“Niños, ¡pongan la mesa!”. Y ahí van a poner mantelillos, servilletas, platos, cuchara, cuchillo y tenedor. El tenedor tan necesario para atacar las ensaladas y las carnes, aparentemente tan cotidiano. ¿Quién diría que el ritual de poner la mesa, apenas se volvió una práctica regular en el 1700?

El tenedor, aunque ya había sido inventado y se utilizaba en las mesas de los nobles desde el siglo XI por personajes como Teodora, hija del emperador Constantino, y Leonardo Da Vinci, no tenía un lugar en la mesa, sino que viajaba en los bolsillos de sus propietarios, quienes llegaban a los banquetes con ese extraño artefacto. Era toda una novedad que evitaba al comensal ensuciar sus manos y contaminar la comida, pero a pesar de su higiénico propósito, no le evitó ser considerado un aparato diabólico y condenado por el Cardenal Pedro Damián, quien lo denominó instrumentum diavoli por su parecido con los trinches que llevaban los demonios en la imaginería popular, y a causa de esas ideas, se retrasó su popularización.

Y hablando de la limpieza de las manos, el descubrimiento de la importancia del lavado de las manos para evitar la propagación de microbios, llegó hasta inicios del siglo XIX, ¡mucho más tarde que el uso del tenedor! Antes del uso del microscopio ya se sospechaba que la suciedad en las manos podía ser causante de enfermedades, pero los médicos de la época consideraban que únicamente se trataba de enfermedades dermatológicas. Sin embargo, existían médicos que defendían la limpieza como un sinónimo de salud. ¿Cuál fue la razón por la que no se popularizaron en Europa las medidas higiénicas que estos médicos sostenían? Bien, los médicos que proponían tales medidas eran árabes, y de acuerdo con la medicina occidental, nada bueno podría venir de los infieles. Antes de los descubrimientos de Pasteur y Koch, la gente se lavaba de manera ocasional y superficial, a veces se ungía con aceites o migajas de pan para retirar la suciedad, pero la efectividad del jabón y el agua, llegó muchísimo después.

Otro avance significativo en la ciencia y al que muchos se resistieron con uñas y dientes, fue el alumbrado público. La electricidad no era algo que la población entendiese con claridad y en 1889 el miedo que provocaba la instalación de cables eléctricos en las calles de Nueva York era tangible. Hubo protestas fueron publicados panfletos que advertían de los peligros de la electricidad. Es entendible, pues le precedía una serie de accidentes que ocasionaron incendios en la ciudad. La gente sabía que los científicos del momento no eran capaces de controlar enteramente esta nueva tecnología y temían un sinfín de accidentes en el futuro, actualmente, además de que ni siquiera notamos los postes llenos de cables en la calle, no podríamos imaginar la vida sin luz después de las seis de la tarde y la capacidad de entretenernos en la comodidad del hogar gracias a las bondades de la electricidad.

¿Cuál es el miedo que nos provocan las mejoras en nuestro entorno? ¿Por qué parecemos correr hacia el lado opuesto de la comodidad, la salud y la seguridad?

En lo personal pienso que no se acepta la implementación de algunas tecnologías y novedades por una mezcla de miedos. Al cambio, a lo que el misterio del futuro nos depara y preocupación de que el cambio implementado falle y no sepamos cómo controlarlo. Temor a perder la libertad de seguir eligiendo algo que creemos conocer.

Me viene a la mente el rechazo categórico que experimentó uso del cinturón de seguridad. A pesar de que su uso reduce notablemente el riesgo de mortandad en los accidentes vehiculares, cuando se comenzó a exigir el uso del cinturón de seguridad, muchas personas estaban furiosas. Detestaban ser obligados a utilizarlo, aunque fuera por su propia seguridad, y hacían todo lo posible por no ponérselo. Afortunadamente, parece que la psique colectiva ha ido cambiando con el tiempo, porque no fue necesario esperar siglos para adoptar esta costumbre y en la actualidad es casi imposible subirse a un auto sin abrochar el cinturón de manera automática.

Ahora vayamos a un método de higiene y cuidado que recientemente hemos tenido que implementar. Increíblemente ha sido adoptada por gente de todo el mundo en menos de un año. Hace doce meses habría sido inusual ver a alguien usando un cubrebocas en la calle sin que estuviera enfermo o en algún tratamiento médico. ¿Por qué se logró que tantos se pusieran el cubrebocas? Porque la vida se nos va en no hacerlo. Si no lo utilizamos, corremos riesgo de adquirir un virus que ha llegado casi a todos los rincones del mundo.

¿Cómo es que no usábamos cubrebocas antes? Cada plática es un regadero de gotículas de saliva, estornudos y gesticulaciones han hecho receptores involuntarios de partículas potencialmente dañinas. Y aunque existen antecedentes, como el uso habitual del cubrebocas en Asia y su primera implementación para evitar la Peste en Europa, aún hay personas que protestan su uso y alegan que usar la barrera, se están vulnerando sus derechos de libre tránsito, como lo muestran las protestas en Estados Unidos.

Personalmente pienso que esta nueva prenda se incorporará a nuestra vestimenta en el futuro, igual que se utilizaba el sombrero y los guantes. Será parte de la normalidad del mismo modo que ahora podemos encontrar un tenedor junto a nuestro plato en cada comida. Y me emociona mucho pensar qué otras cosas iremos incorporando a nuestro guardarropa o a nuestras herramientas cotidianas que harán de nuestro paso por la vida una experiencia más sencilla.

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