Ilustración: Alberto Juan

Jonathan abrió los ojos y se encontró en una mesa donde participaba de un juego de cartas. No supo qué edad tenía pero a juzgar por la escena dedujo quince o dieciséis. De pronto lo vio y clavó la mirada sobre él, sintió como sus músculos se contraían. Miraba a Brian con profundo desprecio. Desde donde estaba podía apreciar con nitidez la actitud arrogante de aquel sádico. Uno de los compañeros exclamó:

  • Johnny, te toca, ¿qué esperás?

Jonathan lo ignoró, no podía apartar la mirada de Brian, le era imposible dejar de pensar en las humillaciones sufridas durante toda su pubertad a manos del infeliz. No importaba que hubieran pasado cincuenta años, el tiempo no imponía distancia para él, y el resentimiento seguía fresco.

La tortura había tenido lugar mucho antes de que él se hubiese convertido en el ser impiadoso de ahora. Por entonces no había sabido defenderse ni hacerse respetar, y durante años había repasado las fatídicas escenas de vergüenza pública. Para cada una de ellas había formulado finales alternativos que diferían en mucho de las versiones originales. Infinitas veces había fantaseado con causar dolor a quien lo había castigado sin motivo.

Tras haber finalizado la etapa escolar los recuerdos oscuros habían entrado en una solemne hibernación y sin embargo Jonathan nunca había dejado de acariciar la idea de una venganza. Y sucedía que ahora volvía estar allí, en el aula, sentado contra la pared, frente a su antiguo némesis. Ahora las cosas eran diferentes: la violencia institucionalizada y los contextos hostiles habían forjado su carácter. Estaba preparado. Su amigo insistió:

  • ¿Qué te pasa? Parecés un zombi. Hace un rato no dejabas de hablar y ahora…

Jonathan apenas se inmutó, el que le hablaba no era más que la sombra de alguien a quién él había conocido hacía medio siglo, un individuo con el que había compartido bromas y anécdotas en el lejano colegio secundario. Por eso no le hizo caso y siguió mirando a Brian con rencor. Para él los demás no existían, sólo su enemigo vuelto a la vida por los dioses del tiempo.

  • ¿A éste qué le pasa?- dijo otro de sus compañeros.

Jonathan pudo ver como como el blanco de su ira se alejaba con una alumna del primer año. No importaba, sabía que tarde o temprano él volvería. Durante un momento pensó en tomarse el tiempo de planear las cosas un poco mejor, pero luego consideró que a esa altura no tenía sentido. La vida le había enseñado a ser eficiente, los años en el ejército sumido en una guerra ajena lo habían vuelto pragmático.

En silencio se dirigió hasta la máquina de café donde introdujo una moneda y retiró la bebida. Como la infusión estaba muy caliente, debió usar un portavasos de cartón. Antes de volver, observó el artefacto con nostalgia: la última vez que había visto uno así había sido en una suerte de museo. Con lentitud regresó a su asiento ante la mirada atónita de todos.

  • ¿Desde cuándo tomás café? En serio, ¿te sentís bien?

Seguía sin responder con una seriedad implacable. Café en mano, dirigía la vista hacia la puerta, a la espera  del regreso de Brian. Pasaron diez minutos hasta que lo vio volver al aula, con su característica actitud petulante. Normalmente Jonathan hubiera evitado el contacto visual, pero ahora su mirada era firme y penetrante, y en él ya nacía una sonrisa casi imperceptible con la que pretendía llamar la atención de su enemigo que con tono provocador le dijo:

  • ¿Qué mirás imbécil?

Jonathan en silencio le sostuvo la mirada, con su sarcástica sonrisa cada vez más prominente. El silencio intimidaba a sus compañeros que esperaban resignados la rutinaria escena de humillación que habían presenciado ya tantas veces. Brian insistió:

  • ¿Qué te pasa tarado? ¿Te gusto tanto que no podés dejar de mirarme…?

Como respuesta a la provocación, tan solo una sonrisa más notoria, una mueca cruel al tiempo que los ojos de Jonathan se abrían cada vez más. Pasaron tan solo segundos hasta que el callado contemplador por fin quebró su silencio:

  • Amamos la humillación del prójimo- dijo- ¿Cómo evitarlo? Es parte de nuestra naturaleza. Somos víctimas de nuestra propia esencia. Y acá estamos, en el carnaval de la mierda concentrada. Un dios entre insectos.

Todos quedaron desconcertados. Jonathan entonces se incorporó, se dirigió hacia una de las ventanas y contempló el paisaje a través del vidrio empañado. Dejó escapar un suspiro y prosiguió:

  • ¿Y qué tenemos acá? Un hijo de puta dispuesto a replicar el eterno ritual de la degradación…pero un monstruo ha crecido dentro de mí…En verdad me encanta esa metáfora pero, ustedes sólo la comprenderán dentro de ocho años. O tal vez nunca, quién sabe. Con esto de la temporalidad el destino no tiene razón de ser.

Mientras continuaba con su avasallante despliegue de confianza, Jonathan comenzó a caminar hacia su enemigo. Con un andar lento, ahora evitaba cualquier contacto visual, como si hubiera entrado en trance. Brian, sin dejarse intimidar le dijo:

  • Retrasado mental, estás muy loco ¿sabías?- y miró a los otros en busca de complicidad.

Jonathan aprovechó la distracción para tirar a su oponente café en la cara, y sin esperar ni un segundo inició el segundo ataque: una buena patada en la entrepierna y un certero cabezazo que le destrozó el tabique. Brian cayó al suelo retorciéndose de dolor, el que sumaba el ardor de la quemadura a una difusa dolencia abdominal y la fractura en la nariz, todo un carnaval de sufrimientos.

Los espectadores apenas podían creer lo que veían: el agredido ahora era vapuleado con violentos golpes de puño, y su  nariz parecía deshacerse con cada impacto al tiempo que la  sangre se esparcía sobre el rostro. Al finalizar la secuencia, el agresor decidió incorporarse y con furia lanzó impiadosas patadas sobre la cabeza del sometido, con golpes, cada tanto, en su entrepierna. No parecía tener intención de detenerse. Uno que de pronto intentó terminar con el espectáculo recibió de inmediato un violento golpe en los genitales. Jonathan, satisfecho, dijo con rencor:

  • ¿Qué clase de amigo sos? Deberías ayudarme. ¿O querés que esté infeliz se levante? Y ustedes – exclamó desafiante a los otros compañeros- ¿No van a tratar de pararme también? No se los aconsejo ¿En serio quieren ayudar a este hijo de puta?

La sangre lo ponía eufórico. La adrenalina lo embriagaba, se sentía poderoso y que sus compañeros estuvieran horrorizados lo excitaba más.

Sin perder tiempo, tomó a Brian por los cabellos, lo arrastró por el pasillo y lo metió en el baño donde continuó pateándole los testículos y la cara; unos cuantos dientes saltaron por los aires, y la sangre salía por nariz y boca como un río embravecido.

De pronto Jonathan se detuvo, comenzó a respirar lento y cerró los ojos. Segundos después los abrió y se dirigió al lavabo, donde se dispuso a acomodarse el pelo. Trataba de disfrutar cada momento, y con tono firme dijo:

  • Durante años soporté esta mierda. ¿Sabés lo que se siente ser degradado todos los días?…¿Querer que la vida se acabe apenas te despertás? Ahora lo vas a saber. El mundo es complejo o el universo si vamos al caso. Igual no importa. A estas alturas es todo lo mismo. Al final la inmortalidad es posible, pero no como los grandes sabios lo imaginaron. Los privilegiados del mundo querían monopolizarla, pero hay cosas que están más allá de su control. Seguro que van a volver a intentar controlarlo todo pero la verdad que a mí me importa un carajo. Ahora sólo quiero resolver este asunto. Después veo cómo sigue todo. Vivir el presente que es lo único que hay. No existe nada más que el ahora, ni siquiera hay algo después de la muerte. No hay nada, absolutamente nada y el mérito no existe. A diferencia de esos imbéciles que se creen especiales, yo estoy seguro de que nos reencontramos por puro azar. Como decía alguien que conocí: “Dios es como un niño matando moscas para divertirse”. O quizás haya varios dioses, uno por cada Universo, o quizás ninguno…igual no importa. Nada tiene sentido. Nada, salvo esto.

Mientras hablaba comenzó a desabrocharse el cinturón para luego bajarse los pantalones. Con un movimiento rápido se sentó sobre la cabeza de Brian y comenzó a defecar sobre él.

  • Ahora vos te comés la mierda, pero literalmente- con sus manos forzaba la materia fecal dentro de la boca-. “Mirad, mirad, lo grande que se ha vuelto el monstruo que habita dentro de mí”. Me encanta esa frase. Poderosa ¿no?

Al terminar, Jonathan se levantó y se lavó las manos; después arrastró de las piernas a su víctima fuera del sanitario y lo llevó hacia el centro del patio. Con un movimiento impulsivo pateó la puerta de una de las aulas contiguas y dijo:

  • Mis queridos imbéciles, salgan y contemplen a su líder comiéndose la mierda de la sociedad.

Al salir, todos observaron con horror la grotesca escena de aquel rostro manchado con sangre e inmundicia. Brian, apenas consciente, solo emitía leves quejidos y sollozos. Su rostro desfigurado expresaba asco y tristeza. El sabor amargo de su propia repugnancia se mezclaba con el de la sangre, una aleación tan repulsiva que le producía arcadas. Ahora era ante el vulgo un ser patético y vulnerable. Cubierto de orgullo, Jonathan dijo:

  • Esto es lo que querían ¿no? Así va a terminar el que quiera joderme.

Todos estaban paralizados, hasta los preceptores, que no podían creer que un tímido y escuálido adolescente fuera capaz de semejante abominación. Durante unos segundos Jonathan contempló los rostros aterrados de los que lo observaban. Solo entonces se sintió en calma, tanto como para retirarse a paso lento y sin decir nada más.

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