Representación de la Cabra de Yule.

Como cada año por estas fechas, la Navidad llama a nuestras puertas. O como les gusta llamar a los actuales neopaganos y wiccanos, el Yule o Solsticio de Invierno, aunque tiene varios nombres más, procedentes de la antigüedad: Saturnalia, Hiemal, Alban Arthan, Júl, Ýlir, entre otros, según la cultura de la que estemos hablando.

Veremos las similitudes entre esta antigua fiesta invernal, celebrada desde hace milenios, con la actual Navidad. De la misma manera que la mayoría de festividades que celebramos hoy día, tiene su origen en culturas prerromanas. Es sorprendente la cantidad de costumbres que hemos importado de nuestros ancestros, arrastrándolas durante decenas de generaciones.

Los romanos y sus herederos cristianos adaptaron las celebraciones católicas basándose en el calendario pagano, en un intento para que estos asimilaran mejor la nueva religión. De la misma manera, los pueblos celtas, germanos y nórdicos continuaron con ciertos ritos y tradiciones, extrapolándolos al nuevo culto.

Las fechas

Yule se comenzaba a celebrar la noche más larga del año, la del Solsticio de Invierno (alrededor del 21 de diciembre). Duraba hasta el día uno, o dos de enero, dependiendo de la región. La Iglesia definió una fecha aproximada a esta adrede para establecer el nacimiento de Cristo y sustituir esta festividad, a pesar de que calculando los datos de los evangelios, se cree que el profeta nació en septiembre.

Solsticio de Invierno.

El motivo

No es casualidad que se eligiera esta fecha para establecer el nacimiento de Jesucristo, y no otra como Samhain o Imbolc.

Los cristianos conmemoran el nacimiento de su profeta y salvador Jesús. Los centroeuropeos en cambio celebraban el renacimiento de la luz y la vida en la tierra. A partir de la noche del solsticio, la luz comenzaba a ganarle terreno a la oscuridad. Las hojas de los árboles, los frutos y los cultivos volverían a brotar. De la misma manera que el Sol aportaba esperanza y un nuevo comienzo, los cristianos veneraban la natividad de su mesías, traído al mundo para otorgar la redención a la humanidad. Ambos “nacimientos” eran perfectos para celebrarse juntos.

El Black Friday

Es un término que se ha instaurado hace pocos años en nuestro vocabulario, antaño se definía solo por ser el día en el que “íbamos a por los regalos”. Y no tenía que ser expresamente el último viernes de noviembre. Era, sencillamente, el día que nos iba bien.

De la misma manera que nosotros pasamos un mes ─de hecho, cada vez antes─ preparándonos para la Navidad, nuestros ancestros tenían por costumbre pasar el día antes del Solsticio de Invierno en familia. La diferencia radica en que en lugar de acudir en masa a los centros comerciales, ellos organizaban una excursión al bosque para su particular Black Friday (que evidentemente, no se llamaba así). Allí recogían piñas, hojas de pino, tejo y acebo; muérdago y plantas enredaderas como la hiedra. Con suerte, también podrían hacerse con algunas bayas, frutos rojos y coloridas flores de acacia. Esta práctica no era por mero afán de acopio, más bien respondía a un objetivo que ahora veremos. También era el día para que el druida o máximo estamento religioso de la aldea seleccionara un árbol para cortarlo y conformar lo que ha llegado hasta nuestros días como “tronco de Yule”.

Adornos de navidad

Hoy en día decorar la casa con guirnaldas, luces, el árbol de navidad, belenes y demás solo cumple con un aspecto estético para infundirnos de espíritu navideño. Hace siglos evocaba un significado más espiritual. Adornar el hogar con hojas de árboles perennes era una plegaria a la buenaventura, pidiendo a la suerte que el invierno no fuera demasiado duro con la familia y llamando a la abundancia. El muérdago de roble también tenía su significado, pues simbolizaba la fuerza y robustez de este árbol. Con los helechos obtenidos el día de la recolecta se fabricaban ornamentos artesanales como coronas de hojas que se colgaban en la puerta de casa a modo de amuleto de protección. También abundaban los elementos rojos y verdes, símbolos del nacimiento (por el color de la sangre del parto), y la tierra, respectivamente.

De la misma manera que nosotros colgamos luces en nuestras fachadas, colocar velas y candiles en los alféizares de las ventanas era un símbolo de hospitalidad. Indicaban que todo aquel viajero que pasara por allí sería bien recibido para pasar la fría noche con un plato de comida caliente frente a la hoguera.

Las piñas de pino, colgadas por las habitaciones mediante cuerdas o engalanando el tronco de Yule, y en ocasiones pintadas de colores, eran una alegoría a la fertilidad.

El árbol de Navidad

Nosotros tenemos dos maneras de tener nuestro abeto en casa: o bien tenemos uno de plástico guardado en nuestro trastero que solo ve la luz durante estas fechas, o compramos uno real cada año que irremediablemente acabará en la basura. Los celtas, en un primer momento, no necesitaron de un árbol entero. El rito se limitaba al tronco de Yule. Consistía en un leño de roble, pino o abeto. Se decoraba con esmero y se le pedían deseos para el próximo año, todos los miembros de la familia tenían algún sueño que cumplir. Durante la noche del solsticio, este tronco se quemaba en un ritual, pretendiendo que la luz del fuego iluminara la noche más larga del año. El humo ahuyentaba a los malos espíritus que pudieran estar acechando alrededor, y las cenizas se tiraban sobre los campos para garantizar una buena cosecha. También se guardaba una porción de estas para un futuro, pues se creía que tenían propiedades curativas.

Otra de las herencias que nos ha dejado el tronco de Yule es un postre, hoy conocido como tronco de navidad. Una apetitosa lámina de bizcocho enrollada a modo de cilindro y recubierta de chocolate. Al cortarlo para servirlo deja al descubierto unos círculos que nos recuerdan a los radios medulares de un tocón.

El origen de instalar un árbol en casa o en el centro de la aldea provino del Yggdrasil vikingo. Con tal de representarlo talaban un roble para luego, como no, colmarlo de amuletos y tallar en él símbolos sagrados.

El Tió

Hablando de troncos, no podíamos omitir esta costumbre catalana y su similitud con lo que podría haber sido alguna antigua tradición. Los días previos a la Navidad se instala un tronco bajo el abeto. Se le pone cara, ojos, nariz, y hasta pequeños brazos y piernas. También es usual colocarle una barretina y una manta para que no pase frío. Durante días, los niños de la casa ofrecen comida al tió solo con el propósito de sobornarle. El 25 de diciembre, después de la comida navideña, el cebado tió es aporreado por la chiquillada con unas varas de madera, hasta que después de haber estimulado suficiente su digestión, el tronco les “caga” unos regalos. Las razones de la obsesión de los catalanes con las referencias escatológicas aún son un misterio hasta para nosotros mismos. Se cree que antaño las varas de madera con las que se apaliza al tió podrían haber simbolizado algún tipo de referencia hacia la fertilidad y la fecundación.

Tronco de Yule en su versión comestible.

La comida

La noche del solsticio era una festividad entrañable para todos. Excepto para el animal que sería sacrificado ese día: cabritos, corderos, lechones… no importaba. Era casi de obligatoriedad cenar carne en abundancia. La cabra fue la cena más popular en Escandinavia, debido a que se ofrendaba su muerte al dios Thor. Con el paso del tiempo, se formó la leyenda infantil sobre los machos cabríos que tiraban del carro de Thor, atribuyéndoles a ellos la tarea de llevar los regalos a los niños. Hecho que guarda similitud con el actual Santa Claus o Papa Noel y sus renos. También se elaboraban panecillos dulces que recuerdan a los mazapanes de hoy día, las bayas y otras frutas se confitaban para elaborar golosinas artesanales, o servían como materia prima para el cuenco de wasaii, una bebida que se tomaba en familia, aunque los más jóvenes solían abandonar el núcleo familiar por unas horas para beberlo con sus amigos paseando por la aldea y cortejando a las mozas. No sabría si aventurarme a decir que este también puede ser el origen del botellón.

Los regalos

Sobre lo que si se han encontrado referencias es que fue así, con los jóvenes entonados por el cuenco de wasaii, cuando se les ocurrió que era buena idea ir de casa en casa cantando a cambio de una pequeña propina, o lo que hoy día conocemos como aguinaldo.

En cuanto a los regalos se refiere, en un primer momento la costumbre de colocar presentes al lado del tronco o árbol no era para los vivos, si no ofrendas para los difuntos. Con el paso del tiempo, este acto derivó en obsequios para hijos, esposas, esposos, hermanos, amigos, y todo el círculo que se quisiera abarcar. No sabemos cuándo, ni cómo, esta costumbre noble derivó en el consumismo navideño.

Sea como fuere, este año en mi casa no faltarán el muérdago y las velas.

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