De Isabel González se ha escrito que es una autora valiente. Añadiré, a esta innegable característica tan suya, su enorme capacidad para saber estar en el lugar en el que se decodifican las emociones. Esa audaz predisposición casi atávica para adentrarse en ellas, le permite abordarlas sin necesidad de aderezos superfluos, desnudando las más indómitas pulsiones con una formidable destreza evocadora.

Además de “Mil Mamíferos Ciegos” la autora ha participado en algún volumen de relatos e incluso en dos libros ilustrados a medio camino entre la literatura infantil y la adulta. Por otro lado, dedica parte de su tiempo a dar rienda suelta a su universo expresivo creando sus personales “objetos poéticos”.

En ésta, su primera novela, nos invita a sumergirnos en una ficción que confina la crudeza y la fuerza de las palabras. Palabras que arrasan en cada una de sus páginas y que nombran vidas. En concreto tres. Tres existencias mamíferas entrelazadas por el destino. Sin tapujos, instiga al lector, a mirar de frente al lenguaje de la soledad.

La novela se desarrolla en dos ambientes: el Bosque y la Ciudad. A lo largo de la historia, ambos escenarios acaban confluyendo.

En el bosque se encuentra el primero de sus protagonistas: Yago. Un hombre que huye del mundo y de sí mismo asilándose entre la naturaleza inhóspita en la que, en su ostracismo, escribe cartas de amor que desgarran. Allí trasciende su naturaleza humana para dar paso a un yo instintivo, sucio e irracional, que no deja impasible al que acompaña su deambular errático y que empezó ya antes de iniciada la lectura. En esa feroz metamorfosis mantiene un vínculo visceral con su madre y con el amor que siente y al que sabe que ha de volver. Es en este amor, sin duda, en el que renace y muere, una y otra vez.

En la ciudad viven Eva y Santi. Una pareja en apariencia normal. Sin embargo, entre ellos hay un enigmático vacío que los atormenta. Ambos se guardan el uno del otro, lo que no les impide sobrevivir en su individualidad a través de una relación de dependencia que les protege del exterior. En su estancia, viven y duermen juntos, pero ocupan espacios divergentes. Santi muestra una extraña parafilia que Eva complace aunque no le satisfaga, por no perder ese universo estable y no perderse ella misma a un tiempo. Él sabe que Eva no es su verdadero camino, pero a la vez, no puede vivir sin su apego porque es el que dota de raciocinio su discurrir y le aporta estabilidad, evitando así, tener que hacer frente a su otro yo, al que le asusta.

Entre todo ese sonoro maremágnum, coexisten: una casa con una grieta en el techo bajo la que sentarse a pensar, un hombre que viaja con otro a la espalda, un cuadro que arde, un vertedero, un cuarto en discordia que bebe más de la cuenta, una pequeña tienda, unas flores.

La novela es una historia de amor poco convencional, pero no de lectura fácil, ni al uso. No explica, ni describe de forma exhaustiva cómo son Yago, Eva o Santi, en cuanto a su morfología, pero se intuye lo necesario a través de la expresión de su pensar o de los objetos y las situaciones que rodean cada escena. Tampoco muestra la novelista, una concisa descripción de los espacios, solo lo necesario para no avanzar en la deriva. El texto se centra en el momento que sus protagonistas viven, en su ahora, dando alguna pequeña pincelada a sus pasados, que ayudan a ir situándolos en el momento narrativo.

Todo esto, lejos de enturbiar la lectura, la dota de vida. Se podría decir que es un libro muy generoso, casi un regalo que la escritora hace al lector, para que éste pueda hacerlo suyo. Es un relato circular, que se va explicando a sí mismo según avanza, hasta llegar al fin. A ese único final posible, que es a la vez principio.

Cando comencé a leerlo, volví al inicio un par de veces, hasta que caí en la cuenta de que no era necesario comprenderlo todo, si no zambullirse en apnea, dejándose llevar por la forma en la que nuestras emociones fluyen. Como dije antes, es un regalo crudo, a veces burdo, pero también con un poso de herrumbre poética, ante el que es imposible quedar indiferente. Tal vez sea una de esas novelas que con el paso del tiempo gane en reconocimiento.

La autora consigue que caminemos por los miedos de sus protagonistas, enfrentándonos al mismo tiempo a los nuestros propios, a nuestras rarezas, las que escondemos y no le contamos a nadie, a nuestra soledad acompañada. Quizá no solo uno de sus personajes vaya perdiendo la vista a lo largo del relato, sino que a todos nos pasa en mayor o menor medida, hasta el punto de acabar viviendo como vulgares mamíferos ciegos.


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