Recientemente leí un artículo muy interesante en el sitio de SciELO: “Hábitos de lectura de la literatura científica entre los investigadores”. En él se citan los resultados de investigación en cinco universidades norteamericanas y dos australianas en torno a hábitos de lectura en la comunidad científica. Se obtuvo información sobre frecuencia de lectura y formatos preferidos para dicha actividad, entre otros datos.

Según el sondeo los investigadores leen, en promedio, 22 artículos, 7 libros y 10 publicaciones de otro tipo al mes. Esto da como resultado 216 horas anuales en lectura de artículos, 148 horas para leer libros y 84 horas para otros tipos de publicación. En suma invierten 448 horas en lecturas de tipo científico.

Los datos también indican que los investigadores que recibieron reconocimientos por sus trabajos leen más que sus colegas: 30 artículos, 10 libros y 14 publicaciones de otro tipo de manera mensual.

No es necesario extendernos sobre los beneficios que trae el dedicar horas de lectura diaria, sin embargo, pensemos ahora que la cantidad de tiempo que invierten los investigadores les dotaría de una mejor comprensión de su objeto de estudio, les aportaría capacidad de crear teorías y explicaciones para determinados fenómenos, asimismo les daría un sólido soporte para argumentar, defender y polemizar sobre ciertas ideas o teorías rivales.

Lo que se desprende de lo mencionado es que para arribar a una mejor comprensión de determinado fenómeno, es vital la formación y reflexión. Los argumentos de los investigadores están sustentados por horas de lecturas que después se transformarán en reflexiones. Obviamente, esas teorías podrán ser debatidas y sustituidas por una teoría rival si presenta una mejor potencia explicativa.

¿De qué están hechos nuestros argumentos?

Dejemos de lado los hábitos de lectura de la comunidad de investigadores universitarios y veamos un poco del mundo más cotidiano. De acuerdo a World Reading Habits 2020, la India es el país con mayor promedio de horas de lectura por semana con casi 11. A partir de ahí Tailandia y China tienen promedios de lectura semanal de entre 9 y 8 horas. Un grueso de naciones promedia entre 6 y 5 horas.

Ahora tomemos como caso una cantidad de horas que se mueva en el promedio, digamos Estados Unidos (5 horas y 42 minutos). Eso significa que al mes en ese país se lee casi 22 horas, lo que al año serían poco más de 260.

Esas 260 apenas serían un tanto más de la mitad de lo que los investigadores invierten para comprender su objeto de estudio. Además, aquí cabría preguntarnos siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, ¿qué se está leyendo en esas 5 horas? Según el reporte de Teads “What are consumers Reading during the Covid-19 outbreak” los tres temas principales de lectura entre los norteamericanos son: i) temas asociados a la salud, ii) ingredientes de recetas y iii) temas sobre entretenimiento y películas.

El estudio de Teads muestra que en cada región hay temas de lectura muy particulares pero con preponderancia de temas vinculados a la salud.

Lo que se quiere argumentar es que en tiempos en los que una opinión no necesariamente razonada, ni informada llega a gran cantidad de usuarios de redes sociales habría que ser más responsables con lo que se argumenta. Ya vimos que en el caso de la comunidad de investigadores existe un gran bagaje formativo para sustentar o criticar una teoría, entonces bajo ese ejemplo, uno debería informarse para emitir declaraciones con sustento y, de esta manera, enriquecer el debate público.

¿Tenemos capacidad de emitir análisis, por ejemplo, de elecciones ocurridas en Estados Unidos, Bolivia o Chile? ¿De qué calidad son y en qué sustentamos esos análisis? Por supuesto que somos libres de dar juicios del tema que nos venga en gana pero dar una opinión razonable es difícil y requiere, claro, leer e informarse sobre ese tema.

Vivimos tiempos en los que de acuerdo a la neurocientífica Maryanne Wolf hemos perdido paulatinamente “paciencia cognoscitiva” -capacidad de procesar y comprender información a niveles profundos -. Además hay todo un debate sobre si las formas en que las nuevas tecnologías y hábitos de lectura están modificando de manera negativa nuestra capacidad de concentración y, por añadidura, de comprensión.

Mientras eso sucede, los argumentos de debate en redes sociales, más allá de la información y formación sobre un tema, son la burla y la humillación del contrario. Poco espacio existe para el intercambio razonado de ideas. Recuerdo que cuando cursé la materia de metodología de la investigación en la universidad el maestro hizo una pregunta, “¿al defender una teoría debemos informarnos acerca de las teorías rivales? Claro, para saber si la nuestra tiene fallos o tenemos que fortalecerla”.

No estamos diciendo que leamos al ritmo de un investigador, sin embargo, sí adoptar cierta responsabilidad al participar en el debate público. Nosotros decidiremos de qué llenamos nuestros argumentos: de ideas, lecturas, teorías o de necedad y desinformación.

 

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Fuentes:

https://blog.scielo.org/es/2014/04/03/habitos-de-lectura-de-la-literatura-cientifica-entre-los-investigadores/#.X7r21PlKiUm

https://www.nature.com/news/scientists-may-be-reaching-a-peak-in-reading-habits-1.14658#auth-1

https://www.comunidadbaratz.com/blog/cuantas-horas-semanales-dedican-las-personas-de-cada-pais-a-la-lectura/

https://www.teads.com/the-content-that-captivates-how-covid-19-is-changing-our-reading-habits/

https://geediting.com/world-reading-habits-2020/

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