La sangre manda es la excusa perfecta (aunque no hace falta ninguna) para volver sobre uno de los autores americanos más interesantes del siglo XX, que ha sabido adaptarse al nuevo milenio y que no ha dejado de escribir ni un segundo desde que diera a luz su primera obra publicada. Hablamos, claro está, del inimitable Stephen King. Que el autor de Maine publique un libro no es, por desgracia, ninguna novedad ni nada notorio. A sus 76 años el autor no para de escribir y de publicar (dos o tres obras al año) y se está convirtiendo en un clásico que algunos de estos libros sean una compilación de cuentos o novelas cortas (un cuento de King no suele bajar de las cincuenta páginas). En esta caso la poquísimo atractiva cubierta esconde algunas verdaderas joyas que demuestran que el rey sigue dando lo mejor de sí.

Pequeñín, ¿de dónde ha salido? De la nada y aquí he venido. A veces pienso en ese simple pareado cuando  me preguntan de dónde saqué la idea para tal o cual relato. 

La sangre manda se compone de El teléfono del señor Harrigan, La vida de Chuck, La sangre manda y La rata. Tres cuentos largos (de unas cien páginas cada uno) y una novela (doscientes y pico páginas) protagonizada por Holly Gibney, la investigadora de lo paranormal que aparece en la trilogía Mr. Mercedes y la reciente El visitante. Se trata de cuentos sin unión entre sí, sin nada que los entrelace salvo pertenecer a la pluma de King, y así nos cuenta en las páginas finales su autor de qué ideas primigenias partieron cada uno de ellos. Así pues, al tratarse de obras independientes, hablemos de ellas de forma independiente.

El libro se abre con El teléfono del señor Harrigan, y tras este anodino título nos encontramos una historia tierna, bellamente escrita, con un niño como protagonista y, desde luego, la ruptura de la realidad por parte de lo extraño. El muchacho protagonista consigue trabajo leyendo libros a un viejo empresario retirado que reniega de la tecnología. Su aspiración es comprar un iPhone y, gracias a los billetes de lotería que el anciano le regala, lo consigue. Pero decide invertir en un teléfono de Apple también para el anciano, lo que traerá consecuencias inesperadas.

Si bien este es un cuento clásico de fantasmas, destila una ingenuidad e inocencia muy propias de las historias de King protagonizadas por niños. Recuerda a los primeros compases de Revival, e incluso de El cuerpo, y aunque no presenta una historia trepidante (ni especialmente terrorífica), sí que resulta una narración interesante, amena y enternecedora. Una buena manera de empezar y, también, una declaración de intenciones con respecto al libro: no vamos a encontrar un terror desaforado, quedamos prevenidos.

Uno de los hombres más ricos de Estados Unidos se instaló en Harlow unos tres años antes de que yo asumiera la tarea dominical de hacer llegar las Sagradas Escrituras a mis mayores. En otras palabras, a principios de siglo, justo después de vender sus empresas y retirarse, e incluso antes de que su gran casa estuviera acabada (la piscina, el ascensor y el camino de tierra pavimentado llegaron más tarde). 

Y los presagios se cumplen con la extraña narración La vida de Chuck. El mundo parece irse al garete, internet ya apenas funciona y todo el mundo asume que dejará de hacerlo pronto, y por todas partes surgen anuncios dando la enhorabuena a Chuck por su jubilación tras treinta y nueve años de servicio como contable. Un relato que se compone de tres actos, entre los cuales hay, todo sea dicho, poca cohesión y que podrían funcionar de forma independiente. De hecho, el autor reconoce haberlos escrito entre grandes espacios de tiempos y darles cohesión tan solo al final. Tres momentos en la vida (y la muerte) del misterio Chuck que resultan en una cuento más bien cómico, que sigue el mismo tono ligero y esperanzador del anterior, con un personaje que podría ser la caricatura inocente de Michael Douglas en Un día de furia, con música y baile en lugar de violencia. Puedo entender que no sea de los favoritos de los lectores, pues los que vayan buscando al King visceral se van a encontrar en este cuento a un King cómico, campechano, poco predispuesto a asustar al lector. Y bueno, en ocasiones se agradece.

No es que La vida de Chuck tenga demasiado para ser recordado (y su premisa principal ya está bien explotada en la novela Sumerki, de Dmitry Glukhosvky), pero su lectura es hermosa y su final lleno de luz.

Era verdad. Chuck Krantz aparecía en las ventanas delanteras de todas las casas de Fern Lane. Marty se volvió. A su espalda se extendía por la avenida principal un arco compuesto por rostros de Krantz. Docenas de Chucks, quizá cientos. 

La sangre manda, la novela que da título al libro (porque doscientas páginas es una novela, aunque dentro de los estándares de King sea una corta) es una casi una segunda parte de otra novela del autor, El visitante (adaptada recientemente a una serie de HBO). Nos encontramos con Holly Gibney, personaje conocido de la trilogía Mr. Mercedes y El visitante, una investigadora con una curiosa personalidad abierta a lo paranormal. Un nuevo visitante hace acto de presencia: un reportero que parece tener la habilidad de cambiar su rostros y encontrarse siempre en el momento oportuno cuando hay una gran tragedia.

Esta es una novela muy en la línea de las citadas anteriormente. King ha declarado (y lo vuelve a decir en el epílogo de La sangre manda) que le encanta el personaje de Holly. Si bien la novela es entretenida y está escrita con garbo, no deja de ser demasiado parecida a El visitante, tanto que el lector sospecho cómo se va a desarrollar al haber leído unas pocas páginas. Como segunda parte no funcionaría demasiado bien, pero “camuflada” entre otras obras, queda como una anécdota. Curiosamente, la más floja de las cuatro que componen el volumen, aunque no es mala realmente, sencillamente es complaciente. Con el autor, no con el lector.

La rata se ha convertido en mi favorito del conjunto y es un cierre más que efectivo para La sangre manda. Aquí sí que nos encontramos muchos de los clásicos de King: un autor con dificultades para escribir, una cabaña en el bosque, un siniestro suicidio y los mecanismos que dan a las historias su razón de ser.

La rata presenta personajes que resultan reconocibles para los que hayan leído mucho a King; situaciones que nos sonarán familiares, pero se trata de una retorcida vuelta de tuerca a las fábulas de animales en que el personaje protagonista aprende una importante lección. Y también está lleno de humor. Un humor negro, claro, algo desconcertante que despierta más de una sonrisa en el lector sin que se de cuenta, pero humor a fin de cuentas. En el cuento La rata se podría resumir muy bien (mucho mejor que en el que da título al conjunto) el punto de encuentro de todas las historias: fantasías sin demasiada complicación, sin calentarse la cabeza. Una muestra de la versatilidad de un autor al que la crítica especializada se afana en tildar de simple y efectista, demostrando que a veces los críticos no tenemos razón de ser.

En fin, La sangre manda me ha gustado más que algunas de las últimas novelas del autor (de Elevación hablé aquí mismo) y resulta un estímulo; reencontrarse con un King en pleno, sin ganas de dejarse arrastrar por su propia leyenda, ofreciendo cosas nuevas y viejas en una mezcolanza a la altura de los maestros.

Comentarios

comentarios