Tlalaatala.

En la frontera entre la escritura y el arte conceptual hay obras cuanto menos inquietantes. Uno de esos ejemplos sería José Luis Castillejo. Si uno se encontrara con sus libros más osados sin saber nada de él podría pensar que estamos ante una absoluta impostura. Este autor experimental, o como él prefería llamarse a sí mismo, «escritor moderno», fue un viejo conocido en el mundo del arte moderno. En su faceta de coleccionista llegó a reunir una importante colección, centrada sobre todo en la pintura abstracta americana, y estuvo en contacto con algunos de los más célebres artistas y teóricos del momento. En su círculo de amistades estaban el influyente crítico de arte estadounidense Clement Greenberg, que además fue su maestro, o el escritor y crítico de arte francés Marcelin Pleynet, director de la revista Tel Quel. Esos círculos fueron un estímulo para la creación de su propia obra.

Especialmente decisivo fue el encuentro que se produjo en 1966 entre Castillejo y el grupo Zaj, fundado un par de años antes por los compositores Juan Hidalgo, Walter Marchetti y Ramón Barce con la idea de desbordar los límites de la música mediante espectáculos que denominaron «teatro musical», «música de acción» o, más adelante, simplemente «conciertos Zaj», en los que se combinaba música con escritura, performance y arte de acción. Conocer al grupo supuso para Castillejo el comienzo de su creación artística, desde una perspectiva que superaba con creces los límites del arte al uso. De hecho, su primer libro, de 1967, La caída del avión en el terreno baldío, está considerado el primer libro Zaj. Se trata de una autobiografía ficticia, compuesta por textos fragmentarios, palabras aisladas y otros signos gráficos escritos en colores, en hojas sueltas metidas en una caja.

Su siguiente libro de experimentación, después de un par de ensayos, es El libro de la letra i. Como su propio nombre indica, el contenido de este libro es la letra i, reproducida una y otra vez a lo largo de cientos de páginas. Para Catillejo, la escritura era un tipo de arte que se había quedado atrás frente, por ejemplo, a la pintura, debido a su sometimiento al lenguaje, que obliga a representar la realidad mediante palabras. Si la pintura consiste en colores sobre un lienzo, ¿en qué consiste la escritura? Para buscar su esencia, se propuso crear una escritura abstracta y pura. Fruto de esa búsqueda es este libro. Aquí puedes escuchar al propio Castillejo haciendo una lectura de casi quince minutos de El libro de la letra i. Las investigaciones de Castillejo en torno a las letras le llevaron a crear el antialfabeto, una secuencia de las veinte consonantes del alfabeto latino reordenadas y que utilizó en muchas de sus obras posteriores. Otro ejemplo de este tipo de escritura pura es, de 1973, El libro de la letra, también conocido El libro de la n. Excepto las enes mayúsculas, no hay nada impreso en él: ni un título, ni el nombre del autor, ni la fecha ni el lugar de publicación.

En 1978, Castillejo abandona la escritura, con un parón que dura unos veinte años (salvo alguna colaboración puntual). No es hasta finales de la década de 1990 que sale de su letargo creativo. En 1996 el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía organizó una retrospectiva de Zaj y, como resultado, Castillejo publicó El libro de la j y Tlalaatala en 1999 y 2001 respectivamente. Por primera vez en toda su trayectoria, Castillejo contó con la participación de una editorial en la publicación de sus libros, el sello musical italiano Alga Marghen.

Este autor siempre quiso independizar la escritura del lenguaje y, por lo tanto, del habla, por lo que trataba de poner en duda su oralidad. Sin embargo, paradójicamente, consideraba que un libro debía poder leerse en voz alta. Por ese motivo organizaba lecturas de su obra, como los casi quince minutos de El libro de la letra i. En lo que respecta a Tlalaatala, hizo una lectura de casi tres cuartos de hora que puedes disfrutar aquí.

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