizada por Manuel Moraleda

Ayer, mientras comía, recibí un raro mensaje por Messenger.

―Eres hermosa.

Al verlo, pensé que era alguien que quería ligar, así que eché un vistazo a su perfil para ver quién era. Aparecía una fotografía de perfil neutra y un nombre que no me decía nada, aunque amigos éramos, así que sin tenerlas todas conmigo, contesté.

―Muchas gracias. ¿Lo dices por la foto de perfil? Se ponen siempre las mejores, ya sabes, y los filtros ayudan. 

―Pero tú lo eres.

―Deberías verme ahora. Voy sin peinar.

―Como siempre.

―Como siempre, ¿qué? 

―Sin peinar.

Eso último me resultó familiar.

―¿Nos conocemos fuera de la red?

―Claro. Te estoy viendo. Estás sentada mirando el móvil. Sonríes y frunces el ceño, como cada vez que tengo que volver a irme.

En ese momento, supe quien estaba al otro lado.

―¿Estás aquí?

―Sí, en la esquina. Sal anda. Estoy en tránsito. Mi avión sale mañana a las dos. No tenemos mucho tiempo. Como siempre.

Salí del restaurante con un poco de miedo y le vi parado en la esquina con el teléfono aún en la mano.

Corrí hacia él y le abracé. Un abrazo cubierto de ansiedad y miedos, pero también de afecto desmadejado y dicha algo alocada.

La gente que pasaba alrededor se paraba a mirarnos, porque se me cayó el bolso y a él el móvil y no parábamos de reír, y creo que sintiendo que en nuestro abrazo cabían otros muchos que estaban en tránsito, o que fuese, a la vez, un poco también suyo.

Después, en su habitación de hotel, hicimos el amor, como si nuestro último encuentro hubiera sucedido ayer.

Se ha marchado esta mañana temprano y he vuelto a quedarme sola, como estaba antes de que su vuelo hiciese escala en mi ciudad. Como me ocurre siempre desde que le conozco, porque nadie es capaz de cubrir del todo sus ausencias. Algo vacía y echándole de menos y sintiéndome también un poco idiota, al pensar que, en el fondo, mis días pasan esperando dejar de ser algún día un lugar de tránsito, para convertirme, al fin, en la última parada de su viaje.

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