La literatura tiene una virtud que otras ramas en el arte de contar historias carecen. Muchas películas o series consiguen tocarme la fibra, estremecerme, ya sea de risa, de miedo, de pasión…me instruyen y me brindan un punto de vista diferente al mío. Por supuesto, también me entretienen. Pero sólo la literatura, y no siempre, consigue potenciar mi empatía con los personajes o la situación que desarrolla, me hace sentir participe, me mete en la piel de quien sufre, quien ama, quien odia, quien muere, quien gana o quien pierde. No sé si os ocurre lo mismo.

Stella es una mujer nacida en el Reino Unido casada desde hace un par de años con Paco, un abogado español de familia tradicional. Al principio esta familia renegó de la pareja hasta tal punto de no asistir siquiera a la boda, pero con la llegada de Ana, la bebé, les abrieron de nuevo las puertas. Stella hizo muchos sacrificios entonces: Abandonó su trabajo para dedicarse de pleno a su marido y a su hija e hizo borrón y cuenta nueva con su familia política. Intentó ser una persona que no era, haciendo denodados esfuerzos por integrarse donde no la aceptaban con unas costumbres que le resultaban ajenas. Esa vida de ama de casa, día a día, le asfixiaba cada vez más.

Con la incorporación a sus vidas de la familia de Paco, éste también cambia. No sólo no ve los desplantes continuos de su madre y de su hermana hacia su mujer, integrante de segunda fila en la nueva jerarquía familiar, sino que él también es participe en este continuo ataque a la integridad de Stella. La protagonista se encuentra, entonces, atada a un desconocido que ni la valora ni la quiere, que le tiene de asistenta del hogar y de cuidadora de su hija.

El circulo social de Stella tampoco ayuda; con sus padres y su anterior vida a miles de kilómetros, las citas semanales con un grupo de expatriadas de habla inglesa en un restaurante chino es la única distracción fuera de su círculo familiar. Este grupo de mujeres de mediana edad no tiene desperdicio, cada una puede representar un nivel diferente de insatisfacción, bien sea sentimental, bien sea de adaptación al país y a la lengua. La autora, Sandra Bruce, nacida en Inglaterra y expatriada en Castellón desde hace más de 40 años, casada con un español, ha sabido representar muy bien la situación de Stella y sus amigas. Afortunadamente para Sandra y sus seres queridos, Stella no es su alter ego. Una de sus amigas está alcoholizada perdida, otra descubre que su marido le ha sido infiel y decide vengarse y otra, simplemente, ha llegado a un pacto de no agresión con su pareja donde cada uno hace lo que quiere. He interpretado a cada amiga como un futuro posible de la protagonista si continúa con su vida de ama de casa frustrada; desconozco si la autora lo ha diseñado así a propósito, pero a mí me queda redondo para dar tres dimensiones a la realidad que sufre la protagonista.

Los primeros capítulos me metieron de lleno en la vida agobiante de Stella, un no parar de no llegar nunca a nada, de tener flancos por todos los lados, de sentir que no hace nada bien, que es una mala esposa y mala madre. Consecuencia de dedicarse a los demás, sobre todo a su hija, sin cuidarse a sí misma, cae mala; se desmaya tras una acalorada discusión con Paco.

En los chequeos para ver qué le sucede surge una oportunidad laboral. Le ofrecen un trabajo a tiempo parcial de traductora para un grupo de médicos que trabaja en un proyecto de investigación. Por un lado, las condiciones laborales le permiten compaginar ese trabajo con sus funciones de ama de casa, por otro lado, sabe que aceptarlo le traerá problemas con Paco. Stella decide aceptar el trabajo y ocultárselo a su marido; si su situación ya estaba patas arribas, ahora debe hacer encaje de bolillos para mantener una doble vida. Busca guardería para Ana —Paco se había opuesto, aduciendo que Stella está todo el día sin hacer nada— y compra un teléfono móvil para estar localizable tanto en la guarde como con los compañeros nuevos de trabajo. Aquí debo mencionar que la novela se sitúa a principios de siglo, los más jóvenes no lo sabrán, pero no disponer de teléfono móvil por aquel entonces era algo normal.

Por cierto, el chequeo médico descubre que lo que le sucede es anemia por estrés.

La apertura de Stella en el mundo laboral nos abrirá a un nuevo grupo de personajes que irrumpen en su vida, con sus propios problemas y situaciones que también influirán en ella. Con dos vidas totalmente separadas, Stella luchará por el equilibrio de ambas. Las diferentes tramas en estos dos ámbitos se desarrollarán como una bola de nieve que cae en pendiente, y es que sostener una mentira tan gorda solo se puede hacer con más mentiras. Parece inevitable que antes o después sea descubierta. Averiguar qué sucede y cómo consigue Stella lidiar con todos estos flancos lleva al lector a pegarse a la novela hasta terminarla.

Como iba diciendo, Sandra Bruce ha conseguido con Jugar con Fuego que me convierta en Stella; que sepa qué se siente al ser una mujer británica expatriada con una bebé a su cuidado y un nuevo trabajo secreto. Me he sentido repudiado por una familia tóxica y he llegado a odiar al mismo tiempo que amar a mi marido. Llegar a tal punto de inmersión y empatía con la protagonista lo consigo sólo con la literatura, con buena literatura

A recalcar los diálogos, tan conseguidos que diferenciaba los tonos de voz de los protagonistas en mi imaginación. Me hubiese gustado presenciar más motivaciones y una mejor evolución a lo largo de la trama de personajes secundarios importantes como Paco y su hermana, Maruja. Soy un lector que atiende más a estos aspectos de los personajes que a la trama en sí, aunque entiendo que Sandra Bruce se ha querido centrar en Stella, además de contener el tamaño de la novela en unas razonables 292 páginas, que, como ya he mencionado, se pasan volando.

Sea como fuere, lo que si tengo claro es que estaré pendiente de su próxima publicación.

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