Reloj de sol Covelo Pontevedra (Fuente).

Los cambios en la sombra que el sol proyectaba a lo largo del día llamaron la atención a los primeros seres humanos, quienes no tardaron en interesarse por el transcurrir del tiempo.

En el Antiguo Egipto de los faraones se construyeron grandes obeliscos de piedra que proyectaban sus sombras sobre un suelo graduado, formando así gigantescos relojes de sol. Uno de esos obeliscos, la portentosa Aguja de Cleopatra, acabó en Londres a comienzos del siglo XIX.

Con posterioridad, tanto en Grecia como en Roma se generalizó el uso doméstico de pequeños relojes solares. Consistían en un trozo de madera o metal, denominado gnomon, cuya sombra se proyectaba en un plano graduado con las horas. En la división del día que hacían los romanos, la duración de las horas variaba según las estaciones del año. En verano las horas diurnas eran más largas que las nocturnas. La vida diaria, que hasta entonces se había organizado a partir de las necesidades físicas del ser humano, comenzó a organizarse a partir de las mediciones del reloj.

Cuando no podía contarse con la luz solar, los relojes de arena y los de agua tomaban la posta, aunque funcionaban más bien como cronómetros. Las velas marcadas, utilizadas para medir las horas nocturnas, se popularizaron en el Medioevo.

En China, durante la dinastía Song, el inventor Su Song construyó en 1094 un gran reloj de agua para el emperador. Funcionaba con una gigantesca rueda de madera que se movía cada cuarto de hora actual, a medida que un recipiente se llenaba de agua y su peso empujaba la rueda. Lo revolucionario del invento de Su Song consistió en la introducción del mecanismo de escape, que permite regular un movimiento giratorio para que se refleje como movimiento oscilatorio. El escape resultaría trascendental para la relojería que vendría después.

El siguiente salto en la medición del tiempo fue la mecanización de los relojes, que se produjo posiblemente en Inglaterra durante el siglo XIII. Los relojes mecánicos funcionaban mediante un sistema de pesas, que proporcionaba la energía que consumía el movimiento del artefacto. Estos relojes carecían de agujas y señalaban el paso de las horas mediante toques de campana. El escape consistía en una barra pivotante que liberaba intermitentemente una rueda dentada, manteniendo así el vaivén del dispositivo. La campana sonaba mediante la activación de un cigüeñal. Por entonces, los relojes se adaptaron rápidamente a la vida religiosa de monasterios y abadías, incorporando imágenes sagradas a su diseño.

El siglo XVI traería un nuevo desarrollo técnico: el muelle o resorte, que proporcionaba la energía provista antes por las pesas. Esto permitió fabricar relojes más pequeños que, aunque resultaron menos precisos que sus antecesores, se difundieron rápidamente hacia mediados de ese siglo.

Basándose en las observaciones de Galileo Galilei sobre el movimiento pendular, el astrónomo holandés Christian Huygens consiguió diseñar un nuevo reloj en 1657. Poco después, con la patente de Huygens, Salomón Coster inició la fabricación de los relojes de péndulo. Con ellos, la precisión logró un gran avance.

En el siglo XVIII los relojeros franceses se abocaron a la construcción de piezas decoradas con rica y abundante ornamentación. Durante esa era de relojes barrocos, los aristócratas de toda Europa encargaban a los maestros relojeros de París fastuosos relojes de péndulo para anexarlos al mobiliario de sus palacios.

Mientras tanto, los relojeros ingleses se dedicaban a la construcción de piezas más sencillas pero más prácticas y sólidas. La utilización de los relojes en la marinería era una cuestión que los desvelaba particularmente. Hasta entonces, la latitud podía establecerse por la posición del sol y las estrellas en relación al horizonte, pero la determinación de la longitud requería conocer la hora exacta del puerto de salida, para luego calcular cuántas horas hacia el Este o el Oeste se había navegado. Las olas marinas hacían que ese cálculo fuese impracticable con un reloj de péndulo.

En 1735, John Harrison, un modesto carpintero de pueblo, habría de resolver la cuestión, cuando presentó ante la Junta de Longitud un curioso dispositivo que había bautizado como H1. El reloj de Harrison prescindía del péndulo y se valía de unos complejos mecanismos de muelle para contrarrestar los vaivenes de cualquier oleaje. A partir de entonces, los barcos de Su Majestad Británica pudieron navegar más seguros.

A comienzos del siglo XIX, la industria relojera estaba en pleno auge. Ante el crecimiento de los pedidos de relojes hogareños, el fabricante estadounidense Eli Terry comenzó a montar relojes que usaban piezas intercambiables. Ese fue el comienzo de la industrialización seriada en la relojería.

También a comienzos del siglo XIX, el mecanismo de caracol (fuseé, en francés), que compensaba la pérdida de energía en el movimiento de retorno, se adaptó para relojes pequeños. De ese modo, nació el reloj pulsera, que pronto se convirtió en un producto de uso casi exclusivamente femenino. No fue sino hasta la Segunda Guerra Mundial, ya en pleno siglo XX, cuando los hombres comenzaron a utilizarlo masivamente. Para entonces, la industria relojera suiza ya había desbancando a su competidora estadounidense del primer sitio en la producción mundial de relojes.

Entre 1950 y 1970 se produjo una nueva revolución en la historia de la relojería, que de alguna manera supuso el retorno a los procedimientos no mecánicos para el cálculo del tiempo. El desarrollo consistió en aplicar una corriente eléctrica a un minúsculo cristal de cuarzo, de modo que el movimiento vibratorio de éste proveyera la energía que antes proveían las pesas, los péndulos o los caracoles metálicos. De la mano de la miniaturización, los relojes de cuarzo tomaron la delantera hacia finales de la década de 1960.

En 1955 se presentó el reloj atómico, que utilizaba el movimiento de las partículas al interior del átomo para medir el tiempo. Mucho más precisos que los de cuarzo, los relojes atómicos se incorporaron al control de satélites, medición de mareas y calibración de equipos médicos. También permitieron demostrar los cambios en la duración de la rotación del planeta.

Los antiguos relojes mecánicos, lejos de extinguirse, perduran hasta la actualidad, gracias al entusiasmo de historiadores, museólogos y coleccionistas. El H1 fabricado por John Harrison, por ejemplo, continúa funcionando aún en el Museo Marítimo de Londres, tal como lo hacía cuando los barcos de vela del siglo XVIII lo utilizaban para orientarse en el mar.

Comentarios

comentarios