El hombre sin amor, de Eduard Limónov, podría haberse escrito en la América mágica de Márquez, o en los años de la Ley Seca. Podría haberla firmado Bukowski, Auster, Bolaño, Oates o Laforet, y seguiría representando la voz de una generación y, al mismo tiempo, la voz de nadie. Una serie de escritos que no buscan nada: ni la identidad, ni a Dios, ni al hombre. Tan solo escritas con la crudeza de la honestidad y la suciedad del día a día. De Estados Unidos a Europa (del realismo sucio al romanticismo), uno de esos enfants terribles de la literatura como es el ruso Limónov, en constante contradicción consigo mismo; con los mitificados años 80 de fondo y la seguridad de que toda historia parte de la premisa más simple de todas: escribe sobre lo que conoces.

Fulgencio Pimentel presenta así la edición de El hombre sin amor:

El hombre sin amor es la antología de los mejores relatos de Eduard Limónov, preparada solo unas semanas antes de su muerte. Estos ocho fragmentos de vida corresponden a un periodo muy concreto de la biografía de su autor y conforman algo parecido a una novela del desamor, o mejor, del desencuentro con el amor, mientras que el astro solitario que puebla sus páginas sería el héroe lírico que bascula día a día entre el éxito y la indigencia, entre el estupor y la venganza, entre la euforia de la carne y la sed de supervivencia.

No sé si serán realmente los mejores relatos del autor, pero sí que son unos cuentos imposibles de abandonar. Uno quisiera que Limónov no fuera tan buen narrador, para así asquearse de lo que le cuentan, relegar al libro a una insolencia divertida, no dejarse arrastrar por sus chaladuras. Pero me ha sido totalmente imposible no verme inmiscuido en la vida de su autor sin posibilidad de apartar la vista. Como retazos de una sucia biografía, El hombre sin amor presenta varios momentos de soledad en que Eduard, convertido ya en personaje literario, busca a los demás para confrontar su propia soledad. Y lo hace de la única manera que conoce: el cinismo y el sexo.

Dice el autor en uno de estos cuentos:

“Conozco, como cualquiera, el miedo, pero mi principal impulso ha sido siempre violar cualquier prohibición. Y dejar constancia de mi arrojo, ante mí mismo y ante los demás.”

Pertenece a uno de mis cuentos predilectos, The night souper. Afincado en Nueva York, malviviendo en sus calles, borracho la mayor parte del tiempo, Limónov decide atravesar Central Park en plena noche. Allí, se encuentra con lo que podría ser un violador o asesino en serie. La reflexión cruda y desesperanzada que hace el autor sobre sí mismo, sobre su lugar en el mundo, sobre el hecho de envejecer, de cambiar, es tan real que abruma. Termina uno compadeciendo el alma que firma estas palabras porque parece haber visto una verdad que la mayoría no. Y esto sirve como perfecto ejemplo de lo que se puede encontrar el lector entre las páginas de El hombre sin amor, donde, desde luego, no faltan el humor, el sexo, los ambientes marginales, una suerte de tremendismo satírico, e incluso el amor. Un compendio de las virtudes y flaquezas de un autor expulsado de la URSS, tres veces divorciado, reconocido calavera y ocasional adicto a las drogas y el alcohol.

Una de estas biografías cuya mera existencia justifican la producción artística.

Muy en la línea del autor que se convierte en protagonista de su propia obra (o que convierte su propia vida en su mayor obra), Limónov podría ser comparado con muchos, pero igualado por pocos. Si excavamos en su biografía encontraremos barrabasadas mayores (que incluyen tráfico de armas y una sorprende biografía escrita, nada menos, que por Emmanuel Carrère, pero lo mejor es dejar que su obra hablé por sí misma:

“Por otra parte, y no es que carezca de importancia, mi ideal en cuestión de sexo es ahora una chiquilla. Antes me bastaba con amigas, pero lo que busco ahora es una hija (con poco pecho, para darle a la cosa un matiz más pederástico), o, en el peor de los casos, una hermana pequeña. ¡Y no una madre, ni una patrona, ni un monstruo épico de la Sumeria Antigua!”

Limónov es un autor que se niega a censurarse y cuyas ideas pueden resultarle al lector repulsivas, inteligentes, estúpidas y moralinas, todo al mismo tiempo. Una clase de histeria literario, o esquizofrenia, que ya se detecta en algunos de los nombres más relevantes de la literatura mundial.

Pero que eran, al mismo tiempo, personas cuestionables o, como mínimo, cuestionadas.

El autor, Eduard Limónov

En cuentos como El doble, El Día de la Madre o el citado The night souper, el autor escandaliza al lector y expone con descaro una enfermiza obsesión por el sexo, una increíble imposibilidad de autocontrol y una apabullante falta de respeto por la moralidad. Se regocija en ello y el lector no podrá evitar regocijarse también, porque Limónov es, ante todo, un narrador nato: una suerte de contradicción que logra convertir lo perverso en bello y viceversa.

Cierra este volumen un estudio de la traductora del mismo, Tania Mikhelson, que desgrana la vida y corpus del autor a través del estudio de estos relatos, de sus temas, sus relaciones con el resto de su obra y la cronología de sucesos reales que podemos encontrar entre sus páginas. Un estudio bastante completo e interesante para los lectores que, como yo, quieran aproximarse más a la obra de este curioso personaje. Redondea la recomendación una edición impecable en tapa dura, con la belleza casual que destaca en las publicaciones de Fulgencio Pimentel.

El hombre sin amor no es plato del gusto de todos, pero no por ello se deja rechazar. Es una lectura absorbente, llena de bellos momentos, de elegancia literaria y sordidez mundana.

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