Causalmente vi en Twitter, donde a menudo se encuentran cosas interesantes como disparatadas y memeces diversas, una plataforma que me entusiasmó por su razón de impulsar, oportunamente, una mención a Francisco Ibáñez. En concreto, de otorgarle a éste el premio Princesa de Asturias; algo que ya se le debería de haber concedido –entre otros motivos, por su bagaje de historietas– y, en definitiva, por su obra toda. Esa plataforma ya alcanza más de 2.500 seguidores en Twitter,  y lo importante es que consiga su finalidad, que es lograr un debido reconocimiento a Francisco Ibáñez. Quienes hemos leído sus tebeos es inevitable no profesar una admiración hacia su figura. Pero no es el caso por parte de las instituciones; sobre todo las que reconocen la labor de aquellas personas que nutren la creación, el desarrollo social y su aportación a nuevos valores. De manera que, toda la obra de Ibáñez, suple con creces la originalidad y la creación de anécdotas no tan lejanas de la vida real.

Si algo me ha vinculado a leer sus cómics, ha sido el humor que impregna cada una de sus historias. Un humor que no deja indiferente a cualquiera. Por supuesto Francisco Ibáñez es el prolífico historietista español que ha transformado el género del cómic en nuestro país. Y a través de sus historias, ha contribuido a conocernos mejor a nosotros mismos con una serie de ingredientes: lo disparatado, la hipérbole, lo chocante, el humor por lo absurdo y la parodia. Como tantas veces ha manifestado, sus obras no tienen un fin en concreto; pero esto es un disimulo de sus verdaderas intenciones, porque quien haya leído sus tebeos –o continúe haciéndolo– podrá comprobar que en el fondo sus cómics son un ejercicio de autoconocimiento. Un esbozo de la sociedad española: hacerlo todo a trancas y barrancas, echarle la culpa a otro, realizar el día a día a base de vaivenes y sin frenos, la irascibilidad nacional cuando no se cumple lo inmediato o lo urgente, la impuntualidad y la parsimonia. También sus personajes, sobre todo el Rompetechos, que es uno de sus preferidos, encarnan la infamia de políticos corruptos, meapilas y chabacanos. Sus parodias suavizan el ardor contra las injusticias y los errores de los que, a menudo, somos víctimas. Y en esta España actual, cuyo paisaje resulta demencial y escalofriante, se echa de menos el humor. Pero no cualquier humor. Hablo del humor sencillo, sublime, natural, inteligente y con un mensaje crítico.

Eso mismo ha venido logrando Francisco Ibáñez desde Kitín, el amigo de los niños que, por cierto, sedujo a todos los párvulos y no tan chiquillos durante los años de la Transición. Y, lo que lo encumbró, haciendo de él un hombre noble, valiente y aventurero, ha sido sus míticos personajes Mortadelo y Filemón. Los mismos me recuerdan por sus andanzas a don Quijote; con esos varapalos que reciben, caídas, su mala suerte o sus ostiones, y esa forma que tienen de reponerse a cuantos palos se llevan en su camino. Cuando en 1958 aparecieron aquéllos  ni él mismo se imaginaba la repercusión que tendrían esos dos detectives chiflados, sin premeditación ninguna, torpes como cazurros, mas no carentes de gracia. En su momento, estuvieron a punto de llamarse Ocarino y Fideíno, detectives finos. Pero fue un amigo suyo quien le recomendó el nombre de los detectives de la T.I.A. Tiempo más tarde, aparecerían personajes añadidos como Ofelia y el doctor Bacterio. Toda esa saga, que ha llegado a los 100 millones de ejemplares, ha conquistado el inconsciente colectivo de muchos jóvenes y no tan jóvenes. Ese imaginario se transformaba  con cada gag que relaciona una viñeta con otra. Y estoy seguro que ese imaginario hacía a los lectores de Ibáñez más libres. Nada que ver con el imaginario de decenas de jóvenes de hoy día, abstraídos en los videojuegos, las aplicaciones o el Tick Tock. O bien en las garras de los influencers o los youtubers oportunistas que acaparan el idealismo de masas.

El caso que nos atañe: es por qué antes no se le ha reconocido a Francisco Ibáñez una distinción que, en el plano nacional, resalte su persona y su legado; aunque no hace falta, pues sus lectores –que todavía los tiene, sin duda– hacemos que sus personajillos vivan y penetren en nuestras cabezas. Lo desagradable de todo, es que cuando él no esté habrá muchos políticos que lamentarán su pérdida, o que incluso se pronuncien con evidente postureo en Twitter algo así como: «Hoy nos ha dejado un gran hombre que tanto nos dio con sus historias y ensoñaciones. Mi pesar y condolencias a la familia y amigos de Francisco Ibáñez». Nuestra querida España es así: se habla bien de alguien cuando ya no se encuentra en la faz de la tierra. La hipocresía se destapa por sí sola, porque de todos esos políticos que teatralizarán el sentir de su pérdida, cuántos de ellos lo han leído. O han crecido a merced de sus tebeos.

Los grandes galardones a nivel institucional –como los Premios Princesa de Asturias o el Cervantes– suelen otorgárselos a autores políticamente correctos. No es que Ibáñez haya sido lo contrario, sino que pone a la sociedad española en su punto de mira, retratándola de la manera más humorística. Y algo así, en faena de rematar simpatías, siempre hay sectores que se incomodan. Cuando se conceden los mencionados premios, por lo general, se los otorgan a autores latinoamericanos –contra los que no tengo nada, por supuesto– o bien se los otorgan a autores extranjeros cuyas obras apenas son conocidas en nuestro país; y eso demuestra el poco, o escaso, reconocimiento que se hace al talento español. Quizás porque el género del cómic no arrastra tantas audiencias como, verbigracia, Japón, China o Estados Unidos; allí donde los tebeos son sobreexplotados incluso por la industria del cine. Así que en el caso de ser americanos, acostumbrados a hacerlo todo a lo grande, Francisco Ibáñez estaría hartísimo de galardones, calles y colegios con su nombre, abismalmente laureado –como es el caso de Milton Caniff; Will Eisner o Chris Ware– a los que nuestro historietista nada tiene que envidiar. Está mayor. Y pese a las energías que le queden a sus 86 años, como cualquier persona a esa edad, la putrefacción de esta época le debe producir muchos desagrados, a medida que todo el lustre de aquellos tiempos en los que los niños tenían saludables razones para divertirse, se está muriendo por momentos.

Una larga vida entregada a las historias, y, en especial, entregada al humor con personajes pintorescos que se quedarán, claro está, pero a reducidos niños, adultos o mayores, que se endosarán sus tebeos como un sacrilegio de alto valor del que nunca van a querer desprenderse. Tal vez, porque esas historietas nos transportan a la infancia o nos arrancan una carcajadas. Eso que siempre tiene el efecto de sus cómics.

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