Recreación de una Zhuge-nu.

Digo medieval por ser el período en el cual tuvo más popularidad, pero bien podríamos afirmar que se trata de una ametralladora de la Antigüedad. No nos pongamos las manos a la cabeza, no hablo de un arma de fuego, ni de restos de alienígenas visitando la tierra siglos antes del nacimiento de Cristo, esto lo dejaremos para el Canal Historia.

La pólvora aún no se había inventado, y faltarían varios siglos aún para que el señor R.J. Gatling patentara su famosa ametralladora el año 1.862, la primera arma de fuego con un sistema de repetición funcional. Entonces, ¿de qué tipo de arma se trataba?

Estoy hablando de la Zhuge-nu, una sencilla a la vez que ingeniosa ballesta con alta cadencia de tiro, cuya invención se atribuye al estratega y militar de origen chino Zhuge Liang (181 – 234). A pesar de ser este señor quien se llevó el mérito, se encontraron evidencias arqueológicas que nos muestran que ya existía un arma de características similares por allá en el siglo IV a.C. Dicho ingenio, más conocido como Chu-ko-Nu, o sunogung en coreano, formó parte del equipo de los ejércitos orientales hasta casi tocar el siglo XX, pues su último uso data de la Guerra de Jiawu (1894 – 1895), en la cual la China de la dinastía Quing y el emergente Imperio de Japón se dieron de bofetadas por el control de Corea.

Disparar una ballesta era fácil, cargarlas era mas tedioso.

Es de suponer que tuvo un uso tan extendido debido a dos factores. Por una parte, su fabricación rápida y barata que incluso permitió su producción en masa. Como segunda ventaja importante, tenemos el escaso entrenamiento necesario para dispararla con efectividad. No hay duda de que un ingenio con tan larga vida fue un invento útil, pero no todo era un campo de flores. Analicemos sus puntos fuertes, pero también, sus debilidades, comparándola con su hermana, la ballesta común, y su primo, el arco convencional.

La ballesta (o arbalesta) surgió como respuesta a los problemas inherentes que comportaba el uso del arco. Tener un arquero competente entre las filas requería un entrenamiento que en ocasiones los generales no tenían tiempo de permitirse. Aunque el arco era el arma más simple, barata y rápida de construir, para disparar con él un soldado necesitaba de práctica con la puntería y de una buena forma física. Recordemos que el hecho de tensar y apuntar fatigaba la espalda y los brazos. Puede no parecer demasiado si hoy día vamos a un campo de tiro a practicar, pero durante un asedio o una larga batalla no era tema baladí. Según algunos textos medievales, el tiempo óptimo para entrenar un arquero eficiente eran ocho años. Este problema tuvo solución con la aparición de las ballestas, pues era más fácil apuntar, disparar, y acertar el objetivo, debido a que la trayectoria de la saeta era más recta, no dibujaban tanta parábola como las flechas disparadas desde un arco. Además, el ballestero podía tomarse su tiempo para apuntar. Esperar con la flecha cargada y el cordel tensado listo para lanzar no cansaba, en contraparte a como ocurría con los arcos. Sumado a todo, tenemos que añadir un dato más. Las ballestas iban equipadas con unas saetas más cortas y de punta más pequeña en forma de punzón, sin aletas como las flechas clásicas de forma piramidal, aumentando así su poder de penetración. Esto se debía al mayor rendimiento de la fuerza con el sistema de tensión, los proyectiles ya no necesitaban ser tan aerodinámicos como antes.

Su desventaja inherente fue el tiempo de carga, lo que incidía directamente sobre su cadencia de tiro. El tiempo medio entre disparar, apoyar el arma en el suelo, colocar un nuevo proyectil, tensar y volver a apuntar era de unos sesenta segundos. Frente a los entre diez y doce disparos que podía efectuar un arquero bien entrenado, era un obstáculo a tener en cuenta.

Mecanismo de la chu-ko-nu.

Gracias a que los ballesteros se cansaron de morir, suponemos, alguien decidió acoplar un primitivo cargador en la parte superior del armazón de una ballesta y un sistema de palanca mediante el cual se volvía a tensar la cuerda. Unos sencillos extras que aumentaron su velocidad de disparo sin exceder demasiado en los costes de producción.

Comenzaron con cargadores básicos, un reservorio de dos o tres virotes, que fue aumentando progresivamente hasta unos quince. Tal y como se disparaba el primer proyectil, solo se necesitaba un segundo para que la gravedad deslizara el siguiente hacia la acanaladura de lanzamiento, mientras el tirador tensaba la cuerda con la palanca. Esto aumentó su potencia de fuego desde un proyectil al minuto a unos diez por cada quince segundos, solo interrumpidos para volver a llenar el reservorio. Si nos imaginamos frente a un pelotón de unos cincuenta chu-ko-nu, la lluvia de flechas que podría salir a recibirnos podía ser importante.

No contentos con tan mortal invención, se probaron modelos con doble ranura y cargador, pudiendo disparar dos dardos a la vez. Fue también modificada en tamaño, incorporándola al arsenal defensa de los castillos. Esta variante dio lugar así a unos primitivos puestos de ametralladora de flechas manejadas por dos operarios: uno encargado de mover el armatoste a la posición necesaria y un lanzador, con el objetivo de agujerear a todo aquel que se acercara más de lo deseado a los muros de la fortificación.

Vista en primera persona de lo último que vería un soldado al acercarse a una ciudadela guarnecida de chu-ko-nus.

A simple vista, todo parecen ventajas, pero no era el arma perfecta. Apuntar con ella era difícil, pues se apoyaba en la cadera para disparar. Su diseño no estaba pensado para llevar el arma al ojo. El cargador obstaculizaba la visión, y con el chu-ko-nu tan arriba era complicado manejar la palanca de recarga. No obstante, era un hecho al que se le restó importancia. Si el primer proyectil fallaba, al siguiente segundo se podía corregir y apuntar mejor. Además, de todo el enjambre de flechas que podían caer sobre los enemigos, era difícil que varias no impactaran en algún punto crítico. También se suplió dicha carencia untando las puntas de los virotes con veneno para infectar las heridas. Tal vez su peor inconveniente fue el poco alcance del que disfrutaban. De haberse encontrado en conflicto bélico contra los ingleses y sus arcos largos hubieran tenido un serio problema. Estos arcos de casi dos metros podían disparar a casi trescientos metros de distancia, llegando a perforar las armaduras de placas que las ballestas no consiguieron vencer. Es plausible pensar que los soldados chinos hubieran caído antes de acercarse a las posiciones inglesas.

De todas maneras, no es de menosprecio el hecho de que la cultura china llegara a inventar un arma tan mortal en tan temprana edad, precursora de las metralletas de hoy día, mientras que en la mayor parte de Europa las tribus aún peleaban a pedradas con sus hondas.

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