No se habla abiertamente de qué sucede con el terror. Hay una honestidad en este género que resulta perturbadora, incómoda: miente para decir la verdad. Desde esa misma honestidad, desde ese juego de apariencias que disfraza lo terrible para confrontarlo con el lector, es desde donde nos habla Rubén Sánchez Trigos con Bajo el barro. Una novela de terror, con todas las letras y sin ambages ni falsas etiquetas. Terror.

Cuando Rebeca dejó la colonia Monte Laurel pensó que también dejaba atrás lo peor de su adolescencia: el sobrepeso, el bullying, el recuerdo de su madre fallecida. Ahora, cuatro años más tarde, no puede creer que tenga que regresar al lugar en el que tanto daño le hicieron y verse obligada a participar en el juego que su hermano y dos chavales más han construido en el instituto: un inocente pasaje del terror de resultados, sin embargo, inexplicables. Quienes lo han probado ya no han vuelto a salir. Nadie sabe qué pasa tras aquella puerta, pero todos los vecinos quieren confirmar el rumor que se ha extendido por toda la colonia: el pasaje sabe algo de todos ellos, de cada vecino, incluso lo ya olvidado, aquello que fue enterrado bajo el barro para que nunca más volviese a emerger a la superficie.

Nos encontramos con una mezcla de elementos del horror más clásico que tienen, como telón de fondo, el costumbrismo español. Aunque esta aseveración se va volviendo más falaz a medida que avanzamos en la lectura de Bajo el barro: el costumbrismo no es un escenario, no es un contexto, en la misma media que el medio oeste americano no es un simple contexto en la obra de Stephen King: Rubén Sánchez habla desde un lugar muy concreto, y la novela al completo no funciona si la extrapolamos a otro contexto. Monte Laurel, la colonia en que suceden los hechos, es una amalgama de los barrios de clase media de la periferia de Madrid: es una metáfora de los Leganés, Fuenlabrada, Móstoles, Villaverde, antes de convertirse estos en verdaderos hervideros de chalés de nueva construcción y en barrios-dormitorio. Lo que empezó siendo Carabanchel, y recorre el auge y caída de estos a través del pasaje de terror y de los niños.

El bullying es el gran tema del libro, pero el miedo es la melodía única. Un miedo a lo externo (el acaso, la falta de aceptación, la violencia, la exclusión social…), y un miedo a lo interno (los secretos, los anhelos, las mentiras…), algo con lo que difícilmente no podrá identificarse la mayoría de lectores.

Bajo el barro establece muy pronto sus temas y la manera de acercarse a estos: desde una narración ligera, llena de interludios (programas de televisión sobre el incidente, blogs, mensajes, extractos de libros), en capítulos cortos que se convierten en “pasapáginas”, aludiendo así a una estructura contemporánea de la literatura de terror (y aquí volvemos a mencionar a King, pero también a Joe Hill, Paul Tremblay, Jack Ketchum…) que emplea un lenguaje sencillo, una forma muy cinematográfica de entender el género, que tienen en cuenta al lector y que comprende muy bien las reglas de su propio mundo. En estos aspectos se nota que el autor es, además, guionista de cine (ha trabajado en producciones de la talla de Verónica, una cinta de Paco Plaza) y se nota que su bagaje literario es muy amplio.

Los puntos fuertes de la novela son sus personajes y su ambientación: la colonia Monte Laurel termina siendo creíble, por sus personajes creen en ella y el lector se ve arrastrado por estos. El pasaje es un lugar oscuro, misterioso, el centro de toda la narración y el embudo hacia el que se dirigen todas las acciones. La exploración de los miedos a través de este resulta perturbadora y verosímil: los personajes son retratados de forma efectiva, yendo de menos a más, conociendo primero su papel en la novela y, más tarde, sus verdaderas motivaciones, en una suerte de cajas de sorpresa que se van abriendo poco a poco a lo largo de las 600 páginas con cuenta Bajo el barro (que a nadie asuste esta cifra, su lectura es tremendamente ágil).

Como resultado, nos topamos con una novela de terror sin miramientos, con escenas duras, con momentos políticamente incorrectos, pero sin lo chabacano y poco elegante que nos encontramos en muchas de estas narraciones de autores no consagrados. Rubén Sánchez ha creado una novela que no necesita medirse con nadie y que se sostiene por sí misma; bebe de muchas fuentes, pero hace suya la narración, se mueve con seguridad y establece un pacto inamovible con el lector: que esto será incómodo, pero todas las sendas deben ser transitadas en algún momento. Quizás un metáfora del mismo mensaje que lanza el pasaje dentro de la propia novela.

Como elementos menos satisfactorios, quizás una predisposición a que el final sea algo previsible, precisamente por todas las referencias y lecturas que los amantes del género horror manejarán con soltura y que establecen muchas de las bases que luego arman la estructura de esta novela. O la elección “sencilla” de establecer como nexo del horror parte de la historia más universal de los lectores españoles, elecciones en la forma de dar respuestas que corren pocos riesgos. En Bajo el barro las preguntas son más satisfactorias que las respuestas, y esto parece algo deliberado y respetable, pero no deja de ser una advertencia para cierto tipo de lector.

En definitiva, una novela de terror patria como pocas se ven ya. Mientras que la mayoría de autores de terror español se disfrazan tras la etiqueta de “thriller” (y el tema de por qué el terror está tan denostado, incluso temido, en nuestro país daría para mucho más que un artículo) y otros intentan aspirar con desesperación a la etiqueta de “el Stephen King español”, Rubén Sánchez se coloca alegremente en el cajón de los pocos atrevidos: los que hacen algo cercano a su tiempo, a su ciudad, a su generación, y lo hacen con honestidad y de forma muy consciente. Bajo el barro se hace fuerte en su sencillez y universalidad, y muchos lectores, yo entre ellos, se alegrarán.

Rubén Sánchez Trigos nació en Madrid y creció en Fuenlabrada. Doctor en Comunicación Audiovisual con una tesis sobre el cine de zombis español, se ha especializado en ficción fantástica y de terror española. Como teórico, ha dedicado artículos a este tema en libros como Historia de lo fantástico en la cultura española (Iberoamericana, 2017), Historia de la ciencia ficción en la cultura española (Iberoamericana, 2018), entre otras revistas y volúmenes. También ha escrito el ensayo La orgía de los muertos. Historia del cine de zombis español (Shangrilá, 2019). Ha publicado la novela Los huéspedes (finalista del Premio Drakul de Novela) y sus cuentos se han recogido en distintas antologías. Como guionista, ha trabajado en el desarrollo de películas como Verónica (Paco Plaza, 2017) y ha coescrito los cortos Cambio de turno (2006), Cuestión de actitud (2008) o El intruso (2005), nominado al Goya al Mejor Cortometraje de Ficción. Imparte clases de guion y literatura en U-tad Centro Universitario de Tecnología y Arte Digital y en el Máster de Guion y Series de Televisión de la URJC.

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