Dibujo: Alberto Juan

A fines del 2012 volví de Francia hecho mierda. Nadaba en un caldo de frustración, bronca y rencores. Por suerte no llegué al punto en donde uno no puede salir de su casa, o donde lo tienen que internar. Conservaba un lado optimista que me impulsaba a seguir. Solía pensarme como dos personas que corrían en una pista de atletismo: la primera siempre miraba hacia adelante, mientras que la segunda agarraba a la primera y la arrastraba hacia atrás. Siempre avancé, porque la primera era más fuerte, pero me movía más lento y cada paso me desgastaba. Era el cansancio acumulado durante años.

En octubre, estaba sentado en el bar de un hostel en París, consciente de no tener en donde quedarme: el alquiler de la beca se había vencido, y por otra parte no tenía trabajo. Desesperado, enviaba mails a todos mis contactos profesionales pero nadie respondía, todos se hacían los boludos. Los odiaba, manga de hijos de puta. Cuando estás en la mierda se revela quiénes son tus verdaderos amigos. Me sentía abandonado, traicionado.

Para que mi aventura por el mundo pudiese continuar, necesitaba conseguir un empleo lo antes posible. El tutor de la tesis de la maestría me había pasado algunos contactos, pero no había surgido nada. Estuve a punto de irme a Senegal para trabajar en una encuesta de hogares. Senegal, ¿te imaginás? Hubiera tenido que tomar esa mierda para el paludismo todos los días. En mi afán de no volver, estaba dispuesto a cualquier cosa.

Unos meses antes había renunciado a la posibilidad de trabajar en Buenos Aires para el Banco Mundial porque prefería quedarme en Francia. En momentos de debilidad, cuando analizo con pesimismo mi presente, pienso que haber rechazado esa propuesta fue una gran pelotudez. Después recapacito y trato de enfocarme en lo positivo: quiero creer que en esta vida uno siempre toma la mejor decisión posible cada vez.

En realidad no fui a París a estudiar, sino para huir de mí. El problema fue haberme llevado conmigo. Viajé para decirles a todos esos hijos de puta que vivían afuera que yo también podía. Quería trabajar para un organismo internacional y vivir en muchos países para luego subir mis fotos exóticas a las redes sociales. Quería que esos chetos de mierda vieran imágenes de felicidad, de triunfo… pero estaba desgastado y me sentía solo.

Otro problema era el rechazo de las mujeres, algo que se había acumulado a lo largo de toda mi vida. Quería estar con una mujer que me gustara, y no con la que me diera pelota, que es lo que hace la mayoría; siempre fui demasiado orgulloso, y nunca busqué una pareja para evitar la soledad.

A esa altura la moralina se había corroído: si tenía que mentirle a una mina para cogérmela lo hacía, pero ya ni eso podía hacer. Y con las que podía, bueno, la verdad es que no me gustaban. A lo sumo me acostaba con ellas una vez, pero no más. Después no me hablaban, o yo no les hablaba.

¿Te dije que para los veintiocho años, sin contar a las putas, sólo había tenido sexo unas diez veces?  Las putas no me gustaban pero a veces a uno le gana la calentura, ¿qué querés que te diga? En total, solo había podido tener sexo con seis mujeres, y ninguna de ellas destacaba por su belleza.

Durante el año en París, la calentura amplificó todos mis sentimientos negativos. En un momento pensé en comprar un cobayo para sentirme acompañado y tener, al menos, el cariño incondicional de una mascota. Así de triste estaba.

Buscaba prostíbulos, y lo malo era que las putas estaban en parques gigantescos (como el Rosedal en Buenos Aires). Varias veces fui a recorrer los bosques, pese a que no me inspiraban mucha confianza. Al final no estuve con ninguna porque el contexto me daba un poco de miedo. Además, eran todas gordas africanas horribles.

Para aquel entonces ya ni siquiera me importaba que las personas supieran de mi extremo estado de necesidad. Una vez, una amiga del Máster, Marie, preocupada por mi estado depresivo, me invitó a tomar un café. Allí le comenté lo caliente que estaba. Ella, comprensiva,  me comentó que había estudiantes de doctorado que, como trabajo “part time”, se dedicaban “a la profesión más antigua del mundo”. Me resultó gracioso. En Israel pasaba lo mismo. Como dice la cumbia: “no lo hace por dinero, sólo lo hace por placer”. Igual cobraban.

El sistema era sencillo: algún conocido le mandaba una foto del potencial cliente y la chica decidía si aceptaba o no, y cuánto le cobraría. Es el mismo sistema que usan los empresarios en Argentina con las modelos famosas. Al final no pasó nada porque la chica nunca respondió el mensaje de Marie. Desesperado, hubiera podido cogerme cualquier cosa que caminara. Lo cómico era que yo sospechaba que Marie me tenía ganas. Igual no era muy atractiva. Era una buena amiga y muy copada, pero… ni en pedo, era gorda y fea. Caliente y todo, hay límites.

Más allá de la calentura, en el fondo quería cariño y compañía. Jamás fui el típico idiota chamuyero que quiere cogerse a todas. Era un tipo tranquilo, romántico, idealista. Y así me fue: en la Argentina terminé como una especia de virgo raro depresivo.

En la desesperación me suscribí a un foro virtual para conocer mujeres, pero como odiaba chatear aposté a la ley de los grandes números: apenas contactaba a alguna chica le proponía ir a tomar un café. Es mejor conocerse en persona, decía. Repetí la estrategia unas cien veces y cinco chicas me pasaron el teléfono. Al final sólo me vi con una pero no hubo onda, y además era fea.

Todas las que aceptaron la propuesta eran extranjeras (no parisinas). Las chicas de París eran como las porteñas: creídas, irreverentes y muy histéricas. Ni locas aceptaban la invitación, lo que me obligaba a sufrir el juego virtual, uno bastante macabro en el que ellas tenían todo el poder. En la mayoría de los casos yo perdía la paciencia muy rápido y me lanzaba a nuevas conversaciones.

Sólo con una probé seguir el juego hasta el final, quería ver hasta dónde llegaría. Fue insoportable, daba vueltas y vueltas. Al final me cansé y le escribí una linda puteada en francés. No sé qué me pasó, sentía una bronca terrible. Al rato quise disculparme pero ya era tarde, la mina me agredía y me provocaba con un discurso “feminazi”.

Ese pequeño acto de rabia duró un segundo pero no fue algo inocente, sino un síntoma muy grave: tras años de interminables rechazos algo se había gestado en silencio dentro de mí, y aquella era la punta del iceberg del rencor. En realidad siempre había estado ahí, pero sólo se manifestaba durante ocasionales borracheras.

Durante la cursada, por las noches, cuando la soledad desesperaba, hablaba durante horas con mi hermano. Eso me ayudaba a combatir el aislamiento, y además lo extrañaba mucho. Por entonces él estaba en Nueva Zelanda. Le conté lo mal que me sentía por no poder levantar minas y me recomendó un libro titulado “Los cuadernos del maestro”. No se me había ocurrido buscar algo por mi cuenta; de seguro hubiera encontrado millones de cosas, pero estaba más preocupado por encontrar trabajo. Necesitaba un ingreso para quedarme, o mejor para no volver. Apenas recibí el libro lo imprimí y comencé a leerlo, pero pronto lo abandoné. Quedarme en Francia era la prioridad, y lo primero que hice fue anotarme en otra maestría para poder renovar la visa y el seguro médico.

También me refugiaba en la nostalgia: enviaba mails a personas a las que no veía hacía tiempo. Una de ellas fue Martina, mi primera vez en el sexo a los veintiuno: habían pasado ocho años. Primero le mandé un mail y respondió con alegría. Luego hablamos por Skype y se recuperó la magia. Fue lindo volver a hablar con ella. Me presentó a una amiga, Sofía, que hacía un intercambio en Paris en Sciences Po. Los ricos estudian en las Grandes écoles, la plebe, como yo, estudia en la Sorbonne.

Cuando se venció la beca me mudé con un amigo, Santiago, pero al mes me echó. Mi falta de tacto y de sentido común, sumada a su obsesiva forma de ser, hicieron de la convivencia un infierno. Entonces dejé mis cosas en su depto y comencé a dormir en hostels. A veces me quedaba en una habitación pequeña que me prestaba Sofía. Mis viejos estaban dispuestos a bancarme un poco más con el tema de la guita pero yo estaba exhausto, agobiado por el cansancio físico y emocional, y para colmo nadie quería darme empleo.

Esa noche de octubre, sentado en la mesa de un hostel, algo afiebrado, le escribí a mi viejo un mail en el que le expresaba la bronca y frustración que sentía, aunque entre líneas también se advertía tristeza. No tardó mucho en responder: ya está, dijo, tenés que volver. Hubiera podido lucharla pero ya no daba más.

Respondí que sí y al día siguiente saqué el pasaje de regreso. En los primeros días de noviembre del 2012, al pisar Buenos Aires luego de casi un año y medio, sentí el amargo sabor de la derrota del fracasado: mi lado positivo repetía la frase: Reculer pour mieux sauter, dar un paso atrás para tomar impulso. Quería volver en seis meses, ya que había arreglado trabajar con uno de mis tutores vía Skype, pero eso nunca sucedió. Tampoco volví a París en los siguientes tres años, los que terminaron por cambiar mi vida para siempre.

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