Portada de El peso del Hielo, Boria Ediciones.

Desde mi punto de vista, el cuento, si está bien escrito, es mucho más capaz de sorprendernos y maravillarnos que estructuras más largas, que no más complejas. Los profanos pueden pensar que, por su brevedad, la escritura de un relato corto es más sencilla. Mucho más lejos de la realidad, el buen relato es una máquina perfecta de relojería en que cada palabra cuenta, y cada palabra de más resta, y cuya lectura se posa mucho más tiempo que las largas tramas novelescas, que a veces no van a ninguna parte. El escritor de relato corto es un ingeniero de las palabras que, de la forma más concisa y perfecta que su genio le permite, nos expone un pensamiento, un mensaje, una vivencia que nos conmueve.

Sé de un lector muy, muy viajero que cuando llega a sus destinos acude a las librerías de barrio y pide consejo al librero para comprar un libro de relatos de «un escritor bueno y local que no sea conocido fuera del país». Es la mejor forma, asegura este viajero, de conocer la cultura de allí donde se viaja, su realidad y su verdadera idiosincrasia. No puedo estar más de acuerdo. Si este viajero no fuera de Sagunto y llegara a España sin tener ni idea de cómo es este país y me preguntara a mí, yo podría recomendarle perfectamente a Basilio Pujante para que entendiera un poco más y un poco mejor de dónde venimos, cómo somos y adónde vamos.

El Peso del Hielo es una antología de once relatos de corte costumbrista y personal que nos permite conocer el perfil literario del autor, escritor murciano nacido a principios de los ochenta que obtuvo un doctorado en literatura con una tesis sobre el microrrelato y que actualmente ejerce de profesor de Lengua y Literatura en un instituto y de Teoría de la Literatura en la universidad de Murcia. Todos estos datos personales son importantes para interpretar los relatos de esta antología. La figura de Basilio Pujante que se nos muestra aquí no es la de un novelista que escribe relatos cortos como vía de escape o por entretenimiento, como hacemos muchos, sino que es un profesional del cuento, y se nota. Esto, en El Peso del Hielo, se traduce en un estilo de buen orfebre, que no escatima al mismo tiempo que no desperdicia una migaja del preciado metal que es la palabra. Maneja el idioma y la estructura en todo momento, con oficio, contándonos en apariencia temas sencillos, pero con gran poso, que se nos queda en la memoria y en el ánimo. Son pequeñas perlas de realidad, de la realidad que fue, de la realidad que es, de la realidad que, con esta deriva, se intuye en el horizonte.

Bicleta GAC con la que todos los niños de los ochena soñábamos.

Todos sus relatos nos sitúan en un radar vital que, si bien puede no pertenecer por entero al autor, si bebe mucho de sus propias vivencias, como él reconoce en esta entrevista. Por poner un par de ejemplos, entre las líneas de El peso del hielo que nos habla de la infancia, veremos a un niño de la EGB de un colegio público que soñaba con una bicicleta; a otro, o al mismo, animando a los jugones de su clase en la competición local de fútbol sala, con la participación de un compañero nuevo que, por su piel más oscura y sus orígenes sudamericanos, apodaron Pelé; o a un chaval que se esforzará por integrarse en un grupo de amigos y, sobre todo, por gustarle a ella. Estos cuentos, para los que hemos sido niños en los ochenta, son un delicioso viaje de nostalgia. Narrados en primera o segunda persona, en ocasiones con una prosa rayana en poética, Pujante tiene la habilidad de trasladarnos con facilidad a un pasado que, de una forma u otra, todos los de esta generación hemos vivido.

En el presente de este avatar literario seremos testigos de una relación de pareja que ha nacido muerta; de las frustraciones que supone el sistema educativo, que ha quedado obsoleto, cuando se mezcla con las nuevas tecnologías; acompañaremos a un padre que teme haber descubierto a un pederasta en el círculo formativo de su hijo; por último, los relatos que yo más he disfrutado, por empatía, son los que tratan de los quehaceres de un bibliómano que intenta abrirse camino en su verdadera razón de existir, la escritura, mientras paga las facturas simulando ser otra persona; un profesor de instituto, marido de alguien, amigo de pocos.

El último relato y que en sus líneas justifica el título de esta antología es una distopia al gusto de 1984, Fahrenheit 451 o Un Mundo Feliz, donde los libros ya no existen y la gente sólo ha oído hablar de ellos.

Y si bien con estos once relatos podemos conocer al Basilio Pujante literario, todos ellos contienen un componente social, marca Boria Ediciones, donde de forma más o menos tangencial a estas vivencias leeremos realidades pasadas, actuales o futuras que todos reconoceremos, como el problema medioambiental, las convenciones sociales, entornos laborales tóxicos, adolescentes desatados por el poder de las redes sociales y la perdida de autoridad de sus mayores, la ya mencionada pederastia o el fracaso adulto de las expectativas adolescentes en un mundo roto, que nos exige producir y consumir en vez de ser… estas denuncias sociales confieren más peso y significado de lo que unos relatos de auto ficción podrían tener por sí solos.

De esta forma, con estas once reivindicaciones al relato corto, podemos conformar la figura literaria de Basilio Pujante, con sus experiencias, sus errores, sus anhelos y frustraciones y la forma en que los encara, al tiempo que disparamos una radiografía de toda una generación, todo ello plasmado en poco más de ciento sesenta páginas.

Si eres bibliómano, o si has sido niño en los setenta u ochenta, o quieres saber cómo crecíamos los niños de entonces, o este presente que vives te parece un fraude, disfrutarás con la lectura de El Peso del hielo.

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