La estatua de medusa, ya apostada sobre su plataforma en su ubicación en NY.

Medusa con la cabeza de Perseo es una escultura obra del argentino Luciano Garbati que data del año 2008. Doce años después, una réplica en bronce de más de dos metros va a ser expuesta en el Collect Pond Park de N.Y, en el Bajo Manhattan.

Esta ubicación no es azarosa. Ese parque tiene justo enfrente a los Tribunales del Condado e Nueva York, donde en los últimos tiempos se han juzgado a diversos criminales sexuales.

¿Y qué tiene que ver esto con el mito de esta criatura en particular? Su historia es más dolorosa de lo que nos han hecho creer en la mayoría de películas, donde Medusa tan solo se ve reflejada como un malvado monstruo sin trasfondo. Con mucho, como un ser desquiciado e iracundo, una criatura asesina sin sentido. Según la versión del poeta romano Ovidio, quizá estemos ante el relato más trágico de toda la mitología griega.

Medusa, cuyo nombre viene a significar “guardiana”, era una de las tres hermanas gorgonas, hijas del dios tritón preolímpico Forcis, y de la titánide Ceto, un pez con forma de serpiente gigante. Para no relatar ahora toda la genealogía de esta curiosa familia, nos centraremos en Medusa. De las tres, fue ella la que se llevó toda la belleza posible existente en los genes de sus padres, no dejando nada para sus hermanas. Con esto vengo a referirme que no era solo guapa, era tan hermosa que hombres y dioses caían a sus pies, encandilados por su mirada, embelesados por el contoneo de su larga y preciosa melena cuando caminaba. Pero por desgracia para los mortales y para las divinidades, Medusa ejercía como sacerdotisa en el Templo de Atenea, lo cual comportaba que era virgen y pretendía seguir sin mácula durante largo tiempo.

Por desgracia, el dios del mar Poseidón no opinaba igual. Una noche, de forma unilateral, la tomó por la fuerza allí, entre los muros del mismísimo templo, justo delante de la estatua que presidía el santuario de la divinidad. El dios del mar le arrebató su flor sin su consentimiento en un acto de suma crueldad. No contentos con ello, los dioses del Olimpo la acusaron a ella de mancillar un lugar de culto con un acto impuro, obviando todo delito sobre su colega marino. Además, era la oportunidad de las celosas deidades para ensañarse contra su competidora en atractivo. Como castigo, Atenea tornó la piel de Medusa de color gris, se la secó y la agrietó, asemejándola a la de un reptil. Para que nadie pudiera contemplar sus ojos nunca más, provocó que cualquiera que cruzara miradas con ella muriera petrificado. Como colofón, la envidiosa Afrodita cambió su espectacular melena por víboras. Medusa fue exiliada, y no se volvió a saber de ella hasta que Perseo, guiado por la mano de Atenea y Poseidón, la decapitó por encargo del rey Polidectes.

He aquí un deleznable comportamiento que se daba en la Antigua Grecia, y que desgraciadamente también ocurre a día de hoy: culpar a la víctima de la agresión de la que ha sido objeto. Es por ello que el artista ha querido darle la vuelta a la historia (y también a la clásica estatua de Benvenuto Cellini, Perseo con la cabeza de Medusa), mostrando una Medusa victoriosa. Fue humillada una vez, pero eso no significa que vaya a dejar pisarse de nuevo. Retará sin miedo a todo aquel que ose acercarse con intención de dañarla, aunque se trate del hijo de Zeus. Eso nos transmite el rudo rostro con el que la estatua ha sido esculpida. Sus ojos reflejan una tristeza ahogada dentro de un furioso lamento potenciado por su mandíbula firme y apretada. Medusa posa en una actitud desafiante, con la mirada baja, pecho afuera y hombros hacia atrás; espada en mano en guardia baja, como si acabara de finalizar el combate. En la otra mano, cogida desde el cabello cuelga la cabeza de Perseo con un semblante de pesar, habiendo recibido su merecido por haber intentado abatir a Medusa.

Una visión que podría intimidar a cualquiera que pase por delante, sobre todo si se siente culpable de algo. Un mensaje sobre una figura que, aunque mitológica, no deja de entrañar algo de verdad en su trágica historia. De la misma manera que muchas mujeres maltratadas, propone revertir la situación.

La obra, dejando de lado posibles formas quiméricas según la versión, ha sido creada con forma antropomórfica, carente de vestimenta, imitando las antiguas esculturas clásicas. Garbati nos presenta así a una Medusa más real y humana, y como todas las personas, sentimental y vulnerable, pero a la vez, temperamental y decidida a no sufrir más.

Suponemos que lo que pretenden las autoridades neoyorquinas con este gesto es transmitir una clara intención: tened valor, no estáis solas. Quien la hace la paga.

Esperemos que sea verdad.

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