Derribando muros de Marina Abramović

«El arte es cuestión de vida o muerte», dijo Bruce Nauman. En 1973 Marina Abramović realizó su primera gran performance. Basándose en un antiguo juego ruso, frente a un auditorio, utilizó una serie de cuchillos para apuñalar el espacio entre sus dedos extendidos lo más rápido que pudo. Ni que decir tiene que todo se llenó de sangre. A la obra la bautizó Ritmo 10. El público estaba entusiasmado. La entonces jovencísima artista había encontrado su medio. «Había experimentado con la libertad absoluta. Había sentido que mi cuerpo no tenía fronteras, límites; el dolor no me importaba. Nada me importaba en absoluto. Y eso me embriagaba. Ese fue el momento en que supe que había hallado mi medio. Ninguna pintura, ningún objeto que pudiera crear podría alguna vez darme esa clase de sentimiento, y era un sentimiento que yo sabía que desearía buscar, una y otra y otra vez», escribe en Derribando muros, sus memorias.

Años antes, cuando Marina tenía 14 años, su padre le organizó una clase de pintura con el artista serbio Filo Filipović. Fue un encuentro que dejó a la joven Marina una huella imborrable. Filipović comenzó colocando un lienzo en el suelo del estudio de Marina. Luego lo cubrió con pegamento, arena y un poco de pigmento rojo, amarillo y negro. Finalmente, le echó medio litro de gasolina, encendió una cerilla y esperó el resultado inevitable. «Esto es un atardecer», le dijo y se marchó. Esta experiencia le enseñó a Marina que el proceso era más importante que el resultado, que no tenía que limitarse a las dos dimensiones de la pintura, que podía crear arte con cualquier cosa, con agua, con fuego, con el cuerpo, con cualquier cosa. Aprendió que ser artista significa poseer una libertad inmensa.

Cuatro décadas más tarde, Abramović, se había convertido en la artista de performance más conocida del mundo. En algún momento de sus memorias, Marina plantea un concepto que sonará a más de uno. Existen en realidad tres Marinas: una guerrera, valiente, decidida, fuerte; otra espiritual; y una última insegura, la pequeña Marina que piensa que todo lo hace mal, que es fea y que nadie la quiere. Sobre esas tres Marinas, incluso sobre la última, que siempre había permanecido fuera de la vista del público, tratan sus memorias.

El libro comienza describiendo su infancia en la Belgrado de la Yugoslavia comunista. A diferencia de la mayor parte de las familias, la suya no sufría privaciones de ningún tipo. Sus padres había luchado en el bando de Tito y cuando acabó la guerra fueron recompensados con importantes puestos dentro del Partido. Pero aunque la pequeña Marina se crió en un apartamento lleno de libros y de obras de arte, la familia era profundamente infeliz. Sus padres se odiaban y su madre, Danica, era excesivamente severa y controladora ‒con veinticuatro años Marina todavía estaba obligada a volver a casa antes de las diez de la noche‒. Bajo estas condiciones, Marina descubrió una vía de escape en el arte.

Su carrera artística tomó un rumbo especialmente importante a partir de 1975, cuando conoció a Frank Uwe Laysiepen, más conocido como Ulay. Nacido en Alemania, Ulay es el artista con el que trabajaría y compartiría su vida durante los siguientes 1doce años. Compraron una vieja camioneta de policía Citroën y vivieron una vida itinerante, haciendo performances donde podían y les dejaban. Una performance temprana, de 1977, Imponderabilia, hizo que se pusieran desnudos en la entrada de una galería de Bolonia, formando una estrecha puerta humana, por la que todos los visitantes tenían que pasar. Su relación fue intensa y satisfactoria, pero Ulay era un mujeriego empedernido y aunque Abramović trató de hacer ojos ciegos, llegó un punto en el que ya no pudo más. Su relación, tanto sentimental como artística, terminó con una performance en la que cada uno caminó desde los extremos opuestos de la Gran Muralla china, hasta que se encontraron justo en la mitad, para despedirse.

A partir de ahí, la carrera de Abramović tiene una inflexión: se vuelve algo más sedentaria ‒incluso compra un edificio en Ámsterdam‒ y aquella que había vivido en la pobreza durante tanto tiempo, comenzó a llevar una nueva vida de excesos, codeándose con celebridades y aristócratas. Pero no tardó en volver a ocupar su corazón, como si no pudiera tenerlo vacío. En esta segunda etapa Abramović conoció el éxito profesional, pero en lo personal, volvió a unirse a otro artista, el italiano Paolo Canevari, que también acabó siéndole infiel y abandonándola. Con la diferencia de que una mujer de sesenta años se enfrenta a la soledad de una forma distinta a una de cuarenta. Así que aunque Marina Abramović se convertía en la autora de La artista está presente, en la que sentaba en silencio en una silla durante 750 horas, mirando a los ojos a un visitante tras otro, presentaba sus obras en museos y galerías de todo el mundo, aparecía en la lista de personas más influyentes de la revista Times ‒en 2014‒ o colaboraba con personalidades como James Franco, Lady Gaga o Willem Dafoe, la pequeña Marina, que piensa que es fea y que lo hace todo mal, seguía presente.

Derribando muros no solo permite comprender mejor la trayectoria de una autora que es historia viva del arte, no solo entender algunos de los hitos más importantes del arte de los últimos cuarenta años, sino que además muestra a las tres Marinas. Estas memorias son, como dicen los versos finales del poema «Bird (Cuestiones de poética)» de Miguel D´ors, el «tallo que enlaza el indecible / esplendor de la rosa / y el estiércol». En definitiva, miseria humana sublimada a través del arte.

Comentarios

comentarios