Dibujo: Alberto Juan

La piel azulada no era buena señal: Lear había pasado demasiado tiempo sumergido. Jonathan buscó el pulso pero no lo encontró. Mientras intentaba reanimarlo se preguntaba cuántos minutos podía soportar el cerebro sin oxígeno. Insistió: no podía rendirse, lo necesitaba. Luego de unos segundos sintió el alivio de que Lear expulsara el agua con una tos violenta; la piel ahora recuperaba su color, y el corazón ya latía. Jonathan le preguntó:

  • ¿Estás bien?
  • Creo que sí – Lear hablaba con dificultad y se masajeaba el pecho.
  • Tenés suerte, casi no volvés.

Luego de decir eso, un Jonathan agotado se recostó en el piso. Llevaba un día entero sin dormir. Su conciencia se desvaneció, y cuando abrió los ojos habían pasado cinco horas. Lear, recostado cerca de una estructura metálica, tenía una mirada triste y un tono lúgubre:

  • Lo que son las moscas para los chicos traviesos, eso somos para los dioses. Nos matan para divertirse…
  • ¿Qué?
  • Nada…es del Rey Lear, de Shakespeare. Siempre me gustó esa cita, y es apropiada para nuestra situación, ¿no?
  • No sabría decirte…
  • Los dioses juegan con nosotros. También hay gente que juega a ser dios, pero esa es otra historia.

Jonathan sabia de quiénes hablaba Lear, las últimas décadas él había trabajado para ellos, y unas pocas veces había llegado a rozar su círculo íntimo. La cercanía al universo de la opulencia lo había ayudado a sobrevivir. Lear continuó:

  • Conozco bien a los hombres que se creen dioses. Por mi mujer, por su familia. Yo era un infeliz de clase media, pero me gané una beca para estudiar y terminé casado con una chica con plata… Una verdadera historia de ascenso social a partir del mérito personal- agregó con sarcasmo-. Como la nena me quería, el padre tuvo que integrarme.
  • No parece que te haya ido tan mal como para que te quejes así.
  • No me quejo, tuve suerte. Cuando me casé mi vida se arregló, nunca más tuve que preocuparme, pero sabé que la amaba, me enamoré de ella mucho antes de saber sobre su familia. Fue un ángel que me liberó, y que además me contagió su pasión por el arte: gracias a ella descubrí que tenía talento para dibujar y pintar.

Pese a encontrar cierto parecido entre su propia vida y la de Lear, Jonathan prefirió mantener una actitud distante:

  • Si decir eso te hace sentir mejor, todo bien.
  • Creé lo que quieras – dijo Lear molesto-, pero te juro que yo no sabía nada sobre su familia. Sabía que su hermano estaba en la junta de una empresa prestigiosa, pero nada más. No tenía idea de que el clan, como los llamábamos en secreto, tenía tanto poder. Mi esposa odiaba pasar tiempo con su familia, decía que era una secta enfermiza, pero tampoco era tonta. Hay que ser muy estúpido o muy idealista para renunciar a una vida de comodidades en nombre de la convicción. Cuando veo a esa gente que intenta cambiar el mundo siento admiración, pero también siento mucha pena. Yo fui idealista hasta que me di cuenta de una verdad eterna: si no podés ganar una guerra, no hay que pelearla.

Jonathan reflexionó unos segundos, y luego dijo:

  • Al menos sos honesto. Sabés que tuviste suerte y que no hubo mérito. Muchos no ven la diferencia y creen que están donde están porque vivieron una vida de sacrificio… y mientras tienen cuarenta esclavos que los consienten todo el tiempo.
  • De eso te hablo, no tienen ni idea, sienten que merecen lo que tienen y consideran que los demás no son dignos. Es gracioso que se vean como buenas personas, y te aseguro que no lo son. ¿Creés que hacen beneficencia para lavar culpas? No, buscan trascender, y creo que esta vez lo lograron.
  • En realidad no lo sabemos, porque yo no sé si llamar trascendencia a todo esto. Igual entiendo lo que decís, los conozco, aunque no tanto como vos.

Lear sonrió y de pronto dijo:

  • Endogamia
  • ¿Qué?
  • Es cuando en una tribu los miembros se casan entre sí para conservar la pureza genética y la cultura. En el fondo se trata de eso, de conservar la raza y sus tradiciones. Lo mío fue una excepción, pero para ellos no fue tan vergonzoso. Yo era un tipo maleable, un pequeño proyecto personal para mi suegra.
  • Sí, vi casos como el tuyo…pero siempre a la distancia. Yo era un empleado, una casta inferior mientras que vos eras parte del círculo.
  • ¿Eso creés? Te equivocás. Dentro del círculo hay otros círculos más chicos. Si vos querés sentirte especial, y estás rodeado de otra gente especial buscás formar parte de grupos aún más selectos para sentirte más exclusivo. Mi cuñado tenía, esa obsesión, si te contara sus historias… También estaba obsesionado con la transcendencia y con la inmortalidad. Ahora que lo pienso, si el procedimiento funciona ambos conceptos se vuelven contradictorios: cada vez que el ciclo se inicie van a perder su ansiada trascendencia porque nadie los va a recordar, y nunca van a ser inmortales en ese sentido, no importa si logran existir por siempre. Sólo morimos cuando nos olvidan, y ellos serán olvidados una y otra vez: infinitas muertes en la eternidad.

Jonathan sintió un hormigueo en el brazo izquierdo: la información llegaba a su cerebro. Con una expresión de fatiga y un ritmo pausado, dijo:

  • Se nos acaba el tiempo.

Lear guardó silencio con aire pensativo. Jonathan insistió:

  • Hey, Lear o como te llames, ¿me escuchaste?
  • Lear… siempre me gustó ese apodo. Igual insisto, creo que la mejor obra de Shakespeare fue Otello. Ahora nosotros somos dos personas con un objetivo en común: sobrevivir. Después no conviene que nos volvamos a ver, sería riesgoso, más para mí que para vos, aunque la verdad, mientras nadie sepa que nos colamos… Hasta en el Titanic, donde viajaba la elite, encontraron espacio para colarse los de abajo. El instinto de supervivencia no es un monopolio de los ricos. Te doy un consejo: sé discreto, y en esta segunda vida que tenés mantené perfil bajo. Los de los clanes son tipos muy obsesivos y no quieren que nada ni nadie afecte sus planes de crear el nuevo paraíso terrenal… Deberías escuchar lo bíblico que se ponía mi cuñado cuando hablaba del tema. Tras la muerte de mi mujer y mi hijo, seguí viéndolo por unos años.
  • No deberías darme tanta información personal.
  • No tenés ni idea de quién soy, y en cuanto a ellos, ni siquiera saben que estoy acá. Igual, a esta altura estoy cansado, me di cuenta de que lo único que quisiera de verdad es poder pasar un tiempo más con mi mujer, no sabés como la extraño; y volviendo al tema de mi identidad, cuando llegue a destino, si es que llego, voy a tener más problemas que vos porque seguro me van a vigilar para estar seguros de que no soy un polizón.
  • Creí que no sabían nada…
  • Como te dije, son obsesivos, no dejan cabos sueltos, y mi cuñado, si sospecha, va a ser leal a su sangre. ¿Y qué hay de vos? ¿Cómo llegaste a esto? ¿Es esto lo que querés? Hay riesgos, ¿sabías? Viajar así es más peligroso que en primera clase.

Por un instante Jonathan, perturbado por el comentario, guardó silencio.

  • Sí, conozco los peligros, según averigüé, tenemos menos chances. Igual, me dijeron que, al repetirse el proceso, la degradación es inevitable para todos.
  • Sí, salvo que puedan hacer algo para retrasar el deterioro de salto en salto. Cuando lleguen van a tener cuarenta y cinco años para solucionarlo, llevan todo el conocimiento en sus cerebros modificados y además para trasportar la información más pesada usan a los ubicuos.
  • ¿Van esos infrahumanos?
  • Es la forma más segura de transportar información a gran escala. Si la cargaran en sus cabezas sufrirían una embolia, como le pasó a los primeros con los que probaron esos procedimientos. Además son versiones mejoradas, no como las que, supongo, habrás conocido.
  • Los que yo vi eran seres vacíos, sin alma; eran como computadoras formateadas y reducidas a las funciones más simples.
  • Hay mejores versiones, aunque igual no dejan de ser monstruosidades. Quieren construir un paraíso y van a poblarlo de horrores, harán de su castillo un infierno.

Se hizo un silencio y el inquebrantable frío del lugar los estremeció. Jonathan comenzó a incorporarse con pesadez, y los dos se miraron. Ambos querían ser libres, y por eso se lanzaban hacia un abismo desconocido. Lear dijo:

  • Me pregunto cuántos polizones habrá.
  • No tengo idea y no me importa, me da lo mismo. ¿Tenés el calibrador?
  • Sí.
  • ¿Puedo verlo?
  • Está dentro de mi cuerpo, quedate cerca para que el flujo pueda redirigirte a la fuente.

Jonathan estaba nervioso, pero ya no quedaba opción, era lo mejor que había podido conseguir. Ya nada más importaba, ahora el azar haría su trabajo. Lear dijo:

  • “Dios agoniza mientras desafiamos las leyes del Universo, se hunde en el olvido”.

Jonathan reconoció aquellas palabras, que había escuchado alguna vez no sabía dónde. De manera inconsciente, automática, completó la frase:

  • “Oímos su voz áspera susurrarnos suavemente. Sentimos escalofríos al escucharla: Por mí se va a la ciudad del llanto, por mí se va al eterno dolor…”.

Al recitarla el terror lo invadió y le produjo un insoportable mareo. Entonces la realidad comenzó a desarticularse hasta que la oscuridad lo envolvió por completo, mientras una voz familiar retumbaba en el vacío: «Ahora soy todos y nadie, invisible, la máscara es donde me escondo de los horrores del mundo».

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