El Disco de Enheduanna (Fuente).

El tercer milenio antes de Cristo fue una época convulsa en Mesopotamia. El norte y el ser se unieron por primera vez en la historia bajo el mandato de Sargón el Grande, que convirtió la ciudad de Acadia, una de las más grandes del mundo, en la capital de su imperio. En este extraordinario contexto histórico aparece un personaje fascinante, Enheduanna, la hija de Sargón, que era la suma sacerdotisa de la deidad lunar Nanna-Suen en su templo en Ur, en el actual sur de Irak.

Pues bien, a pesar de que en el mundo antiguo la tradición escriba era un mundo de hombres, Enheduanna escribió una serie de obras que forman una parte importante de la historia de la literatura de Mesopotamia. Entre ellas se incluyen el mito de Inanna y Ebih y una colección de cuarenta y dos himnos, entre los que destacan dos himnos a la diosa del amor mesopotámico Inanna. Sus escritos, llenos de elementos autobiográficos, tienen un carácter fuertemente personal y reflexivo. En alguna composición, por ejemplo, habla de su lucha contra Lugalanne, el usurpador, que intentó obligarla a que dejara su función de sacerdotisa, como describe en su poema «La exaltación de Inanna». Su desafío a la autoridad y la búsqueda de la ayuda divina también están presentes en el mito de Inanna y Ebih. En esta narración, la diosa Inanna se enfrenta a Ebih, una montaña arrogante, Ebih, que ofende a la deidad poniéndose de pie y negándose a inclinarse ante ella. Inanna busca la ayuda de su padre, la deidad Anu, que le aconseja que no se enfrente a la temible montaña. Finalmente Inanna decide ignorar ese consejo y se enfrenta a Ebih, aniquilándolo.

Además, a menudo la poesía de Enheduanna trata las dificultades que entraña el proceso creativo de dar cuenta de asuntos divinos con palabras humanas y en algún momento explica que pasa largas horas nocturnas trabajando en sus composiciones, lo que hace que su obra tenga un componente tremendamente moderno.

Relieve del templo de Inanna (Fuente).

Sus obras fueron escritas en forma cuneiforme, usando tabletas de arcilla, pero a nosotros han llegado a través de copias mucho más tardías, al menos del 1800 a.C. La falta de fuentes anteriores ha suscitado dudas sobre su identificación como autora de esas obras e incluso se ha llegado a poner en duda algunos aspectos biográficos relevantes. Sin embargo, todo parece indicar que Enheduanna era la creadora de esas obras. Además de su poesía, existen otras fuentes que permiten documentar su vida, incluyendo varios sellos cilíndricos que pertenecían a sus sirvientes y un relieve de alabastro inscrito con su dedicatoria. Una de esas fuentes es lo que se conoce como el Disco de Enheduanna, que fue encontrado por el arqueólogo británico Sir Charles Leonard Woolley en 1927. En ese disco vemos a la sacerdotisa en pleno trabajo, junto a tres ayudantes masculinos. Ella, situada en el centro de la imagen, está haciendo una libación como ofrenda, mientras levanta la mano con un gesto de piedad. La imagen enfatiza su estatus religioso y social.

No deja de llamar la atención que, teniendo en cuenta el anonimato que rodea a las obras del resto de autores de su entorno, el nombre de Enheduanna sea bastante desconocido en la actualidad y que su obra haya pasado bastante inadvertida y no se haya empezado a reivindicar hasta hace relativamente poco. Más todavía, teniendo en cuenta que su elogio de las deidades celestiales ha sido reconocido en el campo de la astronomía moderna y que sus descripciones de mediciones y movimientos estelares se hayan calificado de observaciones científicas tempranas (no en vano, un cráter de Mercurio fue nombrado en su honor en 2015).

Afortunadamente, desde un tiempo a esta parte la figura de esta escritora está comenzando a generar el interés y el reconocimiento como mujer de enorme creatividad que merece. Sus elogios a la diosa del amor han continuado resonando a través del tiempo, cuatro mil años después de ser escritos, y ahora parecen estar más vivos que nunca.

Fuente: The Conversation.

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