Falcata ibérica.

Es probable que al ver el título de este artículo el lector haya pensado que he perdido la cabeza, puesto que los hechos fueron todo lo contrario.

Calma, en seguida me explico. Cuando los romanos iniciaron su incursión en Hispania portaban un ejército profesional en sus manos. Sin embargo, aún necesitaba madurar bastante para llegar a convertirse en la aplastante máquina bélica que pasó a la historia. Las gargantas sesgadas a manos del acero hispano ayudaron a los generales en esta tarea de aprender y evolucionar.

Por aquel entonces, el ejército romano ya dominaba ciertas formaciones de combate que le permitía avanzar entre las filas enemigas, funcionando como una sola unidad. Por contra, la mayoría de sus enemigos se lanzaban a la carga durante la batalla, normalmente de manera caótica. Pero su superioridad estratégica no fue suficiente para vencer esta vez.

Las legiones romanas consistían casi en su totalidad por infantería pesada, pero apenas disponían de arqueros o de caballería. El único ataque a distancia del que disponían era el que les proporcionaba el pilum, la tradicional jabalina itálica. Pero una vez este era lanzado, perdían toda su potencia de fuego. Esta debilidad fue aprovechada por sus contrincantes, pues los pueblos hispanos, maestros en el arte del tiro de proyectiles mediante hondas, y hábiles en la equitación, hostigaban a los romanos a base de pedradas que abollaban sus escutum, y en ocasiones, sus yelmos (cosa si más no, peligrosa). La caballería íbera no fue menos importante, pues mientras los honderos hacían su trabajo, y la infantería correspondía en el frente, los jinetes flanqueaban las formaciones romanas, dejándoles en una posición más comprometida. Hoy en día puede parecernos algo simple, pero hay que recordar que la silla de montar no fue introducida en Europa hasta el siglo IX, por lo que un jinete habilidoso era algo digno de admirar en aquella época.

Gladius hispaniensis.

Con todo, Roma puso sobreponerse tanto a las tribus autóctonas como a su rival, Cartago. Aquí aprendieron la primera lección. Tras ver la importancia del ataque a distancia y de la velocidad de la caballería, los romanos incorporaron como tropas auxiliares en su monstruoso ejército a los jinetes íberos. Tras vencer a toda la zona del levante hispano, parecía que ya nada iba a sorprenderles, pero tuvieron que vérselas con otro enemigo: la gladius hispaniensis, y los guerreros celtíberos que las blandían.

Aunque es creencia extendida que la falcata era el arma por excelencia de los pueblos preromanos en Ibéria, no era tanto así. Realmente, esta característica arma, de hoja corta, lomo curvo y cóncavo, normalmente de un solo filo, con una forma que recordaba a una hoz (del latín falx, de ahí su nombre) solo proliferaba en el sur y oeste peninsular. En el resto del territorio la espada por excelencia fue la gladius hispaniensis, una hoja recta, provista de una temible punta perfecta para estocar, de doble filo, ágil y corta, de entre cincuenta y cinco y sesenta centímetros de longitud.

Xiphos.

En contraparte, la espada de un soldado romano de la época consistía en una hoja similar a las xiphos griegas. Era un arma de corte, estrecha, y más alargada que su hermana griega. A priori, parecía un arma más decente, pero con todos los legionarios apretados en la clásica formación de tortuga, su tamaño suponía un estorbo. Era poco manejable en estas circunstancias, el arma no casaba con la formación que adoptaba la legión. Al desenvainar, el combatiente tenía que ir con cuidado de no golpear a los compañeros de sus costados, y al lanzar un golpe de arriba abajo, la cabeza de su camarada de atrás peligraba. No era una mala arma, pues pocos siglos más tarde se pertrecharía a la caballería romana con una versión más moderna de la xiphos, la spatha. Pero ahora mismo la infantería romana era quien necesitaba de una reforma urgente si querían salir victoriosos. Para ello, los centuriones no dudaron en adoptar el arma del enemigo para utilizarla contra él.

El cambio de la xiphos por la gladius hispaniensis se tradujo en un ejército más maniobrable en distancias cortas, que era donde eran más efectivas sus ultra-defensivas formaciones de testudo. Aunque el enemigo hostigara sus escudos, después de haberse deshecho de sus pilum, podrían defenderse de diferentes maneras: agachándose, alzando el escudo por encima neutralizando así los golpes enemigos y asestando tajos desde abajo, o a la inversa; inclinar el escudo para adelante, golpeando al enemigo, para luego rematarle con una ágil estocada o un buen revés, todo ello sin temor a molestar a sus compañeros de armas o a herirles.

Con las tácticas y armamento desarrollados en las guerras hispánicas, Roma consiguió dominar gran parte del mundo conocido en aquellos tiempos, hasta que su parte occidental cayó el año 476 d.C. ¿Hubieran conseguido labrarse tal victoria de no ser gracias al acero celtíbero que conquistó a sus legiones?

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