Harley Quinn: Cristales Rotos, de Mariko Tamaki y Steve Pugh, editado en España por Hidra, se podría enmarcar dentro de la tradición del cine que re-visita los orígenes de héroes y villanos y los dota de una nueva profundidad. Un canon que se va reconstruyendo con cada obra, donde cada autor da su visión de la psicología del personaje, y donde muchas veces los villanos y los héroes intercambian sus papeles. En esta ocasión, nos encontramos con una obra alabada por la crítica, firmada por una reconocida autora de éxito internacional y por un dibujante soberbio que acumula en su haber una labor incontestable. ¿El resultado? Una Harley Quinn más social que nunca:

Deslenguada, rebelde, excéntrica… A los quince años, Harleen Quinzel apenas tiene cinco dólares cuando la mandan a vivir a Gotham. Harleen se ha tenido que enfrentar a un montón de situaciones difíciles desde muy joven, pero su fortuna cambia cuando la drag queen más fabulosa de Gotham, Mama, la acoge entre los suyos. Y al principio parece que Harleen ha encontrado un lugar en el que crecer y dar rienda suelta a su yo más auténtico junto a su mejor amiga Ivy en Gotham High. Pero entonces la fortuna de Harley da un nuevo giro cuando el cabaret drag de Mama se convierte en la siguiente víctima de la ola de gentrificación que está asolando el vecindario. Ahora Harleen está muy enfadada. Y a la hora de convertir su rabia en acción deberá elegir entre dos opciones: unirse a Ivy, quien está haciendo campaña para convertir el barrio en un lugar mejor en el que vivir, o unirse al Joker, quien planea destruir Gotham acabando con una corporación tras otra.

El Joker siempre ha sido la debilidad de la gran mayoría de lectores de Batman; el claro ejemplo de villano que eclipsa al héroe. Pero no es menor la popularidad del personaje creado en 1992 por Paul Dini y Bruce Timm; la novia del Joker, que simboliza una locura mayor que la del propio payaso del crimen, pero también un desahogo para todo el caos que ocasiona (y una excusa perfecta para anclar al personaje en la realidad y no dejar que se pierda en las nubes), magníficamente interpretada en Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) y Aves de presa (Cathy Yan, 2020) por la actriz Margot Robbie. Volviendo a la idea de revisitar los orígenes para cambiarlos, darle un poco de variedad al canon, entroncar, quizás, con temas más actuales, Harley Quinn: Cristales Rotos nos presenta una historia de instituto: una adolescente Harleen, ni sola ni asustada, que conoce a una activista afroamericana amante de las plantas (Poison Ivy) y a un macarra con máscara de payaso (El Joker) y se enfrenta a la injusticia de una Gotham que alimenta a sus ricachones con obsesión mórbida y no deja nada para los demás. Unos temas que encontrábamos muy bien representados en la cinta Joker (Todd Phillips, 2019) o en la serie Gotham(Bruno Heller, 2014). Algo que siempre ha subyacido en la etapa moderna de Batman: la lucha del bien y del mal no se limita a los superhéroes, sino que en la ciudad de Gotham es la lucha de ricos y pobres lo que plaga sus decadentes calles.

Se da una nueva visión de cómo Harley conoce al Joker, y de las identidades de estos.

Y aunque este es el tema central de Harley Quinn: Cristales Rotos, y pese al escueto uso del color y la gran abundancia de grises, esta es una obra que dista mucho de los tonos melancólicos de obras notables de los mismos personajes (me viene a la mente Joker, de Brian Azzarello). En esta novela gráfica la personalidad de Quinn, soberbiamente captada por la autora, y su monólogo impregnan las páginas de una buena sensación, de una energía alocada, positiva, luchadora y enérgica. Y es que así es el personaje que retrata Tamaki; un tanto alejado del caos negativo que reviste en los cómics y más cercano a la versión de Margot Robbie. Además la obra no teme introducir a personajes gays, travestís, transexuales, afroamericanos, y hablar de la problemática de una Gotham que parece reflejar con bastante acierto la USA de Donald Trump. Un guion sólido en que Quinn se erige como heroína y no como villana, aderezado con unos diálogos memorables y una lectura tan ágil que el lector correrá a buscar una obra similar. Suerte encontrándola.

La elección del color es un gran acierto.

Por otra parte, un buen guion a menudo se ve mermado por un mal dibujo, y nada más lejos en este caso. Una obra tan bien escrita merecía un dibujo a la altura, y Steve Pugh echa el resto con un realismo apabullante tanto en personajes como en escenarios. Un estilo muy particular y detallado, que recuerdo en sus mejores momentos al gran Alex Ross, con una elección por colores poco saturados, páginas en casi completo gris, intercalados con momentos en que el color parece explotar (los cielos rojos de Gotham, el pelo verde del Joker o el rojo intenso del traje de Harley), una serie de contrastes que dan al conjunto un acabado elegante que poco tiene que envidiar a algunas de las mejores novelas gráficas del universo DC.

Harley Quinn: Cristales Rotos es una de las más interesantes obras basadas por entero en la novia del Joker, un personaje que se ha ganado por méritos propios sobrepasar la sombra del payaso del crimen y volar por sí sola. El trabajo de Mariko Tamaki y Steve Pugh es impecable y su lectura resulta evocadora, intensa y divertida.

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